América Latina ante un mundo sin centro (I)

Por la amplitud del tema y por la diversidad de realidades que necesariamente deben considerarse, he preferido presentar esta reflexión en dos entregas. En esta primera intento examinar el escenario internacional que enfrentan nuestros países y las diferencias que existen entre ellos. En la segunda procuraré avanzar sobre una cuestión todavía más compleja: cómo ampliar márgenes de decisión y construir relaciones internacionales más diversificadas sin desconocer las realidades geográficas, económicas y políticas de cada Estado.
El mundo atraviesa uno de esos momentos en los que las reglas que durante años parecieron relativamente estables comienzan a perder claridad. Las alianzas son menos previsibles, el comercio vuelve a utilizarse como instrumento de presión, los aranceles regresan a la política internacional, las guerras alteran mercados y rutas, la tecnología se convierte en asunto de seguridad nacional y recursos antes vistos como simples materias primas adquieren un valor estratégico que probablemente no tenían hace unas décadas.
No creo que estemos necesariamente ante el nacimiento de un nuevo orden internacional. Quizás sea más exacto decir que asistimos a la descomposición del anterior sin saber todavía con claridad qué lo sustituirá. Estados Unidos continúa siendo una potencia extraordinaria; China se ha convertido en competidor económico y tecnológico de primera magnitud; Europa intenta reducir vulnerabilidades; India gana importancia; Japón y Corea del Sur protegen sus cadenas productivas, mientras los países del Golfo amplían inversiones y relaciones.
A mi juicio, todavía no existe un sistema multipolar organizado. Lo que existe es algo más incierto: varios centros de poder actuando simultáneamente en un mundo en el que las reglas que durante décadas intentaron ordenar sus relaciones muestran crecientes dificultades.
Frente a esa realidad surge una pregunta que los países latinoamericanos deberían formularse con mayor claridad: ¿qué opciones tienen?
Yo pienso que son más de las que a veces suponemos. El problema no consiste solamente en disponer de opciones, sino en saber utilizarlas y, antes todavía, en saber qué se quiere obtener de ellas.
Durante buena parte del siglo XX, la política exterior latinoamericana estuvo condicionada por una realidad difícil de ignorar: Estados Unidos era la potencia dominante del hemisferio. Esa relación continúa teniendo un peso enorme y, en muchos casos, seguirá siendo fundamental. La geografía no desaparece; tampoco las inversiones acumuladas durante décadas, las cadenas productivas, los intercambios humanos ni los vínculos económicos, culturales y familiares.
Por eso considero necesario aclarar algo desde el comienzo. Nada de lo que planteo supone una política de confrontación con Estados Unidos. Sería poco realista y, además, innecesario. Estados Unidos seguirá siendo para numerosos países latinoamericanos un socio comercial, financiero, tecnológico y estratégico de enorme importancia.
La pregunta es otra: ¿una relación profunda con una potencia tiene necesariamente que impedir el desarrollo de relaciones productivas con otras?
Yo creo que no.
Una relación estrecha con Estados Unidos puede coexistir con mayores vínculos con Europa, China, India, Japón, Corea, Canadá, los países del Golfo o con los propios vecinos latinoamericanos. La autonomía no debería construirse contra alguien, sino a favor de una mayor capacidad nacional para decidir.
México ofrece quizás el ejemplo más evidente. Su economía está profundamente integrada con la estadounidense y pretender que ignore esa realidad sería absurdo. Pero reconocer esa integración no significa aceptar que toda diversificación deba interpretarse como alejamiento de Washington. México puede conservar a Estados Unidos como su principal socio económico y, al mismo tiempo, ampliar mercados, inversiones y asociaciones tecnológicas.
Esa idea vale, con intensidades diferentes, para buena parte de la región. Diversificar no significa romper ni sustituir una dependencia por otra.
China representa una extraordinaria oportunidad económica para numerosos países latinoamericanos, pero convertirla en una relación excesivamente concentrada podría repetir una historia conocida, cambiando únicamente de protagonista. Si la relación consiste principalmente en exportar materias primas e importar bienes industriales y tecnológicos de mayor valor agregado, la bandera será distinta, pero la estructura económica podría seguir siendo demasiado parecida.
