CorrupciónDerechos humanosDictaduraPolítica

Reconstruir la república: Mucho más que cambiar un gobierno

Villasmil / Escombros sobre el asfalto y en las conciencias: la doble  reconstrucción de Venezuela – América 2.1

 

Hay momentos en la historia de las naciones en que el verdadero desafío deja de ser conquistar el poder. El desafío pasa a ser reconstruir el Estado.

A primera vista, ambas tareas pueden parecer semejantes, pero no lo son. Conquistar el poder significa llegar al gobierno; reconstruir el Estado significa devolverle a un país la capacidad de funcionar con independencia de quién gobierne.

Existen países donde las elecciones cambian presidentes sin alterar el funcionamiento esencial de las instituciones. Los tribunales continúan administrando justicia, los organismos electorales preservan su credibilidad, la administración pública mantiene sus servicios, las fuerzas de seguridad permanecen sometidas a la Constitución y las universidades siguen formando profesionales sin depender de la ideología del gobierno de turno.

Eso ocurre porque las instituciones pertenecen al Estado y no al partido que circunstancialmente ejerce el poder. Cuando esa diferencia desaparece, comienza un proceso mucho más profundo que una crisis política: la desinstitucionalización.

Las instituciones rara vez mueren de manera violenta, generalmente lo hacen en silencio. Primero dejan de ser independientes; después, profesionales; más tarde dejan de responder a la ley para someterse a intereses particulares y, finalmente, dejan de servir a los ciudadanos para servir al poder.

Ese es el momento en que el Estado empieza a desaparecer, aunque sus edificios permanezcan abiertos, sus oficinas conserven sus nombres y sus funcionarios continúen llegando cada mañana. Si bien es cierto que un edificio no hace una institución, tampoco la hacen un decreto, un uniforme, un sello oficial o una placa colocada sobre una puerta.

Una institución existe cuando posee reglas estables, personal profesional, autonomía para cumplir sus funciones y, sobre todo, la confianza de la sociedad.

Por eso resulta equivocado creer que la reconstrucción de un país comienza y termina el día en que cambia un gobierno. En realidad, ese día apenas empieza.

Un gobierno puede cambiar en horas, reconstruir un Estado exige tiempo, acuerdos profundos y una voluntad colectiva capaz de sobrevivir a las urgencias electorales. La verdadera reconstrucción comienza cuando la sociedad decide que las instituciones nunca volverán a pertenecer a una persona, a un partido, a una organización militar, a un grupo económico o a una ideología. Comienza cuando el poder acepta que también debe tener límites.

La historia ofrece numerosas lecciones. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa comprendió que reconstruir ciudades, fábricas, puentes y carreteras era indispensable, pero que restaurar instituciones democráticas era todavía más importante. España descubrió, tras la muerte de Franco, que la estabilidad no dependía únicamente de celebrar elecciones, sino de construir reglas capaces de sobrevivir a cualquier alternancia. Los países de Europa Central y Oriental enfrentaron desafíos semejantes después de la caída del comunismo, con resultados muy distintos según la fortaleza de las instituciones que lograron establecer.

En todos esos procesos apareció una misma pregunta: ¿quién debe reconstruir las instituciones?

La respuesta nunca ha sido sencilla, pero existe un principio fundamental: quienes conduzcan la reconstrucción deben ser capaces de generar confianza incluso entre quienes no votaron por ellos. Las instituciones no se crean para proteger a quienes gobiernan, sino para proteger a toda la sociedad.

Un tribunal independiente debe poder fallar contra el gobierno. Un organismo electoral debe proclamar vencedor a quien obtenga legítimamente la mayoría. Una contraloría debe investigar con el mismo rigor al oficialismo y a la oposición. Una fiscalía no puede convertirse en instrumento de persecución, y una fuerza de seguridad profesional debe obedecer a la Constitución antes que a cualquier liderazgo político.

Cuando eso ocurre, existe Estado, cuando deja de ocurrir, existe únicamente poder, y el poder nunca puede reemplazar a las instituciones.

Otro error frecuente consiste en creer que reinstitucionalizar un país significa simplemente reemplazar funcionarios. Cambiar a las personas puede ser necesario, especialmente cuando existen responsabilidades políticas, administrativas o penales. Pero el relevo de nombres no garantiza una transformación. Una institución levantada sobre las mismas prácticas terminará reproduciendo los mismos abusos, aunque sus autoridades pertenezcan a otro partido.

La reinstitucionalización exige recuperar el mérito, garantizar la independencia de los órganos de control, fortalecer la carrera pública, profesionalizar la administración y establecer mecanismos eficaces que impidan una nueva concentración del poder.

No se trata solamente de decidir quién ocupará cada cargo, se trata de determinar qué podrá hacer, cuáles serán sus límites, ante quién deberá responder y qué consecuencias enfrentará si utiliza sus atribuciones en beneficio propio o de una organización política.

