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¿Qué libros dejaron al béisbol sin Cadenas?

Rafael Cadenas retratado por Ángela Bonadíes

 

Mientras más hablo de béisbol o leo a otros escribir de béisbol, reafirmo que, aunque miremos el mismo juego, no es posible verlo igual.

No importa que lo veamos en el estadio o por televisión. Por televisión hay que sumar que todos tenemos la misma imagen, estamos sometidos a la decisión del director, que elige qué mostrarnos, incluyendo la toma del camarógrafo que identifica algún detalle, como a un niño besando una pelota que acaba de lanzarle su héroe, o a un gato que creyó que también podía robarse una base. Como sea, el juego es según cada quien lo ve.

La acción, ciertamente, está donde está la pelota, pero si estamos en el parque, es posible que adelantemos situaciones por la forma en la que están ubicados los jardineros o los jugadores del cuadro. Podemos apreciar mejor una carrera para perseguir un elevado o la colocación para atrapar una pelota de línea a velocidad de bala de cañón. Hay infinitas maneras de describir todo lo que puede pasar en un juego, no solo en el terreno: el béisbol no es únicamente lo que pasa en el diamante.

Cuando el béisbol estaba en sus primeros innings, el poeta Walt Whitman describió el juego así, la primera vez que fue a ver por qué el nuevo deporte estaba fascinando a tanta gente:

“Me gusta su interés en los deportes de pelota, en el béisbol en particular: el béisbol es nuestro juego, el juego estadounidense. Lo conecto con nuestro carácter nacional. Los deportes sacan a la gente al aire libre, la llenan de oxígeno y generan algunas de las costumbres brutales (las llamadas costumbres brutales) que, después de todo, tienden a habituar a la gente a un estoicismo físico necesario. En cierto modo, somos un grupo nervioso y dispéptico; cualquier cosa que repare tales pérdidas, puede considerarse una bendición para la raza. ¡Queremos salir a aullar, jurar, correr, saltar, forcejear, incluso pelear, si así mejoramos las tripas de la gente: las tripas, por viles que sean, por divinas que sean!”.

La cita es de septiembre de 1888, contenida en el volumen 2 de “Con Walt Whitman en Camden”, conversaciones con Horace L. Traubel, un entrañable amigo y devoto seguidor del trabajo de Whitman. No por casualidad décadas después este libro caería en las manos del poeta venezolano, Rafael Cadenas, para hacer una selección y traducción de sus mejores pasajes y diálogos, editado primeramente por Monte Ávila (1995) bajo el título Walt Whitman: Conversaciones.

Al autor de Hojas de hierba lo he citado antes, y en la película Bull Durham, el personaje que interpreta Susan Sarandon, Annie Savoy, hace una paráfrasis de esta reflexión del poeta y periodista, lo sintetiza así: “Veo cosas grandiosas en el béisbol, es nuestro juego, el gran juego de los Estados Unidos. Reparará nuestras pérdidas y será una bendición para todos nosotros”.

Otra descripción de Whitman para Horace L. Traubel, es esta, cargada del entusiasmo que lo hizo ir por primera vez a un parque de pelota:

“¡El béisbol es el juego alegre de la república! Eso es hermoso: ¡el juego alegre! bueno; es nuestro juego, ese es el hecho principal en relación con él, el juego de Estados Unidos, la atmósfera estadounidense, pertenece tanto a nuestras instituciones, que encaja en ellas tan significativamente como nuestra constitución y nuestras leyes; es igual de importante en la suma total de nuestra vida histórica”.

Como se lee en un artículo de Matt Monagan, publicado el 31 de mayo de 2019, Whitman fue por corto tiempo un reportero de béisbol:

“Mencionó el juego en su poema más famoso, «Hojas de hierba» y, en junio de 1858, trabajó como reportero de béisbol para el Brooklyn Daily Times. Aquí hay un fragmento tomado del sitio web del historiador de béisbol John Thorn: ‘El juego jugado ayer por la tarde entre los clubes Atlantic y Putnam, en los terrenos de este último equipo, fue uno de los mejores y más emocionantes que jamás hayamos presenciado. Los Atlantics vencieron a sus oponentes por cuatro carreras, pero la opinión general fue que la derrota fue el resultado tanto de un accidente como de un juego superior». Ese “accidente” resume algunas lesiones ocurridas en el juego.  

Consta que Whitman habló con sus amigos sobre el béisbol hasta su muerte, destacando siempre su prominencia en la historia estadounidense.