Tampoco basta con refugiarse en una supuesta neutralidad absoluta. Hoy economía, tecnología, seguridad y geopolítica están profundamente vinculadas. Decidir quién construye un puerto, quién administra determinadas telecomunicaciones, quién procesa minerales estratégicos, quién proporciona tecnologías esenciales o dónde se almacenan determinados datos puede tener implicaciones que van mucho más allá de una operación comercial.
Allí aparece, a mi juicio, una de las grandes oportunidades de nuestros países.
América Latina posee minerales, energía, agua, alimentos, capacidad agrícola y recursos ambientales de creciente importancia. Cobre, litio, níquel, petróleo, gas y energías renovables ocupan un lugar cada vez mayor en las estrategias de las principales economías. La paradoja es que, mientras otros consideran estratégicos muchos de esos recursos, nosotros continuamos tratándolos con demasiada frecuencia como simples mercancías.
Cuando una empresa extranjera propone desarrollar un gran yacimiento solemos preguntarnos cuánto invertirá, cuántos empleos generará y cuánto recibirá el Estado. Son preguntas importantes, pero ya no suficientes. También deberíamos preguntarnos cuánto se procesará dentro del país, qué tecnología se incorporará, qué técnicos serán formados, cuánto conocimiento permanecerá después de la inversión y qué actividades productivas podrían desarrollarse alrededor de ella.
No se trata únicamente de vender litio, sino de preguntarnos si dentro de veinte años continuaremos exportándolo mientras otros fabrican las baterías. No se trata solamente de exportar cobre, sino de analizar hasta dónde puede avanzar cada país dentro de su cadena industrial.
Eso cambia la discusión.
Ya no se trata solo de preguntar quién quiere nuestros recursos, sino qué queremos obtener nosotros de quienes los necesitan.
Ahora bien, esa reflexión exige una precisión fundamental: cuando hablo de América Latina no supongo que exista hoy una unidad política regional capaz de definir conjuntamente una estrategia internacional. Ese nivel de coordinación no existe y sería un error escribir como si existiera.
No existe una sola América Latina frente al mundo. Existen países latinoamericanos que enfrentan un mismo desorden internacional desde posiciones profundamente diferentes.
México observa el mundo desde una economía estrechamente integrada con Estados Unidos. Brasil dispone, por su dimensión territorial, económica y diplomática, de márgenes de diversificación mayores. Argentina, Chile, Perú y Bolivia poseen recursos minerales, energéticos o agrícolas de enorme interés, aunque con estructuras productivas y capacidades distintas. Paraguay y Uruguay necesitan construir sus estrategias a partir de ventajas más específicas.
Venezuela constituye un caso singular: posee una extraordinaria riqueza energética, pero su experiencia demuestra que los recursos naturales no se convierten automáticamente en desarrollo ni en capacidad de negociación. Para adquirir verdadero valor estratégico necesitan instituciones, infraestructura, tecnología y capital humano. Ecuador combina petróleo, minerales, salida al Pacífico y posibilidades comerciales propias. Colombia posee otra combinación de recursos, posición geográfica y vínculos internacionales.
Centroamérica presenta realidades todavía diferentes. Costa Rica ha desarrollado una inserción con creciente participación de servicios y exportaciones de mayor contenido tecnológico; Guatemala, Honduras y El Salvador mantienen relaciones económicas y humanas especialmente profundas con Estados Unidos; Panamá posee una importancia logística que supera ampliamente el tamaño de su economía. En esos países, comercio, migración, inversión, remesas, seguridad y proximidad geográfica se entrelazan de una manera distinta a la de buena parte de América del Sur.
El Caribe latino añade otras particularidades. República Dominicana mantiene estrechos vínculos con los mercados norteamericanos; Cuba constituye un caso completamente diferente por su historia y la naturaleza de su relación con Estados Unidos; Haití enfrenta una fragilidad institucional, económica y de seguridad que reduce drásticamente su capacidad para desarrollar una estrategia internacional comparable con la de otros países.
