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Alma Delia Murillo: Leer es un estado del alma

Por un segundo cierra los ojos, deja que esa mirada insolente arroje luz a lo más profundo de tu interior y piensa en ti.
Piénsate enloquecido de amor.
Fuiste dragón y colibrí, fiera jadeante y refugio, rey de reyes y mendigo miserable. Tú.

Ese que eres o que fuiste tú, amando hasta la médula, fue capaz de hacer cosas maravillosas y terribles. Sabes que lo mejor de ti y lo más oscuro de ti salió frente a esa persona, con esa pareja. El amor es así, nos vuelve santos y asesinos.

Pero la experiencia de lo que pasa en el medio es irremplazable; el espíritu crece, las posibilidades son infinitas, el cuerpo se humedece, la mirada es nueva. La transformación es inevitable.
Sería difícil y muy limitante insistir en calificar la experiencia del enamoramiento como algo “bueno” o “malo”. Nos quedaríamos chatos, sin haber aprendido, incapaces de conocer las posibilidades de nuestra psique, incapaces de relatarnos un mundo nuevo, de morir y renacer cuantas veces el amor nos atraviesa.

Pienso que exactamente eso pasa con los libros, contienen lo terrible y lo maravilloso, es decir: lo humano.
Pero ocurre que tenemos una necesidad compulsiva de catalogar lo que conocemos en términos morales, es natural que nos sintamos urgidos a clasificar por sobrevivencia; para estar del lado aceptable y con la mayoría: lo bueno.
Así vamos por el mundo hablando de libros buenos y malos —en el sentido moral, no de calidad— palabras buenas y malas, personas buenas y malas.

Días atrás cuestioné la sentencia que con fines de promover la lectura tanto se repite: “leer te hace mejor persona”.
Me parece que el origen de esa falacia bastante generalizada —y aprendida muchas veces a través de caminos antipedagógicos en las escuelas— viene de la idea de que leer es estudiar.
Pero es que no, leer no es estudiar.
Leer es un placer.
Leer es un estado del alma.
Leer es una pasión.
Leer es pelear una guerra y es un remanso.

Perdón por la verborrea que me ha venido en torrente pero es que, no exagero cuando digo que lo mejor que me pasó en la vida fue aprender a leer y que los libros me lo dieron todo: la carrera universitaria que no concluí, el entendimiento de mi psique, un lugar en el mundo y las mejores relaciones de mi vida.

Por eso me empeño en compartir mi experiencia desde otro lugar e insisto en evitar las limitaciones para la literatura, por ejemplo esa que viene atada a la pregunta ¿para qué sirve leer?
Ese cuestionamiento es una trampa que degrada la experiencia de la lectura a lo únicamente utilitario como el cargador del teléfono o el desatornillador. Leer no sirve para nada y lo repetiré hasta que haga falta: qué bueno. Leer es más grande que un servicio útil, es una experiencia infinita.

Y sostengo mi dicho: leer no te hace mejor persona, te hace persona.
Me aventuré también a decir que algunos genocidas fueron grandes lectores: Hitler tenía una biblioteca de más de 15 mil títulos y quemaba libros pero también los leía. En el perfil de varios asesinos seriales destaca su avidez lectora.
Sé que me pasé de maniquea con un argumento exagerado, pero lo que quería decir es que los libros van más allá de las categorías de bien y mal. Y que los seres humanos somos de tal o cual calidad moral no por los libros leídos, sino por otro montón de razones atribuibles a nosotros mismos.
Para seguir echando leña al fuego, también hay casos de escritores homicidas o asesinos como Anne Perry, Krystian Bala, Vlado Taneski y hasta William Burroughs que, sin querer queriendo y muy borracho, le puso un vaso en la cabeza a su mujer para probar su puntería a lo Guillermo Tell y le disparó en la cabeza.

A menudo ocurre que preferimos poner fuera de nosotros las elecciones más cabronas del espíritu que no están ni en una religión, ni en un libro, ni en un sistema político, ni en el destino.
Asumir la individualidad es un abismo, asumir la individualidad y la libertad es un abismo doble. Asumir que cada uno de nosotros somos capaces de bellezas y horrores, es casi alcanzar un estado de elevación de conciencia que muy pocos.
Siempre que me preguntan para qué sirve leer o por qué leer, respondo lo mismo: que yo leo para explorar el universo, porque sí, por viciosa, porque me da la gana, para sentir amor o furia o deseos que no sabía que tenía, ganas de descubrir un país, una vida, un mundo.

En fin, que yo leo para ser persona, no para ser mejor persona. Y sigo en el intento.

 

 

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