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Cuatro años después: una guerra que redefinió europa y el mundo

De la resistencia ucraniana a la mercantilización de la política exterior

 

Los mapas que muestran los territorios que controlan Rusia y Ucrania a 3  años del inicio de la guerra - BBC News Mundo

 

La guerra que comenzó el 24 de febrero de 2022 cuando el presidente ruso Vladímir Putin ordenó la invasión, a gran escala, de Ucrania no solo transformó el equilibrio militar en Europa, sino que desencadenó una reconfiguración profunda de las alianzas, las economías estratégicas y la competencia entre grandes potencias.

Cuatro años después, el conflicto ya no puede entenderse únicamente como una guerra territorial: es un laboratorio de la transición hacia un orden internacional más fragmentado, más militarizado y condicionado por recursos estratégicos.

El impacto humano ha sido devastador. Decenas de miles de civiles han muerto, y cientos de miles de soldados rusos y ucranianos han resultado muertos o heridos. Millones de ucranianos han sido desplazados, buscando refugio tanto dentro del país como en Europa occidental, ciudades como Kiev, en el norte, y Járkov, en el noreste, han sufrido ataques devastadores; al mismo tiempo, Mariúpol, en el sureste, y Odesa, en el sur, han sido reducidas prácticamente a escombros, mientras que Bajmut y Dnipro, en el este y centro-este respectivamente, se han convertido en símbolos de la resistencia y de la destrucción de la guerra.

La infraestructura energética, los puertos del mar Negro y las redes industriales del este del país, han sufrido daños que requerirán décadas y cientos de miles de millones de dólares para reconstruirse.

Ucrania ha sobrevivido como Estado, pero a un costo humano y material que redefine su generación política.

Para Rusia, la guerra ha sido simultáneamente un acto de afirmación imperial y una fuente de desgaste estratégico. Consolidó el control de porciones significativas del territorio ucraniano, pero no logró quebrar la soberanía política de Ucrania, ni impedir el fortalecimiento de la identidad nacional ucraniana.

Más aún, la invasión produjo el efecto contrario al deseado por el Kremlin: revitalizó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), impulsó incrementos históricos del gasto militar europeo y aceleró la ampliación de la alianza hacia el norte de Europa.  La guerra, concebida para frenar la expansión occidental, terminó consolidando la arquitectura de seguridad euroatlántica.

Estados Unidos fue decisivo en los primeros tres años del conflicto. Bajo la presidencia de Joe Biden, Washington lideró el suministro de armas avanzadas, inteligencia en tiempo real y asistencia financiera a Kiev, al tiempo que coordinó un régimen de sanciones económicas destinado a aislar a Moscú del sistema financiero occidental. Sin embargo, el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 introdujo un cambio cualitativo en la aproximación estadounidense.

Trump heredó una guerra estancada, costosa y políticamente divisiva dentro de Estados Unidos. Desde la campaña electoral, había prometido poner fin al conflicto con rapidez, criticando el volumen de asistencia otorgada a Ucrania y cuestionando la estrategia de confrontación prolongada con Rusia. Ya en el poder, su administración redefinió la asistencia estadounidense: redujo el ritmo del apoyo militar directo, presionó a los aliados europeos para asumir una mayor carga financiera y reorientó la política hacia una búsqueda activa de negociación.

El mensaje fue claro: Washington no abandonaría completamente a Ucrania, pero tampoco sostendría indefinidamente una guerra de desgaste sin horizonte político.

En ese contexto emergió un elemento adicional que revela la intersección entre geopolítica, economía estratégica y transformación doctrinal de la política exterior estadounidense: cabe recordar las aspiraciones de Trump de negociar con el presidente Zelenski, un acuerdo que otorgaría a empresas estadounidenses acceso preferente a la explotación de tierras raras y minerales críticos en territorio ucraniano.