La visión del béisbol de Walt Whitman como la extensión de la democracia de su país, se comprobaría años después con la integración, no sólo de Jackie Robinson y los afroamericanos; siempre fue un juego que les perteneció, tanto como todo lo que por un tiempo les fue negado. También es verdad que el béisbol ha sido de los inmigrantes del Caribe, Latinoamérica, Asia, Australia, y poco a poco de Europa. Sin embargo, cabe resaltar que hijos de inmigrantes italianos, alemanes y polacos, encontraron en el béisbol una manera de insertarse y ser parte de la cultura de Estados Unidos.

Otros grandes poetas y escritores como  Mark Twain, Ernest Hemingway y Stephen King, han sido seducidos por el béisbol, al punto de hacerlo tema de su literatura, así como el nicaragüense Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes; el cubano, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, Leonardo Padura, los venezolanos Miguel Otero Silva, Andrés Eloy Blanco, Guillermo Meneses, o más recientemente Rodrigo Blanco Calderón; por mencionar algunos de quienes han dedicado sus letras a los bates y las pelotas.

Paul Auster ha contado que el juego es parte de su historia, tanto como para tener que ver con su decisión de convertirse en escritor, anécdota que involucra a una de las figuras más icónicas del juego.

En la crónica “Paul Auster, ese loco juego de escribir”, del también escritor Fernando Araújo Vélez, editor de la sección cultural del diario El Espectador, Colombia, leemos:

“Quería ser beisbolista. Sentir en la piel y dentro de un campo, el suspenso-miedo-angustia-esperanza de lanzar un strike en el último inning del último juego de una serie mundial. Quería oír su nombre coreado por 50 mil o más fanáticos en el Yankee Stadium, mientras él los saludaba con la gorra en la mano y una sonrisa de ¿vieron que podía?, después de haber humillado a Joe DiMaggio y Mickey Mantle, por ejemplo. O batear un home run con las bases llenas.

(…) Él quería ser beisbolista. Amaba a los jugadores. Podía morir por ellos.

Una tarde de 1955 se encontró de frente con Willie Mays en el estadio de los Gigantes, que por aquellos tiempos eran de Nueva York. Paul Auster era apenas un niño de 8 años. Vio a Mays recostado contra una barda. Lo vio inmenso, negro, sobrepoderoso, un hombre que era mucho más que un hombre. Le pidió un autógrafo. Mays le preguntó si tenía un lápiz para firmarle.

Él buscó, pero no encontró entre sus ropas nada. Indagó con su padre, con los adultos que estaban por ahí. Nada. Nadie tenía ni lápiz ni pluma. Mays aguardó 20, 30 segundos. Un minuto. Miró a lo lejos. Observó al niño. Se encogió de hombros. Por fin, le dijo: ‘Lo siento, niño, si no tienes lápiz, no puedo darte un autógrafo’. Y entonces —escribiría con los años Auster— se fue caminando, fuera del campo, hacia la noche.

‘Después de eso, comencé a cargar un lápiz conmigo a cualquier sitio que iba. Se convirtió en mi hábito nunca dejar la casa sin estar seguro de llevar mi lápiz en mi bolsillo (…). Si algo me han enseñado los años ha sido esto: si hay un lápiz en tu bolsillo, existe una buena posibilidad de que algún día te sientas tentado a usarlo. Como me gusta decirles a mis niños, así fue como me convertí en un escritor’”.

Cuando Rafael Cadenas ganó el Premio Cervantes 2022, como la mayoría de quienes hemos tenido el privilegio de estar cerca de él, recordé que la primera vez que su poesía llegó a mis manos, fue gracias a Adriano González León, mi profesor de “Escritura y comunicación” en la UCV y quien con el tiempo se hizo mi querido amigo, con quien me gustaba mucho hablar también de béisbol.

Adriano, por ejemplo, comparaba la destreza de Omar Vizquel para cubrir el campo corto, con la elegancia de un príncipe medieval. Le gustaban las figuras creadas por los cronistas deportivos para traducir palabras en inglés, que él encontraba mejor en castellano, como “jardineros”, “praderas” o “torpederos”. Adriano encontraba gracia en las descripciones de las jugadas y se inventaba una para decir que Aparicio era Nureyev.

Entonces recordé a Cadenas en el estadio Universitario, en los juegos de los Cardenales de Lara, el equipo del cual era fanático.

A propósito de eso, quise saber más de esa afición, porque el béisbol es un juego, está visto, que gusta a los poetas.

