Wolfgang Gil Lugo / Backrooms: sin salida: la pesadilla del mundo chato
Backrooms: sin salida convierte el desconcierto en un laberinto físico y nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una sociedad capaz de analizar infinitamente el alma ha olvidado cómo redimirla?

ENLACE A LA NOTA EN «EL CÉSPED VERDE»:BACKROOMS
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¿Usted no ha sospechado que la terapia se ha convertido en un deambular por los recovecos vacíos de una mente atormentada buscando un perdón que la ciencia, en su infinita arrogancia, ha decidido que es una superstición innecesaria?
Uno de los absurdos de la cultura contemporánea consiste en que hayamos pasado siglos intentando desalojar a los demonios de las catedrales solo para terminar encerrándolos en un trastero de oficina con alfombras polvorientas.
En la película de terror metafísico Backrooms: sin salida (2026), dirigida por el joven y debutante Kane Parsons, el espanto no surge de lo desconocido, sino de lo excesivamente conocido: una repetición infinita de pasillos amarillentos y luces fluorescentes que zumban con la insistencia de un dolor de muelas. En esencia, la estética de esta obra es como el producto de una imaginación kafkiana que ha consumido alucinógenos.
La arquitectura del desamparo
El protagonista, Clark (Chiwetel Ejiofor), es un arquitecto frustrado convertido en vendedor de muebles baratos, un hombre que ha caído en la grieta abismal que se abre entre el «puedes ser lo que quieras» de la publicidad y el «tienes que pagar el alquiler» de la realidad. Su descenso a las habitaciones traseras —unos limbos claustrofóbicos a través de un portal en el sótano de su tienda— es la representación espacial de la doctrina de Jacques Lacan de que «el inconsciente está estructurado como un lenguaje» (Escritos 1).
Este es el dilema de Nietzsche hecho celuloide. Al declarar la «Muerte de Dios», el hombre moderno convirtió a la ciencia en su nuevo Sumo Sacerdote.
Parsons ha tenido la genialidad de traducir la gramática del inconsciente lacaniano al discurso de la arquitectura: un lugar del que puedes salir en teoría, pero del que nunca te vas realmente porque los muros son proyecciones de tu propio autodesprecio.
Aquí reside la primera gran paradoja: Clark no está perdido en un edificio, está siendo emboscado por su propio potencial no realizado. El infierno, como bien nos advierte la cinta, es el momento en que la persona en la que te convertiste conoce a la versión de la persona en la que podrías haberte convertido.
La terapia como laberinto sin absolución
La figura de la terapeuta, la Dra. Mary Kline (Renate Reinsve), encarna el drama de la psicología materialista contemporánea. En los espacios liminales, la terapia se convierte en el acto de deambular sin rumbo por los pasillos de una mente vacía, buscando algo que no está allí. Como bien señaló el propio Chesterton, el problema de la psicología moderna es que es «confesión sin absolución».
Ciertamente Clark confiesa, en dolorosa agonía, sus fallos, sus vicios y su alcoholismo, pero la ciencia, al carecer de una dimensión trascendente, es incapaz de perdonarlo. La doctora Kline, armada con sus manuales clínicos, reconoce finalmente: «No sé cómo arreglarte».
Este es el dilema de Nietzsche hecho celuloide. Al declarar la «Muerte de Dios», el hombre moderno convirtió a la ciencia en su nuevo Sumo Sacerdote. Por tanto, una ciencia que busca ser puramente objetiva sobre el sujeto termina por deshumanizarlo, convirtiendo el «Yo» en un mero objeto de estudio, un engranaje en una maquinaria de trauma.
Clark corre el riesgo de ser devorado por lo que Nietzsche describió, en Más allá del bien y del mal (1886), como el «Minotauro de la conciencia», donde el buscador arriesga ser devorado por la crisis existencial producida por su propio exceso de lucidez. Podemos agregar que ese Minotauro es el monstruo que habita en las cavernas del análisis sin el amparo de los valores espirituales.
