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Antonio Elorza: En el umbral del fascismo

«Es la independencia o la sumisión del Poder Judicial al Ejecutivo lo que marca la supervivencia del régimen democrático o el ingreso en un régimen neofascista»

En el umbral del fascismo

Ilustración creada con IA.

 

1.No será fácil que la princesa Leonor encuentre las claves para la comprensión de la realidad que tendrá que afrontar, con los instrumentos tradicionales para el aprendizaje de la Ciencia Política. Las cosas han cambiado demasiado y con excesiva rapidez desde que Francis Fukuyama profetizara hace tres décadas el fin de la historia, y con él la generalización de la democracia, tras el desplome del sistema soviético. Llegó primero «el cansancio de la democracia» y más tarde la constatación de algo más grave, la proliferación a escala mundial de procesos de «destrucción de la democracia». El análisis estático de los regímenes o de los sistemas políticos pierde entonces interés ante la primacía de sus crisis y de su visible degradación, en el mundo y en España. Acertó a resumirlo el padre de la princesa, el Rey Felipe VI: «Vivimos tiempos oscuros».

Tiempos oscuros por la proliferación de escenarios bélicos a escala mundial, de genocidios como ensayo y como realidad ulterior en Oriente Próximo (del 7-O de Hamás a la destrucción de Gaza), de infiernos sobre la tierra como el fabricado por el Estado Islámico y, en el plano político, de la inesperada puesta en cuestión de la democracia, no solo en la insegura Latinoamérica, sino, de cara al futuro próximo, en los países que integran el núcleo duro de Europa (Francia, Alemania, Inglaterra). Y aquí y ahora, en España. Para dificultar la comprensión del fenómeno, se añade el obstáculo de la pluralidad de causas, unas de naturaleza económica y otras estrictamente políticas, así como de protagonistas, que van desde antiguos guerrilleros revolucionarios (Ortega) a islamistas autoritarios (Erdogan) o, en nuestro caso, políticos tocados por el ansia de poder. Coinciden en una cosa: la decidida voluntad de eliminar la democracia.

Una ceremonia de la confusión que se complica aún más por la frecuente entrada en juego, con excepciones como Orbán o Erdogan, de lo que el filósofo polaco Adam Schaff llamaba la ley del círculo, según la cual queda probado que la tierra es redonda, porque se sale por la extrema izquierda y se acaba entrando en la extrema derecha (aunque se siga exhibiendo una identidad izquierdista). Ha sido el caso, entre nosotros, de Podemos, también de Maduro y de otras hijuelas del «socialismo del siglo XXI» chavista. Pensemos también en Putin respecto del marxismo soviético. Parecen espacios políticos lejanos, pero ahí están las afinidades confesadas entre esos grupos izquierdistas, PCE incluido, y el nuevo imperialismo ruso. ¿Un fascismo rojo? Y a la extrema derecha en ascenso por Europa, Putin le gusta. Antes ya de esa invasión de Ucrania que Sánchez esconde detrás de Gaza, Podemos recibía los elogios y era objeto de reportajes de Russia Today y Alexander Dugin, el ideólogo del nuevo zar, visitaba círculos de extrema derecha en Madrid. Hitler y Mussolini lo ponían todo más fácil.

2. Es evidente que el punto de llegada de las derivas antidemocráticas en curso no coincide con los fascismos clásicos y, salvo para las variantes latinoamericanas, tampoco aclara mucho su inclusión en el cajón de sastre del populismo. En su Fascismo eterno, Umberto Eco tuvo hace 30 años una intuición, que ahora cobra perfiles más precisos: resurgía con fuerza el espíritu del fascismo, sin la parafernalia de hace un siglo, pero con coherencia tal como para configurar un modelo cerrado, inspirado en sus rasgos esenciales, y susceptible de consumar el proceso de destrucción de la democracia. Al estar localizado en Occidente, en Europa o en Norteamérica, su carácter es necesariamente evolutivo, ya que hace falta demoler el edificio, pero respetando la fachada.