En un artículo firmado por J. Dávila en El Día, titulado: “Rafael Cadenas: un arqueólogo del español”, leo el comienzo: “De su fría estancia en Boston, extrae un recuerdo que inmortalizó el instante en el que el ensayista santacrucero, Juan Marichal (1922-2010), le entregó un carnet para que pudiera moverse con libertad por la Biblioteca de Harvard. Rafael Cadenas (1930) abre una libreta que está llena de anotaciones pegadas a sus páginas y habla. ‘¿Usted sabe que hubo un pitcher muy famoso que también se llama Juan Marichal?’, revela el poeta venezolano en un cara a cara en el que rescata viajes, vivencias anudadas a su esposa Milena, su amor por las palabras…”.

La cita también descubre, o reafirma, lo interesado que ha estado Cadenas por la actualidad del béisbol. No en vano, fue periodista deportivo en 1950 cuando estudiaba derecho en el periódico “Récord”. Reportero de béisbol, igual que Whitman.

Me contó Juan Carlos Méndez Guédez, escritor e investigador del Instituto Cervantes y fanático del Cardenales, como buen larense, que en el encuentro entre Rafael Cadenas y el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, justo el día después de recibir el Premio de manos del Rey Felipe, hablaron de béisbol, otro tema que los une.

En su texto publicado en El País de España el 10 de noviembre de 2022, “Cadenas, el espacio de las estrellas”, Méndez Guédez recuerda que la noche del 29 de enero de 1991, cuando los Cardenales ganaron su primer título de campeones en la LVBP, Rafael Cadenas durmió con la gorra del equipo; habían pasado 25 años de paciente espera.

Sobre esta afición, otro barquisimetano aficionado del béisbol y de los Cardenales, Ramón Guillermo Aveledo, recordó cuando le pregunté: “Iba al Universitario. Lo vi más de una vez desde mis años en la UCV. ‘Ese es Cadenas’ comentábamos. Lo reconocía por barquisimetano y porque era mi padrino de la promoción 1967 de bachilleres en humanidades del Lisandro Alvarado, el liceo donde él se graduó. Pero no fue al acto. No había yo cumplido los 17 años y me molesté, después lo comprendería, por su carácter.

Volvamos al estadio…

Siempre se sentaba solo, silencioso, por el lado de tercera, no importa si jugábamos con Caracas o La Guaira. Seguía el juego atentamente, como quien va a misa. Se iba al terminar, sin reacciones visibles que recuerde. Si ganaba Cardenales, de repente nos miraba al puñito de cardenaleros con algo así como una media sonrisa. Si perdíamos, se iba sin voltear ni decir nada”.

En una entrevista muy grata que le hizo el historiador y escritor Rafael Arráiz Lucca, para MundoUR, publicado en Youtube el pasado abril, Rafael Cadenas le contó que defendió la intermedia, como hoy lo hace el ganador del Guante de Oro, Andrés Giménez, su coterráneo: “Cuando estaba en la escuela teníamos un equipo e incluso después de dejar la escuela, seguíamos jugando. Yo no era ningún astro, por supuesto, recuerdo que jugaba segunda base y era bastante bueno en cuanto a los rollings; atrapaba bien los rollings”.

Esta es, para mí, la única vez que le he visto un poco de vanidad sobre sus muchas cualidades, pero de inmediato apareció la humildad que lo caracteriza: “Era medio, medio”.

Al indagar un poco más con la periodista Claudia Furiati, hija de uno de los apreciados amigos larenses de Rafael Cadenas, supe que en aquellos años en los que jugó béisbol con la selección juvenil de Lara, comenzó su entrega a las letras. Ya había descubierto el universo que le brindaban los libros, algunos de los cuales llegaron a él de la mano de Salvador Garmendia en sus tertulias en la Plaza Altagracia.

Intenté que el laureado poeta me respondiera algunas preguntas, porque me fascina esa conexión que existe con los bates y los vates, entre el béisbol y escritores de aventuras, dramas, amor o suspenso, pero no tuve suerte dada la agenda comprometida y el merecido tiempo para descansar del ajetreo de estos días tan celebrados. Aquí las dejo:

¿Cómo es el béisbol que ve Rafael Cadenas?

¿Cómo fue aquella noche del 29 de enero de 1991, cuál sería su titular de aquel día? 

¿Qué libros fueron esos que dejaron al béisbol sin Cadenas?

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Referencias:

https://ourgame.mlblogs.com/whitman-melville-and-baseball-662f5ef3583d

https://sites.temple.edu/historynews/2018/10/22/walt-whitman-and-baseball/

https://www.mlb.com/cut4/walt-whitman-was-a-baseball-reporter.

https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/paul-auster-ese-loco-juego-de-escribir/

 

 

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