La soledad de Teherán
Si el objetivo declarado de la Casa Blanca en junio del pasado año era frenar la carrera nuclear iraní, ahora se plantea un cambio de régimen
El ataque a gran escala de Estados Unidos e Israel contra Irán ha puesto sobre la mesa la profunda soledad internacional de Teherán y la fragilidad de un régimen brutal que durante décadas ha sido una amenaza constante para sus ciudadanos, los intereses occidentales y la estabilidad de Oriente Próximo. La operación, iniciada con acciones dirigidas contra centros de mando y otras infraestructuras estratégicas, y continuada con golpes selectivos sobre capacidades de lanzamiento de misiles, provocó una reacción del régimen de los ayatolás no solo contra Israel, sino también contra Qatar, Baréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Arabia Saudí. Lejos de mostrar fortaleza, esta respuesta ha dejado a Irán en una posición de aislamiento, especialmente tras el claro alineamiento de Riad con los atacantes y su advertencia de que se reserva el derecho a adoptar cualquier medida para proteger sus intereses.
La región ha entrado así en una fase de extrema inestabilidad, agravada por otros focos de tensión abiertos, como la guerra abierta entre Afganistán y Pakistán. Sin embargo, este nuevo episodio también aclara de forma nítida las posiciones estratégicas de Washington y Tel Aviv frente a sus enemigos tradicionales. Tras su intervención decisiva en Venezuela, el progresivo debilitamiento del régimen cubano y el refuerzo de su influencia en el continente americano; después de los golpes asestados el pasado junio contra Irán y el descabezamiento de sus principales ‘proxies’ en la zona, como Hamás y Hizbolá; tras su demostración de fuerza diplomática en Groenlandia y mientras Rusia continúa erosionada por la guerra en Ucrania, Trump sigue avanzando en su ambiciosa estrategia de contención de China y de revisión del ‘statu quo’ heredado al inicio de su segundo mandato. El pulso con Irán no es un conflicto aislado, sino una pieza más del nuevo tablero multipolar que se está configurando. EE.UU. actúa como aliado imprescindible de Israel y como garante último de la disuasión frente a actores hostiles. Rusia y China mantienen intereses estratégicos en Teherán y que el debilitamiento de esa posición supone un avance significativo en la redefinición de alianzas en Oriente Próximo. Los atentados del 7 de octubre, con los que Irán y sus socios pretendieron hacer saltar por los aires los acuerdos de normalización entre Israel y varios países árabes, no han producido el efecto desestabilizador que buscaban.
Pese a la larga enumeración de agravios infligidos por Irán a Estados Unidos recordada por el presidente norteamericano y a la amenaza objetiva que el régimen supone para Israel, resulta difícil encajar el argumento de que esta operación preventiva pueda inscribirse plenamente en la legítima defensa. El orden internacional se protege aquí mediante procedimientos jurídicamente discutibles, aunque no debe perderse de vista que el poder de los ayatolás se sostiene sobre una maquinaria represiva implacable, responsable de una violencia sistemática contra su propia población y de la muerte de miles de personas durante las protestas de comienzos de año.
Si el objetivo declarado de la Casa Blanca en junio del pasado año era frenar la carrera nuclear iraní, ahora se plantea un cambio de régimen, apelando a que la Guardia Revolucionaria y el Ejército depongan las armas y a que los ciudadanos asuman el control del país. Sin embargo, este propósito se antoja muy complejo, tal vez inalcanzable, sin una intervención terrestre. A ello se suma la ausencia de una alternativa política organizada capaz de asumir el poder y el riesgo evidente de que Irán derive hacia un escenario de caos similar al de Irak. Con todo, EE.UU. e Israel han percibido una ventana de oportunidad clara: un país debilitado por la represión interna, asfixiado por la crisis económica, aún incapaz de reparar los daños de los ataques anteriores, con un clima social adverso y sin respaldo efectivo en su entorno regional.
En un asunto tan delicado, la toma de posición de los líderes occidentales exige prudencia. Sin embargo, ninguno ha mostrado una reacción tan distante como Sánchez. Su equidistancia al condenar por igual a EE.UU. y a Irán resulta difícil de comprender cuando se trata, por un lado, de un país democrático, aliado de España en la OTAN, y, por otro, de una dictadura sanguinaria que vulnera de forma sistemática los derechos humanos, especialmente los de las mujeres. Para entender esta postura basta recordar que Sánchez gobierna gracias al apoyo de fuerzas políticas cuyo origen y desarrollo fueron auspiciados por el régimen de los ayatolás, fuerzas que evitan cuidadosamente cualquier crítica a Teherán y que actúan, en la práctica, como aliados naturales de Irán, una influencia inquietante en el Ejecutivo español.