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Nathan Novik: El conflicto que el mundo no está entendiendo

Protestas en Irán se intensifican en medio de dura represión

 

          Al finalizar la conferencia de un académico, psicólogo y científico en neurociencias sobre “la consciencia en el ser humano”, me acerqué con una inquietud que no era solo intelectual, sino profundamente humana.

           Le pregunté qué dicen hoy las ciencias respecto de la consciencia frente al aumento del extremismo dogmático y violento en el mundo, tanto en el plano internacional como dentro de los propios países. Le señalé algo evidente: quienes actúan de forma radical son pocos, pero su impacto es enorme. 

Recuerdo su respuesta con claridad. 

               Me dijo: —“Esa inquietud es fundamental. Está demostrado que el pensamiento es energía, y esa energía se traduce en acción. El problema es que, aunque los extremistas son pocos, existe una masa crítica que los respalda mental y pasivamente”. 

             Esa idea me quedó resonando. Una masa crítica silenciosa que, sin actuar

directamente, permite que otros actúen con violencia. Una suerte de complicidad pasiva que termina siendo funcional al horror. Y entonces comprendí que el problema no es solo de quienes ejecutan, sino también de quienes no hacen nada. 

          Me atrevo a ir más allá: esa “masa crítica” tiene una raíz incómoda, que no siempre queremos reconocer. 

           La llamo, sin rodeos, estupidez humana. Sí, estupidez. Porque cuando un conflicto escala hasta convertirse en guerra, lo que ha fallado no es solo la política, sino la capacidad básica de convivir, de respetar la diversidad, de priorizar la vida por sobre el poder o la ambición material.

          Allí también fallan los credos, las religiones y, en última instancia, la cordura del ser humano. 

 

Masa Crítica - Arte Contemporáneo Costarricense – Masa crítica

La masa crítica y la responsabilidad silenciosa 

—“No hacer nada también es una forma de actuar”, me dijo el académico antes de despedirse. 

             Y tenía razón. El silencio frente al extremismo no es neutralidad; es permisividad. Cuando dejamos de intervenir, cuando optamos por mirar hacia el lado, permitimos que esa energía destructiva crezca, se organice y finalmente estalle. 

             No se trata de suponer ingenuamente que quienes sostienen posturas dogmáticas y violentas cambiarán por sí solos. Eso no ocurrirá por arte de magia.     La historia lo ha demostrado una y otra vez. 

             La única alternativa es generar una contrafuerza: pensamiento crítico, valores humanistas, inclusión real y activa. 

             La pasividad, en este contexto, no es una opción. 

 

Guerra y estupidez: el fracaso de la civilización 

           Nadie en su sano juicio puede desear una guerra. Nadie puede, honestamente, promover el odio hacia un pueblo, una etnia o una nación sin renunciar a su propia humanidad. 

        —“Entonces, ¿por qué ocurre?”, podría preguntarme alguien. 

          Porque el “sano juicio” está fallando. Porque el nivel de consciencia colectiva sigue siendo, en muchos aspectos, primitivo.     

          Porque aún no logramos construir una civilización verdaderamente basada en el respeto y la cooperación. 

          Cuando una guerra se desata, es porque hemos llegado a un callejón sin salida. Porque la creatividad, el diálogo y la inteligencia han sido reemplazados por la fuerza bruta. Y eso, en esencia, es un fracaso. 

En el caso de Irán, ese fracaso ya se ha manifestado con crudeza.

 

Irán, Israel y Estados Unidos: la historia detrás del conflicto | Meganoticias

Un mismo escenario, tres conflictos distintos 

           Existe una tendencia a simplificar el escenario internacional actual como un solo conflicto entre tres actores: Estados Unidos, Israel e Irán. Pero esa mirada es, en el mejor de los casos, superficial. 

          —“No están peleando la misma guerra”, me digo a mí mismo.  Para Israel, el conflicto es existencial. No es una metáfora. Es literal. 

               La posibilidad de su desaparición como Estado y como pueblo no es una abstracción, sino una amenaza concreta, sostenida en el tiempo por declaraciones y acciones del régimen iraní. 

                  Para Estados Unidos, en cambio, el conflicto es estratégico.      Sus decisiones responden a equilibrios de poder, seguridad internacional, control de rutas energéticas y contención de influencias adversas. Puede ajustar su nivel de participación según sus intereses.  

                   Israel no tiene ese margen. No puede “retirarse” de una amenaza que percibe como permanente.   

 

 

Irán intensifica represión contra las mujeres

Libertad o supervivencia: el drama de los iraníes 

            Hay un tercer actor que muchas veces queda invisibilizado: el pueblo iraní. 

—“¿Y ellos qué quieren?”, me pregunté al leer los antecedentes. 

           La respuesta parece evidente: libertad. No geopolítica. No estrategia. Libertad. 

            Las protestas, la represión brutal, el maltrato a las mujeres, las condiciones económicas y sociales deterioradas, muestran que una parte significativa de la población vive bajo un sistema que no eligió plenamente y que, en muchos casos, rechaza. 

            Por eso, el eventual fin del dominio de los ayatolas no es solo un objetivo político externo; es, para millones de iraníes, una necesidad vital. 

 

El análisis estratégico: más allá de la guerra tradicional 

           El análisis del experto en guerra urbana introduce un elemento clave: estamos frente a un tipo de conflicto que no responde a los modelos clásicos. 

—“Esto no es Vietnam, ni Afganistán, ni Irak”, advierte. 

           Y esa afirmación es central. Pensar que la única salida es una invasión terrestre masiva es, simplemente, un error conceptual. 

          Las opciones que se describen son múltiples, complejas y, sobre todo, simultáneas: presión militar, económica, informativa y política. No se trata de conquistar territorios, sino de desarticular sistemas. No de ocupar capitales, sino de paralizar regímenes. 

            El objetivo declarado no es necesariamente un cambio de régimen, sino un cambio de comportamiento. Y eso abre un abanico de posibilidades mucho más amplio de lo que suele creerse. 

 

Incertidumbre, decisiones y futuro 

            Hay algo que el análisis deja claro y que me parece profundamente honesto: 

—“No sabemos qué ocurrirá”. 

            Y esa incertidumbre no es una debilidad. Es la esencia misma de la guerra. 

            Sabemos lo que ha sido atacado. No sabemos con certeza qué queda.   

            Sabemos cuáles son las capacidades. No sabemos cuáles serán las decisiones. 

            Pero sí sabemos algo: las acciones que se tomen ahora tendrán consecuencias profundas, no solo para los actores involucrados, sino para el mundo entero.

 

(Mis artículos suelen contener expresiones poéticas y creatividad del editor y director del Kol, Juan Ignacio López, que comparto y agradezco)

 

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