Su primera característica sería, como entonces, un liderazgo carismático en el vértice del sistema de poder, tan indiscutible como sus predecesores, pero sin los disfraces que evocarían malos recuerdos. Sánchez y Erdogan, las dos figuras señeras en este paisaje político, exhiben su excepcionalidad, pero sin renunciar a su inserción en el orden constitucional. Ello no les impide actuar como autócratas, y en este punto no reconocen límite alguno a su voluntad de poder, la cual resulta legitimada desde una concepción maniquea de las relaciones políticas, con el espacio político partido en dos mitades. Una, la suya, que de manera rotunda encarna el Bien (el «progresismo» para Sánchez, como la Revolución para Fidel) y la opuesta, el reinado del Mal, la reacción, los gusanos, el infierno al cual debe ser relegada la oposición. Basta con ser capaz de soportar las informaciones y los comentarios políticos de RTVE para comprobarlo en todo momento y por toda ocasión. Deformar y aplastar al otro es siempre la regla, a diferencia de cualquier otro medio estatal de información en las democracias europeas.

«El nuevo fascismo se apoya sobre un estado permanente de guerra imaginaria»

Esa dualidad resulta esencial para el mantenimiento del sistema de poder, en tanto que, para impulsar su avance, genera una erosión permanente de las reglas democráticas. Como el viejo fascismo, si bien con renuncia al espectáculo, el nuevo fascismo requiere la formación primero, y el blindaje después, de un movimiento de masas, el cual, mientras persista el sufragio, debe consolidar tanto una base electoral estable como un estado de opinión agresivo frente a los adversarios políticos, reducidos a la condición de enemigos. El nuevo fascismo se apoya sobre un estado permanente de guerra imaginaria. De ahí que el vínculo con los fascismos del siglo XX alcance aquí una intensidad máxima. La libertad de expresión, el pluralismo y la tolerancia respecto del otro son otros tantos obstáculos a eliminar por un poder estatal que en este punto deviene estrictamente totalitario. En América, en Turquía y en España. El neofascismo, al igual que el clásico, tiene por lógica de comunicación la inversión de significados, el Arbeit macht frei!, del portal de Auschwitz.

Una y otra vez es preciso insistir en que el nuevo fascismo nace y crece como un cáncer en el interior de los sistemas democráticos, pudiendo acabar en una metástasis imparable o ser contenido. La historia de la religión proporciona aquí una útil distinción entre la práctica de usos antidemocráticos, los cuales pueden alterar de facto el sistema, sin afectar a su supervivencia, al modo de la Transfiguración. Hasta ahora, los excesos de Trump violentan, pero no anulan el orden constitucional, pese a sus reiterados esfuerzos. En Italia, Giorgia Meloni no esconde sus orígenes, y apuntó intenciones como la reforma judicial, respetando hasta ahora el marco democrático. Otra cosa es si, como ocurre en España, o sucedió en Turquía, en Venezuela o en Nicaragua, el Ejecutivo impone una vulneración del orden constitucional tras otra, hasta el punto de anular su vigencia en aspectos fundamentales. Nos encontramos entonces ante la transformación progresiva de una cosa en otra, ante una metamorfosis de la democracia en su opuesto.

Es la independencia o la sumisión del Poder Judicial al Ejecutivo, lo que marca la divisoria entre la supervivencia del régimen democrático, aún sometido a una sistemática erosión de la legalidad y de su espíritu, y el ingreso en un régimen neofascista, donde desaparecen las garantías, no solo para el orden constitucional, sino también para los individuos. El tránsito, a partir de una dictadura con elecciones a un neofascismo puro y duro, resulta evidente ya en Turquía, con la oposición encarcelada y privada de los cargos ganados mediante el sufragio democrático. Hubo también un antecedente en la pasada década, en Venezuela, cuando fue ignorado por Maduro el triunfo electoral de la oposición en las elecciones parlamentarias, prólogo de lo que haría en 2025 con las presidenciales. Tal es la línea roja de significado inequívoco.

3. No otra es la situación actual en España, aun siendo objeto de comentarios de distinto signo, al coincidir el cierre del círculo judicial en torno al presidente, con muestras de apaciguamiento de su exhibicionismo en política exterior. El artículo de J.A. Zarzalejos sobre la rendición del sanchismo y las declaraciones de Jordi Sevilla, ambos en El Confidencial del domingo, parecen pronosticar un cambio de actitud en Pedro Sánchez, resignado a una previsible pérdida de poder por vía electoral. Sevilla le ve preparando su resurrección política como líder de la oposición socialista y Zarzalejos piensa que es muy significativa su reconciliación con Trump en Ankara.

