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‘Fresas salvajes’: el pasado como redención

En un raro momento de optimismo, Ingmar Bergman reivindica en esta película el triunfo de la vida sobre el instinto de muerte

Ingmar Bergman (izquierda) y Victor Sjöström durante el rodaje de ‘Fresas salvajes’ en julio de 1957

Ingmar Bergman (izquierda) y Victor Sjöström durante el rodaje de ‘Fresas salvajes’ en julio de 1957.

 

Ingmar Bergman estaba saliendo de una fuerte crisis personal en 1957 cuando rodó ‘Fresas salvajes’ . Acababa de dejar el hospital por unos problemas gástricos, el intento de reconciliación con su padre había fracasado y se hallaba al final de su relación con Bibi Andersson.

Bergman era una persona ciclotímica, con tendencia a la depresión y con una inestabilidad sentimental enfermiza, producto de una infancia desgraciada, según él reconoce en sus memorias. Fue en uno de los peores momentos de su vida cuando nació, mientras se recuperaba en el hospital, la idea de hacer ‘Fresas salvajes’.

Todo surgió de una visita imprevista a la casa de su abuela en Upsala, su ciudad natal , cuando soñó que encontraría las estancias como cuando era niño y jugaba con su teatro de marionetas. Él mismo cuenta la génesis del proyecto: «¿Podrías hacer una película que te permitiera volver a la infancia con tan sólo abrir una puerta y luego girar en la calle y encontrarte en el pasado?».

Su proyecto más personal

No hay probablemente ninguna película más personal en la larga trayectoria de Bergman que ‘Fresas salvajes’, construida sobre la historia de un viejo médico (Victor Sjöström) que va a recibir el doctorado honoris causa. El filme se desarrolla a lo largo de la jornada que comienza cuando Isak Borg se levanta de la cama para viajar en coche desde Estocolmo a la Universidad de Lund y acaba cuando se acuesta al final de la jornada.

En el viaje de unas horas por carretera junto a su nuera (Ingrid Thulin), Borg rememorará toda su existencia. El viejo y amargado cascarrabias, que vive solo con su criada, recordará los años de juventud en la casa familiar junto al mar, el noviazgo fallido con su prima (Bibi Andersson), las relaciones con sus hermanos y los veranos que se fueron para no volver.

Tal y como había concebido al visitar a su abuela, el médico se desvía en su trayecto hacia Lund para volver a esa casa cerrada y semiabandonada donde se enamoró de su prima y transcurrieron los mejores momentos de su adolescencia y juventud. Al pasear por el jardín, el pasado vuelve a su encuentro y rememora el doloroso momento en el que Sara le traiciona con su hermano. En un salto en el tiempo, su prima se le aparece con un espejo en la mano y le dice a su antiguo amor: «Eres un viejo asustado que vas a morir pronto. No puedes aguantar la verdad».

Luego la pantalla muestra una bandada de pájaros, un bebé en su coche en el bosque, la luna que sale de las nubes y su hermano que besa a Sara. Nada queda de un pasado que se ha desvanecido y que sólo existe ya en la memoria del ilustre médico. «Es como si alguien quisiera decirme algo que no quiero oír: que estoy muerto» , apunta Borg.

Mítica escena onírica

Esta cercanía de la muerte queda explicitada en el sueño del profesor en el coche, una de las mejores secuencias de la historia del cine y la más emblemática de la película. Borg se encuentra en su pesadilla en medio de una ciudad vacía. Ve un reloj sin manecillas en una calle donde las ventanas están tapadas con tablones. No hay nadie, el silencio es absoluto. De repente, aparece un carruaje funerario, tirado por unos caballos sin cochero. El ataúd cae el suelo y la tapa se abre, dejando al descubierto una mano. El médico se acerca y descubre que es él quien está dentro. En ese momento, se despierta, mientras escucha el tic tac de un reloj.

Pero el ambiente opresivo del viaje desaparece cuando suben al vehículo unos jóvenes que están haciendo autostop (la chica interpretada también por Bibi Andersson). Con ellos entra un soplo de aire fresco en la anodina vida del profesor, que acaba por reconciliarse con su nuera e intenta hacer las paces con su hijo.

Su descendiente (Gunnar Björnstrand), que también es médico y se parece mucho a él, le dice: «La vida me revuelve el estómago. Estoy muerto». Y luego afirma que no quiere tener el hijo que su mujer está esperando. Finalmente, cambia de opinión y le confiesa a su padre que su amor por su esposa es más fuerte que el rechazo al niño que va a nacer.

‘Fresas salvajes’ es una de las pocas películas de Bergman que acaba bien. Tal vez porque, en la encrucijada en la que se encontraba, necesitaba tener una esperanza. Pero, por encima de todo, la película es un canto a la belleza de la vida y a la juventud perdida. Un verdadero momento de inspiración que atrapa al espectador en ese esplendor en la hierba que, en los versos de Wordsworth, permanece inalterable en el recuerdo.

 

 

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