Un país no se reinstitucionaliza sustituyendo unas personas por otras. Se reinstitucionaliza construyendo organismos capaces de sobrevivir a todas las personas.

Sin embargo, cuando el deterioro ha sido prolongado, la tarea no puede limitarse al ámbito político. La reconstrucción nacional descansa sobre cuatro pilares que deben avanzar de manera coordinada.

El primero es la reconstrucción institucional: restablecer la separación de poderes, garantizar la independencia judicial, recuperar la credibilidad electoral, profesionalizar la administración pública y asegurar que los órganos de control actúen con autonomía. También supone reconstruir la capacidad técnica del Estado mediante personal preparado, recursos suficientes, procedimientos transparentes y mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

El segundo es la reconstrucción física: recuperar hospitales, escuelas, carreteras, puertos, aeropuertos, viviendas, redes eléctricas, sistemas de agua potable y demás infraestructuras esenciales. Pero detrás de cada obra debe existir una institución capaz de planificarla, contratarla, supervisarla, mantenerla e impedir que los recursos sean desviados.

El tercero es la reconstrucción económica. Ningún país puede sostener su recuperación sin estabilidad, seguridad jurídica, inversión, empleo, crédito y fortalecimiento productivo. Quien trabaja o invierte necesita saber que sus derechos serán respetados, que los contratos tendrán valor y que los tribunales actuarán con independencia.

El cuarto, y probablemente el más complejo, es la reconstrucción social. Las sociedades que atraviesan largos periodos de confrontación, autoritarismo o crisis humanitaria no pierden únicamente infraestructura y riqueza, también pierden confianza.

La polarización penetra en las familias, las comunidades, los centros de trabajo y las instituciones educativas. La identidad política sustituye a la condición ciudadana y el adversario comienza a ser visto como enemigo.

Reconstruir el tejido social significa recuperar la convivencia, fortalecer la educación, reconocer el sufrimiento de las víctimas y devolver a la población la convicción de que el esfuerzo colectivo puede transformar el futuro. No implica imponer el olvido ni confundir reconciliación con impunidad. Una sociedad no se reconcilia negando lo ocurrido, sino estableciendo la verdad, determinando responsabilidades individuales y creando condiciones para que los abusos no se repitan.

Los cuatro pilares antes mencionados son indispensables, pero uno hace posibles a los demás: la reconstrucción institucional.

Un país puede recibir miles de millones de dólares para levantar carreteras y hospitales. Sin instituciones transparentes, esos recursos pueden desperdiciarse o alimentar nuevas redes de corrupción. Puede atraer inversionistas, pero sin seguridad jurídica buscarán otros destinos. Puede promover programas de reconciliación, pero si los ciudadanos no confían en la justicia ni en los organismos electorales, la reconciliación será apenas un discurso.

Las carreteras pueden construirse con maquinaria, los hospitales con inversión y las escuelas con ladrillos. Pero ninguna de esas obras perdurará si no existe un Estado capaz de administrarlas con profesionalismo, transparencia y responsabilidad.

Ningún país se reconstruye únicamente desde el cemento. Los gobiernos administran el presente; las instituciones protegen el futuro.

Surge entonces una pregunta todavía más delicada: ¿puede la reconstrucción quedar en manos de quienes participaron directamente en la destrucción institucional?

La respuesta exige prudencia, pero también claridad.

Una democracia no puede establecer responsabilidades colectivas ni excluir automáticamente a toda persona que haya pertenecido a un partido o trabajado en una administración. Las responsabilidades deben ser individuales y demostradas mediante procedimientos legales que respeten el derecho a la defensa.

Pero tampoco puede ignorarse que la reconstrucción necesita legitimidad. Quienes dirigieron, facilitaron o se beneficiaron de la captura de las instituciones no pueden conservar el control del proceso destinado a devolverles su independencia.

Sería contradictorio que quienes sometieron la justicia al poder político fueran los encargados exclusivos de reconstruirla; que quienes utilizaron los organismos electorales para perpetuarse diseñaran sin contrapesos las nuevas reglas; o que quienes convirtieron la administración pública en una estructura partidista conservaran la facultad de profesionalizarla.

No se trata de venganza. Se trata de confianza.

La reconstrucción debe incorporar a profesionales independientes, universidades, gremios, organizaciones sociales, comunidades, especialistas, representantes regionales, ciudadanos que permanecieron en el país y miembros de la diáspora dispuestos a contribuir con su experiencia.

También puede incluir a personas provenientes del antiguo sistema que no hayan participado en delitos o violaciones graves, posean conocimientos necesarios para garantizar la continuidad del Estado y demuestren una verdadera disposición a someterse a las nuevas reglas democráticas.

Pero la dirección del proceso no puede quedar subordinada a las mismas lealtades que hicieron posible el deterioro. Una transición no debe convertirse en un mecanismo para que quienes controlaban el Estado cambien de lenguaje, conserven sus privilegios y continúen administrando el país bajo una apariencia diferente.