Mencionar esas diferencias no pretende construir un catálogo de países. Busca demostrar precisamente lo contrario: hablar de una única respuesta latinoamericana sería desconocer la realidad.
No creo que todos deban pensar igual ni adoptar una sola política exterior. Tampoco pienso que la respuesta consista necesariamente en crear otra gran organización regional. Nuestra historia está llena de cumbres, declaraciones y proyectos integracionistas cuyos resultados muchas veces quedaron por debajo de las expectativas.
Quizás convenga pensar de una manera más práctica: menos retórica sobre una integración total y más cooperación concreta cuando existan intereses realmente coincidentes.
Esa cooperación tampoco necesita abarcar a toda la región. Puede surgir entre dos, tres o varios países alrededor de minerales estratégicos, energía, infraestructura, comercio, logística, tecnología o vulnerabilidad climática. Lo importante no sería fabricar artificialmente una posición común, sino identificar aquellos espacios donde la coincidencia de intereses permita fortalecer la capacidad de negociación de quienes participan.
No necesitamos imaginar una sola política exterior latinoamericana para reconocer que, en determinados asuntos, varios países podrían tener mayor capacidad de negociación cooperando que actuando completamente solos.
A mi juicio, esa diferencia es fundamental.
Cada Estado debería comenzar por identificar con claridad sus propios intereses. Después podrán aparecer coincidencias con otros: algunas entre vecinos, otras entre países que ni siquiera comparten fronteras; unas económicas, otras tecnológicas, energéticas, logísticas o educativas.
En el fondo, la cooperación entre países no surge de la obligación de pensar igual, sino de la existencia de intereses que pueden coincidir. Naturalmente, la política influye. También lo hacen la ideología, las alianzas y las percepciones de seguridad. Pero el realismo obliga a reconocer que incluso gobiernos políticamente diferentes pueden encontrar áreas donde cooperar porque sus intereses nacionales convergen.
Los grandes actores internacionales ya actúan de esa manera. Estados Unidos piensa en seguridad de suministros y cadenas productivas. China presta enorme atención a mercados, infraestructura y logística. Europa procura reducir dependencias. Japón y Corea buscan asegurar sus cadenas industriales.
No hay nada extraño en ello.
Cada uno defiende sus intereses.
Nuestros países deberían procurar hacer lo mismo con los suyos.
Es allí donde la idea de autonomía estratégica me parece especialmente útil, siempre que se explique bien. Autonomía estratégica no significa antiamericanismo, ni acercamiento automático a China, ni aislamiento, ni neutralidad frente a todo y mucho menos confrontación.
Significa disponer de suficiente capacidad propia y de suficientes relaciones internacionales para poder tomar decisiones atendiendo a los intereses nacionales.
La pregunta, entonces, no es cómo alejarnos de Estados Unidos, de China, de Europa o de cualquier otro actor. Es algo mucho más sencillo: ¿cómo relacionarnos provechosamente con todos aquellos con quienes tengamos intereses comunes sin perder nuestra propia capacidad de decisión?
En estos días, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, defendió ante el Parlamento Europeo una relación más profunda entre Canadá y Europa. Lo interesante no fue solamente el acercamiento político, sino la manera concreta en que lo planteó: minerales críticos, inteligencia artificial, energía, defensa, espacio, sistemas de pagos, investigación y tecnología. Su argumento no consistía en buscar una autosuficiencia imposible, sino en reducir vulnerabilidades mediante la diversificación.
El ejemplo resulta especialmente interesante porque Canadá mantiene una relación extraordinariamente profunda con Estados Unidos. El planteamiento no niega la geografía ni la integración económica. Reconoce que un país puede conservar una relación fundamental y, al mismo tiempo, desarrollar otras que amplíen su margen de acción.
Carney utilizó una palabra que me parece particularmente adecuada: resiliencia.
Quizás allí esté una de las claves de esta discusión. La cuestión ya no es solamente cuántas relaciones internacionales posee un país, sino cuánto contribuyen esas relaciones a que pueda resistir presiones, enfrentar crisis y conservar capacidad para decidir.
Esa será la pregunta que intentaré desarrollar en la segunda parte de esta reflexión.