«Tal y como progresan las investigaciones, con asuntos como el ‘caso Leire’, salir del Gobierno puede ser el primer paso para ser imputado»

De lo segundo, no cabe olvidar que, por debajo de los gestos, opera un vínculo de unión indisoluble entre Trump y Sánchez: el respaldo al continuismo dictatorial de Delcy en Venezuela. A estas alturas, Zapatero y su Foro de Puebla ya sobran. Nadie va a lamentar su desaparición. En cuanto a que Sánchez asuma el pacífico abandono del poder por vía electoral, hay un pequeño inconveniente. Tal y como progresan las investigaciones, con asuntos como el caso Leire, salir del Gobierno puede ser el primer paso para ser imputado. Algo que ve como indeseable, al margen de que por su alma de dictador esté dispuesto a todo para conservar el mando.

Es más verosímil que, aprovechando Ankara, haya decidido tomar un respiro antes de acometer en septiembre la batalla decisiva contra su gran adversario: la independencia judicial. Al igual que en otras decisiones de alcance estratégico, cabe aventurar que en la relación entre el Gobierno y su órgano oficial diario, es este quien anuncia, y no reseña lo que va a suceder, mientras en la relación entre Gobierno y opinión pública se invierte aquella predemocrática sensibilidad que mostraba Fernando el Católico haciendo aquello que sus súbditos ya deseaban, según el embajador florentino Guicciardini: aquí y ahora, Sánchez adopta la práctica antidemocrática de manipular a fondo la opinión para presentar sus decisiones arbitrarias como expresión de lo que la gente quiere.

De cara a la ofensiva final contra los jueces, abrió el fuego el CIS, con una pregunta de tanteo sobre si los españoles piensan que la actuación del juez es «siempre» imparcial. Lo vio bien THE OBJECTIVE. Entra a continuación en escena el diario oficial con una batería de opiniones ya adversas a los jueces, apoyándose en una encuesta de encargo donde una mayoría, sobre todo progresista, condena el lawfare. La pregunta incluye la respuesta. Otra comentarista, de mayor rango, hace el balance que cabía esperar, también para exhibir la supuesta imparcialidad del medio, y el ministro Óscar López lo rubrica. Leve acentuación en titulares: el sujeto se traslada al Gobierno, preocupado por el hecho (del cual es autor). El director toma entonces cartas en el asunto: el problema no es la independencia, sino la imparcialidad. «Crece la desconfianza en la justicia», sentencia para terminar MPO, dando por existente de entrada «la judicialización de la política».

Otra respuesta ya hecha. Y sobre este telón de fondo bien diseñado, los instrumentos judiciales en manos del Gobierno entran en escena, anunciando cuál va a ser el futuro: una acusación de la Fiscalía contra el maldito Peinado por los permisos, nada menos que «por confabulación», y sobre todo el desafío, una propuesta de galardón máximo por la fiscal general Peramato a la víctima leal del lawfare, condenada por el Tribunal Supremo. La guerra está declarada, y siempre con el estilo de Mack the Knife.

«No tenemos delante una reivindicación de inocencia, sino el signo de la ofensiva contra el enemigo principal: el Tribunal Supremo»

No tenemos delante, pues, una reivindicación de inocencia, sino el signo de la ofensiva a muerte contra el enemigo principal: el Tribunal Supremo. En el plano simbólico, su suerte y la de Anticorrupción están echadas, como prueba la cascada de insólitas declaraciones gubernamentales por encima y en contra del imperio de la ley. Pero no conviene precipitarse. Ahora llega un poco de calma hasta que el TC de Conde Pumpido y sus jueces «progresistas» den el vuelco definitivo a una situación para el Gobierno ya insostenible. García Ortiz será el primer amnistiado y, pausadamente, la serie seguirá hasta los indultos parciales de los fieles Ábalos y Koldo, con Aldama entre rejas. Como el exfiscal dijera, el Poder Judicial será en lo sucesivo para Sánchez su poder judicial. Solo de este modo la cleptocracia puede salvar su existencia mediante un aplastamiento del Estado de derecho, por quien, a pesar de ello, seguirá recibiendo los aplausos de la izquierda europea.

La metamorfosis, la transformación de una cosa en otra, de la democracia en neofascismo, se habrá consumado. Salvo que, como a Orbán, le falle a Sánchez el último recurso, la convalidación electoral, pero ya está ahí la artimaña de salvación, con un censo de posibles votantes engordado en medio millón de nietos agradecidos por la nacionalización. Luego vendrá, seguro, la canalización de esos votos adonde sean más convenientes, sin el control de la mesa electoral. Un pucherazo, en sentido estricto. Estaremos condenados a seguir, de acuerdo con el dictamen de Felipe VI, «en tiempos oscuros». Neofascismo.

 

 

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