Buscando un águila real

A mi amigo Olgierd Podobinski
Habla mucho del espíritu romántico de Polonia que un gobierno de orientación socialista ignorase en 1949 la propuesta de reemplazar con superbloques para la clase obrera el símbolo del pasado aristocrático y emprendiera la reconstrucción de la Ciudad Vieja de Varsovia, arrasada por el ocupante hitleriano.
Así, a partir de los primorosos oleos de Canaletto y Bachiarelli, se levantó de nuevo el antiguo corazón de la capital, cuando los supervivientes de la guerra no tenían siquiera cómo alimentarse ni techo bajo el cual resguardarse. Con tal fidelidad que pocos de los turistas que trasiegan un vodka para combatir el frío invernal, se percatan de que las tabernas medievales del Mercado Viejo son, en muchos casos, más jóvenes que ellos mismos.
Fue una empresa laboriosa que permaneció inconclusa por obstáculos financieros y logísticos que impidieron armar el Castillo Real, el segmento más prestigioso del rompecabezas. Hasta que una nueva dirigencia comprendió en 1970 el beneficio político de su reconstrucción y desempolvó el proyecto, que culminaría catorce años después, a un costo de veinte millones de dólares, cuando el carrillón principal se puso en marcha,
A la misma hora en que fue silenciado por las bombas nazis, el 17 de septiembre de 1939.
El Castillo Real había figurado en los anales desde 1339, al convertirse en la residencia del Ducado de Varsovia, y casi dos siglos más tarde se instaló en la vida política polaca cuando Segismundo el Viejo convocó la primera Dieta en lo que ya era un reino y fue devastado en el periodo llamado del “Diluvio”, mientras el país caía sucesivamente bajo el yugo de suecos, húngaros, rusos y teutones.
Floreció luego durante el despotismo ilustrado de Stanislaw Augusto Poniatowski y fue testigo de la invasión de Catalina la Grande y la insurrección de Tadeusz Kosciuszko, de un nuevo reparto y de la desaparición definitiva del país en 1795; sus salones albergaron un efímero ducado, regalo de Napoleón, y fue saqueado en 1830 al fracasar un levantamiento contra el Zarismo y degradado a simple sede de oficinas burocráticas.
El Castillo Real comenzó a reconstruirse en 1918 pero la tarea fue interrumpida por las tropas hitlerianas, motivando uno de los capítulos más hermosos de la historia nacional, porque nomás extintas las llamas, un equipo de expertos y simples ciudadanos asumió la tarea de clasificar y esconder el mobiliario y las obras de arte, convencidos de que la libertad sería recobrada algún día y volverían entonces a exhibirse.
A riesgo de sus vidas y en las propias narices de los ocupantes, el profesor Stanislaw Lorentz y sus colaboradores ocultaron 246 cuadros, cuatro tronos reales, cuarenta piezas de mobiliario y numerosos tapices y objetos artísticos en el sótano del Museo Nacional y en residencias particulares, que serían a su debido momento el volumen principal de la restauración del soberbio palacio, junto a donativos privados, de monarcas y jefes de Estado extranjeros y piezas adquiridas por el gobierno polaco.
No se logró, sin embargo, preservar las 86 águilas del exquisito tapiz de
Parecía que el símbolo de la soberanía nacional quedaría inconcluso mientras las águilas no volviesen a posarse en el trono imperial, y así todas las embajadas, consulados y oficinas de Polonia en el exterior recibieron la orden de localizar, no importa cómo, una que serviría de modelo para reproducir el emblema monárquico y, literalmente hablando, coronar la restauración del Castillo Real.
Fueron meses y años de pesquisas en tiendas de antigüedades y subastas, revisión de archivos oficiales, de avisos de prensa y gestiones ante las cancillerías del mundo entero; una vasta e insólita operación de inteligencia que tuvo finalmente su recompensa al establecerse contacto en Canadá con el poseedor de una de las piezas originales.
Es un episodio ignorado por los visitantes del mundo entero que ahora recorren la espléndida fortaleza sobre el Vístula, inspiración de un pueblo apasionado y valeroso que tan duras pruebas ha superado en el curso de su historia.
Varsovia, abril de 2026



