Villasmil – Colombia: El abismo de la polarización
El pasado domingo 31 de mayo de 2026 se realizó la primera vuelta de la elección presidencial. El resultado es conocido: Abelardo De la Espriella e Iván Cepeda, en ese orden, pasaron a la segunda vuelta, que se realizará el 21 de junio. Ambos obtuvieron un 84% del total de votos válidos.
Ese resultado dejó en el camino a la senadora Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático, quien lamentablemente hizo méritos para no ser electa, conduciendo una campaña llena de errores y de críticas de sus propios compañeros.
Así mismo perdieron -no deja de ser usual- las encuestadoras; no acertaron ni el primer lugar de De la Espriella ni el aparatoso derrumbe de Paloma Valencia.
La caída en barrena del centro político democrático es, parafraseando a García Márquez, la crónica de una muerte anunciada. Se ha anunciado que Álvaro Uribe cede el liderato que sostuvo por casi 25 años -los de este nuevo siglo- de las posturas de derecha a Abelardo De la Espriella; pero ¿cuáles son las posturas reales de un De la Espriella que nunca ha ejercido la labor pública ni defiende una postura ideológica sólida y firme? Por los momentos solo representa un salto al vacío: con su triunfo Colombia entraría en una fase de incertidumbre como nunca, con graves peligros para la democracia liberal.
Este balotaje no constituye una simple competencia de alternativas programáticas; representa la culminación de una polarización absoluta que amenaza con socavar los pilares fundamentales, institucionales y sociales de la democracia colombiana.
No por nada, esta campaña cobró una vez más un horroroso precio en violencia de todo tipo. Incluso un joven y muy prometedor precandidato presidencial, Miguel Uribe Turbay, de apenas 39 años, fue vilmente asesinado.
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La historia política contemporánea de Colombia se ha caracterizado por una tensión constante entre la búsqueda de la estabilidad institucional y la presencia de profundas fracturas socioeconómicas. Tras décadas de un conflicto armado que moldeó la psique colectiva del país, la transición hacia una democracia más inclusiva y pacífica ha sido accidentada, con la violencia -de diversos orígenes- como protagonista fundamental.
Un gran peligro de este escenario que se resolverá el 21 de junio es el grave eclipse de las fuerzas de centro y de las posturas sensatas. La consolidación de De la Espriella y Cepeda como las únicas opciones viables valida una narrativa peligrosa, que por desgracia no es novedosa en ese país y en América Latina: la idea de que los problemas complejos de una sociedad solo admiten soluciones extremas, engañosamente simples, demagógicas y excluyentes.
¿O acaso no es importante que Iván Cepeda sea un comunista confeso, o que Abelardo De la Espriella no tenga la más mínima experiencia en cargos ejecutivos públicos, a nivel local o nacional?
En medio de este desastre, la polarización que viene de contiendas previas no solo no ha disminuido, sino que incluso ha aumentado. Ambos candidatos representan modelos de liderazgos sumamente confrontacionales.
Cuando el debate político se reduce a una lógica de «amigo-enemigo«, según la frase puesta de moda por el teórico nazi Carl Schmitt, el espacio para la concertación y el consenso —esenciales en cualquier democracia sana— desaparece. Un electorado obligado a elegir entre dos proyectos que se perciben mutuamente como amenazas existenciales no vota por convicción, sino por miedo al triunfo del adversario; su voto es esencialmente de rechazo. Esta dinámica debilita la legitimidad del gobernante electo, quien asumirá el poder con el rechazo visceral de prácticamente la mitad del país, gobernando en un estado de permanente crispación y resistencia civil.
Por el lado de la ultraderecha, la figura de Abelardo de la Espriella introduce elementos que desafían los consensos democráticos liberales. Su discurso, marcadamente populista y de mano dura, se fundamenta en lo que se conoce como «populismo punitivo», que por desgracia se está poniendo de moda en Latinoamérica. Además, no tiene una fuerza parlamentaria importante, según los resultados de marzo pasado.
El peligro institucional con un liderazgo de estas características radica en la propensión a debilitar los contrapesos del Estado en aras de una supuesta eficiencia contra la criminalidad o la subversión. La retórica antisistema que en ocasiones acompaña a las derechas radicales tiende a erosionar la confianza en las cortes judiciales y en las autoridades independientes si estas limitan el accionar del Ejecutivo. Además, revivir narrativas del conflicto armado podría reabrir heridas sociales e intensificar la violencia territorial en lugar de mitigarla.
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En el espectro opuesto, Iván Cepeda representa la continuidad y profundización del proyecto de izquierda del Pacto Histórico. Si bien Cepeda posee una trayectoria enfocada en los derechos humanos y la búsqueda de salidas negociadas a la violencia, su eventual gobierno despierta alarmas severas sobre la gobernabilidad y el rumbo económico del país. La persistencia en reformas estatales de gran calado, en un contexto de desconfianza empresarial, arriesga con profundizar la desaceleración económica, desincentivar la inversión extranjera y generar una fuga de capitales que afectaría directamente el empleo y la estabilidad fiscal.
Asimismo, la vinculación ideológica de su sector con modelos de la izquierda latinoamericana genera tensiones geopolíticas y temores institucionales internos. Un gobierno de Cepeda, enfrentado a un Congreso fragmentado u opositor, podría verse tentado a recurrir a mecanismos de movilización popular (como lo hiciera Petro) o a la confrontación directa con los poderes tradicionales para sacar adelante sus reformas. Esto perpetuaría un ciclo de parálisis legislativa y agudizaría la percepción de inestabilidad jurídica, un cóctel letal para el desarrollo a largo plazo.
No hay que olvidar que Cepeda obtuvo la mayor votación de la historia de un candidato de la izquierda en una primera vuelta presidencial. Cualquiera sea el resultado del balotaje, la fuerza de la izquierda no ha disminuido, al contrario.
El lenguaje que ambos sectores emplean a menudo deshumaniza al contrincante: para unos, el rival es el «comunismo empobrecedor y cómplice de la ilegalidad»; para los otros, el contendiente representa el «fascismo paramilitar y la defensa de los privilegios de las élites». Bajo esta atmósfera de hostilidad, el pacto social se quiebra. Quienquiera que gane se enfrentará a un país ingobernable, donde las protestas sociales, los paros armados, la inestabilidad de los mercados y el bloqueo institucional serán la norma y no la excepción. La muy debilitada democracia corre el riesgo de convertirse en una fachada formal vacía de estabilidad real.
Posiblemente el candidato ganador estaría dispuesto a desplazar los linderos de lo permitido, tanto en lo político, lo jurídico y lo ético, o sea someter a duras pruebas a las instituciones republicanas “para salirse con la suya”.
En conclusión, la encrucijada electoral de una segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda sitúa a Colombia en un escenario de alta vulnerabilidad institucional. Se trata de una colisión entre dos visiones maximalistas que consideran irreconciliable la existencia de la otra. El mayor peligro para el futuro democrático del país no es solamente la victoria de uno u otro, sino el proceso de destrucción de los consensos mínimos y de la moderación política que este enfrentamiento acelera. Si las instituciones y los ciudadanos colombianos no logran tender puentes que rescaten el diálogo y el respeto por el pluralismo, el país podría adentrarse en un periodo oscuro de autoritarismo, inestabilidad social y estancamiento económico del que tardará mucho en recuperarse.