Ucrania posee reservas significativas de litio, titanio y otros minerales esenciales para la transición energética, la industria aeroespacial y la producción de tecnologías avanzadas. Para Washington, reducir la dependencia de China en minerales estratégicos es un objetivo geoeconómico central; para Kiev, atraer inversión extranjera es una necesidad existencial.

Pero el significado más profundo del planteamiento va más allá de los recursos. La propuesta encarna una tendencia que se ha consolidado en los últimos años: la conversión de la política exterior en una lógica abiertamente transaccional.

Bajo esta visión, la seguridad, la asistencia militar y el respaldo diplomático dejan de entenderse como instrumentos insertos en una arquitectura normativa de alianzas y pasan a formularse como intercambios comerciales medibles en términos de retorno económico. La ayuda se convierte en inversión; la defensa, en contrato; la solidaridad estratégica, en balance de beneficios.

En ese marco, la paz misma corre el riesgo de integrarse a un esquema de cálculo económico. La posibilidad de estabilización y de salvación de vidas humanas puede quedar subordinada a arreglos que priorizan ventajas competitivas, acceso a recursos y posicionamiento corporativo.

La reconstrucción se transforma en mercado; la devastación, en oportunidad; y la urgencia humanitaria, en variable dentro de una negociación más amplia, como se ha señalado en relación con los negocios privados en la Gaza destruida, que muestran cómo intereses económicos y decisiones de reconstrucción pueden entrelazarse de manera compleja.

Para Trump, esta aproximación ofrecía coherencia interna: presentar el apoyo a Ucrania no como un costo indefinido sino como una operación estratégica con retorno tangible para Estados Unidos. Sin embargo, para Ucrania implica un dilema estructural: aceptar acuerdos de explotación en condiciones de guerra puede asegurar supervivencia inmediata, pero también puede condicionar la soberanía económica del Estado en la posguerra y consolidar asimetrías en el sistema internacional que la propia guerra, en teoría, buscaba resistir.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha mantenido una postura firme, rechazando cualquier solución que implique ceder territorio soberano o sacrificar la independencia estratégica de Ucrania. Europa, ante la reducción relativa del liderazgo estadounidense bajo Trump, ha asumido un papel más robusto, incrementando su gasto en defensa y reforzando la asistencia a Kiev.

Rusia, mientras tanto, ha profundizado sus vínculos con China, Irán y Corea del Norte, reconfigurando su economía hacia un modelo de guerra prolongada.

Cuatro años después, la guerra no tiene vencedores claros. Ucrania ha preservado su Estado y su orientación occidental, pero sigue bajo amenaza existencial. Rusia ha expandido su control territorial parcial, pero a un costo humano y estratégico inmenso. Estados Unidos enfrenta el dilema de equilibrar contención de Rusia, competencia con China y fatiga doméstica, mientras Europa ha despertado geopolíticamente, pero la coherencia estratégica sigue fragmentada.

Lo que la guerra revela, es que la política exterior contemporánea ha mutado hacia un instrumento transaccional donde la vida humana y la paz pueden ser subordinadas a beneficios estratégicos y corporativos. Las decisiones que podrían salvar vidas se articulan en contratos y concesiones; la devastación se convierte en oportunidad y la guerra misma en un mercado para actores privilegiados.

La política internacional ya no se guía únicamente por seguridad o legalidad; está mediatizada por ganancias estratégicas y control de recursos críticos. Ucrania se ha convertido en un laboratorio global donde la paz es un activo negociable, la reconstrucción un negocio, y la guerra una maquinaria que redistribuye poder y riqueza hacia quienes pueden capitalizarla.

Si el siglo XX fue definido por guerras ideológicas y el XXI por intervenciones humanitarias o liberales, la guerra en Ucrania podría señalar la era de la mercantilización del conflicto: un tiempo en que incluso la supervivencia de Estados y personas podría depender de la lógica del intercambio estratégico, y no de principios de justicia o solidaridad internacional.

 

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