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Yoani Sánchez: Un pueblo al borde de un ataque de nervios

Amelia Calzadilla, una madre cubana con tres hijos, lanza una diatriba contra funcionarios, ministros y jerarcas

Un día estallas. El motivo puede ser un corte eléctrico, la mala calidad del pan o los desmanes de un policía. Poco importa la gravedad o intrascendencia de lo ocurrido, porque llevas capa tras capa de malestar sedimentadas dentro de ti y en un segundo dejas de poder contenerlas. Salen entonces disparadas hacia todas partes. Amelia Calzadilla, una madre cubana con tres hijos, sabe lo que se siente en ese instante en que los años de tragarse el enojo se terminan.

Residente en La Habana y graduada de una licenciatura en lengua inglesa, esta semana Calzadilla se plantó frente a una cámara y lanzó una diatriba de un poco más de ocho minutos contra los funcionarios, ministros y jerarcas cubanos. Con el combustible inagotable de la indignación hizo un detallado recorrido por las penurias que enfrentan cada día las familias para poner un plato sobre la mesa, calzar a sus pequeños o pagar la cuenta de la electricidad. Y lo hizo con una sinceridad y una desesperación que ya están provocando un aluvión de mensajes de respaldo a sus palabras.

El mensaje de Calzadilla empieza dirigido al ministro de Energía y Minas, a quien exige que actúe como un servidor de la ciudadanía y no como cómplice de la abusiva subida de precios de la tarifa eléctrica, que ha hecho prácticamente imposible la cocción de alimentos para quienes no disfrutan de un servicio de gas. Pero a medida que avanza en su catarsis aparecen otros nombres: el gobernante no elegido en las urnas, Miguel Díaz-Canel; el autómata repetidor de lo mismo que tenemos como canciller, Bruno Rodríguez; la primera dama, Lis Cuesta, a la que no se le puede llamar así pero disfruta de los lujos de una reina, y la periodista oficialista Cristina Escobar. A todos les reclama esta habanera, que anuncia que la transmisión a través de Facebook podría ser la última que haga, conocedora de la represión que recorre todo el país.

 

 

Los hijos de Calzadilla hace años que no pueden disfrutar de un juguete nuevo ni comerse una golosina. Los ha privado de eso el apartheid monetario, que divide a los cubanos entre quienes tienen divisas y pueden acceder a una mayor cantidad de productos básicos y los que deben conformarse con los despojos a los que se accede con el peso cubano. Esta madre y su familia quedaron, en esa absurda separación social implementada por el propio régimen, en el lado de los más desfavorecidos. Son esos que no pueden comprar en las impopulares tiendas en moneda libremente convertible, que nunca podrán costearse un teléfono móvil nuevo ni comprarse un boleto a Managua para escapar de la Isla. Son los más desfavorecidos bajo un sistema que dice representar a los humildes.

La tensión social que alcanzó su clímax en las protestas del pasado 11 de julio no ha desaparecido, a pesar de la violencia desencadenada contra aquellos manifestantes y los posteriores juicios ejemplarizantes que buscaban enviar un mensaje de terror al resto de la población. La ira solo se agazapó, pero siguió creciendo, y brota en las palabrotas a un uniformado que lanzan los que llevan horas haciendo una fila para comprar pollo, en los gritos de «¡Libertad!» en un concierto, en un dibujo sobre un pulóver, en una etiqueta en Twitter y en una madre que dice por lo claro lo que tantos sentimos: «No aguantamos más».

La crispación en la calle se percibe por todos lados. Si hubiera un instrumento para medir esa irritación, los cubanos habríamos roto hace mucho rato los límites del «enojómetro». Estamos hartos hace mucho tiempo de esta recua de incapaces y mentirosos que han convertido a nuestro país en un sitio mísero del que nuestros hijos quieren escapar a toda costa. Estamos hastiados del saqueo que han hecho de nuestros recursos, de las falsas promesas incumplidas, del ridículo rol diplomático que nos han obligado a representar a nivel internacional, de sus cuellos gordos y sus memorias flacas.

Por todas partes se escucha: «¡Váyanse ya!» Porque la cólera de gente como Amelia Calzadilla está llegando a un punto en el que el miedo ya no funcionará para detenerla.

 

 

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