El horror del mundo chato
Aquí es donde la película conecta fatalmente con la filosofía contemporánea. El horror de esas habitaciones traseras es su horizontalidad absoluta. Es un edificio que se expande hacia los lados, replicando el mismo error una y otra vez, sin escaleras reales que lleven hacia arriba. Filosóficamente, esto representa la ausencia de la dimensión vertical o sagrada de la existencia.
Como advirtió Ken Wilber, la gran patología de la modernidad —el «mundo chato» (“Flatland”)— consiste en reducir toda la realidad a lo medible, lo empírico y lo material, colapsando el Kosmos, el universo multidimensional, en una superficie plana y monocromática. El origen de esta patología radica en el positivismo, la ideología cientificista, que consagró el reduccionismo y el mecanicismo.
En el argumento, la desgracia de la Dra. Kline es que ella es, sin saberlo, una promotora de este plano inmanente. Al carecer de una dimensión trascendente, su ciencia psicológica es incapaz de redimir.
Irónicamente, el posmodernismo, que denunció los errores del positivismo, nunca cuestionó este aplanamiento ontológico. De hecho, el pensador posmoderno que llevó esta falta de profundidad a su extrema consecuencia fue Gilles Deleuze. En su afán de escapar de lo que él llamaba el «pensamiento dogmático», construyó, en su libro ¿Qué es la filosofía?, una teoría magnífica y terrible a la que denominó el «Plano de Inmanencia».
Al escuchar a sus devotos, uno tiene la impresión de que se nos invita a dar un paseo por un inmenso prado sin vallas, un lugar donde todo fluye, donde no hay fronteras, donde el hombre puede devenir-perro, el perro devenir-río, y el río devenir-asteroide. Suena muy libre, sin duda. Aunque si hay algo que el sentido común —esa humilde y olvidada virtud— debería habernos enseñado, es que un prado sin vallas no es la libertad; es la carretera, y si te pones a correr en ella en medio de una confusión conceptual semejante, lo más probable es que acabes atropellado por un autobús de la realidad.
El error fundamental de Deleuze, el gran pecado de su Plano de Inmanencia, es la confusión entre la vida y el barro. Él dice, con toda la solemnidad de un profeta que acaba de descubrir el fuego, que no hay ningún «más allá» (trascendencia). Todo está aquí. Todo es inmanente. Todo es un solo nivel liso y sin costuras donde las cosas no “son”, sino que están «siendo» constantemente.
En el argumento, la desgracia de la Dra. Kline es que ella es, sin saberlo, una promotora de este plano inmanente. Al carecer de una dimensión trascendente, su ciencia psicológica es incapaz de redimir. Solo puede documentar el desastre.
A diferencia de la «manía divina» de Platón, que conectaba al hombre con su identidad suprema y lo divino, Clark experimenta una posesión diabólica de carácter ideológico materialista. Es el triunfo de la tiranía sobre el alma, donde el sujeto deja de ser dueño de su esencia para convertirse en un simulacro. En el vacío de los laberintos, no hay actividad de vida, solo restos muertos de un pasado que la memoria ansía olvidar porque la felicidad perdida duele demasiado.
El despertar o el abismo
La película no ofrece una respuesta fácil, pues es una tragedia metafísica. Sin embargo, nos deja una lección chestertoniana: la cordura no consiste en analizarse hasta la parálisis en un plano horizontal, sino en estar en contacto con la realidad, una realidad que debe incluir lo sagrado para no volverse opresiva.
Backrooms: sin salida nos advierte que nuestra ciencia moderna de la naturaleza humana a menudo nos impide ser plenamente humanos. Al final, Clark se queda solo con su «monstruo», recordándonos que nadie puede ayudarnos si nosotros mismos no aceptamos la responsabilidad de nuestra propia alma frente al nihilismo. La verdadera tragedia no es quedar atrapado entre paredes amarillas, sino descubrir que, tras décadas de buscar la verdad en los sótanos de la mente, hemos olvidado que las ventanas se inventaron para mirar hacia el cielo.