
Entender la historia de Venezuela es adentrarse en un tejido complejo, la nación que habitamos hoy dista mucho de la de hace dos siglos, cuando provincias como Maracaibo o Santa Ana de Coro vivían dinámicas distintas y entraron tarde a la guerra de separarse del imperio español. Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, hay una constante que no cambia: el deber inalienable de los ciudadanos, más aún de sus líderes regionales de luchar por los intereses y el bienestar de su gente.
El problema surge cuando esa legítima defensa de los recursos locales se topa con el monstruo del centralismo, que no duda en usar la demonización como arma política.
Durante décadas, el poder centralizado, populista y anárquico ha fagocitado las realidades de nuestras regiones, convirtiéndose en la fuente primordial de la miseria y la corrupción que hoy nos asfixia. Frente a este panorama, el Profesor Néstor Suárez ha levantado una voz de alerta implacable. Su lucha incansable y sobre todo, su inquebrantable coherencia a través del tiempo lo convierten en un referente imprescindible para el presente y el futuro de nuestra nación.
La gran batalla es CULTURAL, si bien el esfuerzo urgente está dirigido a recuperar el sistema democrático, la verdadera contienda, la más profunda, se libra en el terreno de la cultura. Si no somos capaces de extirpar el modelo económico que nos destruyó, seguiremos anclados a una pobreza estructural, dependientes de un «Papá Estado» que juega perversamente con la necesidad de la gente.
Néstor Suárez ha tenido la valentía de ser el faro del liberalismo económico en el país, colocando sobre la mesa debates incómodos que las mayorías no son capaces de asumir. Uno de ellos es el mito del subsuelo. Sostener que “el petróleo es nuestro”, además de una vulgar manipulación, ha sido el paradigma que paradójicamente nos ha hecho más pobres. La realidad es cruda pero innegable: PDVSA ni fue, ni es, ni será jamás del pueblo, fue y sigue siendo el botín del centralismo y el estatismo en Venezuela.
El valor de la verticalidad por atreverse a romper estos dogmas, Néstor Suárez ha sido blanco de infamias y falsedades vertidas por una élite anárquica. Una oligarquía política que solo deseaba y desea adueñarse de un potencial que la providencia nos dio, pero que no hemos sabido capitalizar bajo un sistema auténtico de libertades políticas y económicas.
Hoy, cuando abundan los falsos idealistas que se disfrazan de derechistas y liberales, pero que en realidad son acomodados del momento que solo viajan hacia donde sople el viento, la figura de Suárez se agiganta.
Agradecemos a la vida contar con un referente de su talante, su lucidez nos recuerda que la riqueza de una nación no se extrae de la tierra por decreto estatal, sino que se construye con ciudadanos libres, propiedad privada y reglas claras. La historia le está dando la razón; nos toca a nosotros dar la batalla por sus ideas.