La reinstitucionalización tampoco puede sustituir una hegemonía por otra. Un gobierno surgido de la oposición deberá aceptar tribunales capaces de fallar en su contra, organismos electorales independientes, medios que lo critiquen, contralorías que investiguen a sus funcionarios y una ciudadanía que le exija cuentas.

De lo contrario, el país no habrá reconstruido la democracia. Solo habrá cambiado a sus beneficiarios.

Esta advertencia resulta particularmente importante para Venezuela.

La debilidad institucional venezolana no comenzó con Hugo Chávez. Antes de 1999 ya existían corrupción, clientelismo, centralización, pérdida de confianza en la justicia, agotamiento del modelo económico y una creciente distancia entre los ciudadanos y sus representantes.

Negar esos antecedentes impediría comprender por qué una propuesta personalista encontró tanto respaldo. Pero reconocerlos no significa ignorar lo ocurrido posteriormente.

La llegada de Chávez al poder no corrigió las debilidades anteriores. Las utilizó.

En lugar de fortalecer las instituciones, avanzó en su subordinación. La separación de poderes fue debilitándose, la administración pública se identificó con el proyecto gobernante y el partido terminó ocupando espacios que correspondían al Estado. Con el tiempo, la frontera entre gobierno, partido, fuerzas de seguridad y administración pública se volvió casi imposible de distinguir.

El resultado no fue únicamente la consolidación de un partido. Fue el debilitamiento de la República.

Cuando el carnet partidista pesa más que la capacidad profesional, el Estado pierde talento. Cuando la lealtad sustituye al mérito, la administración deja de servir al ciudadano. Cuando la justicia depende del poder, desaparece la igualdad ante la ley. Cuando las instituciones electorales pierden credibilidad, las elecciones dejan de resolver pacíficamente los conflictos. Y cuando un partido pretende representar simultáneamente al gobierno, al Estado, al pueblo y a la nación, toda discrepancia comienza a ser tratada como una traición.

Por eso Venezuela no enfrenta solamente el problema de escoger un nuevo gobierno, enfrenta la necesidad de volver a construir un Estado que pertenezca a todos.

Deberá reconstruir su sistema judicial, recuperar la autonomía electoral, profesionalizar la administración pública, restablecer los organismos de control, devolver funciones y recursos a las regiones, revisar la relación entre el poder civil y las fuerzas armadas y crear garantías suficientemente fuertes para impedir que otro liderazgo, de cualquier orientación ideológica, vuelva a concentrar un poder semejante.

Pero el desafío ya no es exclusivamente político. El país necesita reconstruir su economía, sus servicios públicos, su educación, su sistema sanitario, su infraestructura y la confianza de una sociedad herida por años de confrontación, empobrecimiento y emigración.

A todo ello se sumó la devastación provocada por los terremotos del 24 de junio de 2026. La tragedia no creó la fragilidad del país, pero la hizo dramáticamente visible y multiplicó las necesidades materiales, humanas e institucionales de la reconstrucción.

Una catástrofe natural no distingue entre oficialistas y opositores, no pregunta por la ideología de quien quedó sin vivienda ni selecciona a sus víctimas por el partido al que pertenecen. En medio del dolor recuerda una verdad que la política suele olvidar: antes que adversarios, todos forman parte de una misma sociedad.

La reconstrucción física podría convertirse en una oportunidad para iniciar la reconstrucción nacional, pero solo si la ayuda, los contratos, las prioridades y los recursos son administrados con transparencia, participación social y supervisión independiente. De lo contrario, incluso la tragedia puede ser utilizada para fortalecer viejas estructuras de control y corrupción.

Venezuela tendrá que levantar viviendas, hospitales, escuelas, carreteras y redes de servicios. Pero, sobre todo, tendrá que levantar instituciones.

El país que emerja de esta crisis no puede ser una restauración del pasado ni una prolongación disfrazada del presente. Debe ser una República nueva en su funcionamiento, aunque conserve la memoria de todo lo vivido.

Una República donde nadie necesite pertenecer al partido gobernante para ejercer sus derechos; donde el funcionario trabaje para el Estado y no para una organización política; donde los militares protejan la Constitución y no un proyecto ideológico; donde las elecciones permitan cambiar pacíficamente a los gobernantes y la justicia no pregunte quién es el acusado antes de aplicar la ley.

Una República donde quien llegue al poder comprenda que su permanencia será transitoria, pero que las instituciones deberán continuar cuando él se haya marchado.

Ese será el verdadero desafío de Venezuela: no reconstruir únicamente sus edificios, no sustituir simplemente a un gobierno ni cambiar unos nombres para conservar las mismas prácticas.

Es reconstruir la República.

Porque las naciones no renacen cuando cambia un gobierno, renacen cuando sus instituciones vuelven a pertenecer a todos.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba