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Cristina Casabón: Esta educación es una lacra

«Hay falta de incentivos para ponerse a trabajar o a estudiar. Y esto es así porque el Gobierno ha dado la espalda a los jóvenes»

 

Esta educación es una lacra

Ilustración generada con IA.

La reforma del sistema educativo que dio lugar a la LOGSE la inició José María Maravall, que fue ministro de Educación en el gobierno de Felipe González desde 1982 a 1988. En 1985 publicó sus ideas en el libro La Reforma de la enseñanza. Los cambios propuestos por Maravall y los resultados de las primeras experiencias de su aplicación provocaron que prácticamente todo el profesorado de Secundaria participara en manifestaciones de protesta por las calles y en encierros en los institutos. Seguramente esto influyó en el cese prematuro del ministro Maravall. Pero no se consiguió nada más. Su ley, la LOGSE, fue aprobada en 1990, siendo ministro Javier Solana.

Javier Solana, como ministro de Educación, Alfredo Pérez Rubalcaba, como secretario de Estado de Educación, y Álvaro Marchesi son los padres de la LOGSE, el sistema educativo que ha llevado a nuestro país a estar en la cola de los países occidentales en niveles educativos, como se muestra en los informes PISA del 2025. Dice el Gobierno y periódicos como El País que la culpa es de las pantallas. ¿No utilizan móviles el resto de los países que participan en el informe PISA?

Si además se tiene en cuenta que España tiene un 38% más de abandono que la media europea, es decir, de jóvenes de entre 18 y 24 años que como mucho solo han acabado la ESO, es evidente que el modelo educativo logseano, el único que en la práctica hemos tenido desde 1990, es un auténtico fracaso.

Además, el número de jóvenes que ni estudian ni trabajan (los denominados ninis) era en España en 2025 netamente superior a la media de la OCDE. Hay falta de incentivos para ponerse a trabajar o a estudiar. Y esto es así porque el Gobierno ha dado la espalda a los jóvenes. No se ha preocupado de hacer políticas de inserción laboral ni tampoco de que tengan unas condiciones de trabajo menos precarias. Por suerte, los socialistas han dado con la generación más conformista de la historia, aunque esto está empezando a cambiar.

Volviendo al tema: los nuevos planteamientos de las leyes logseanas ponen más atención en materias que pueden denominarse ideológicas, como educación de género fluido y matemáticas de género, pero el tiempo que dedica a los métodos de aprendizaje y al conocimiento puro se ve afectado. Se orienta a una educación socioemocional y una serie de temas que en principio corresponderían a las familias: educación sexual, vital, emocional, los valores cívicos… todo a costa de suprimir clases de las materias curriculares como el conocimiento de la Historia y de bajar el nivel para garantizar la igualdad.

«El número de jóvenes que ni estudian ni trabajan (los denominados ninis) era en España en 2025 netamente superior a la media de la OCDE»

El valor de la educación, que promueve la excelencia, las buenas formas y la valía de una persona, es lo que enriquece a una sociedad, pero estos valores hoy se ven amenazados por un igualitarismo mal entendido, que además es incompatible con la diversidad que dicen defender. Solo somos iguales en derechos políticos, en todo lo demás, la realidad es que, aunque muchos prefieran ignorarlo, somos muy distintos. Sin duda, en la educación debe regir el principio aristocrático, y defender otra cosa no es progresismo moral ni político, sino un subterfugio de los mediocres para que los niños bajen el nivel de exigencia.Ayn Rand ya dijo que la educación en EEUU estaba intentando domar el carácter mediante el cultivo deliberado de la impotencia y la resignación en lo que llamó «incubadoras de letargo»; más conocidas como escuelas «progresistas», que se dedican a la tarea de ralentizar el desarrollo cognitivo de un niño. De todas formas, parece que los «progresistas» son los primeros que reniegan de sus propias teorías sociales: son sus hijos los que salen de las escuelas y universidades públicas y se decantan por las privadas, preferiblemente de otros países.

En los últimos años, esta contracultura universitaria también se ha embarcado en una delirante cruzada contra el legado occidental, contra la meritocracia y contra la transmisión del conocimiento. Declararle la guerra al conocimiento no solo es suicida en un país con un problema de productividad, de paro juvenil y de fracaso escolar: es también la peor traición que la izquierda puede asestar a los hijos de las clases medias, que solo cuentan con el fruto de su esfuerzo y con hincar codos para competir en un mercado de trabajo globalizado y muy competitivo. Una enseñanza en la cual se puede pasar de un curso a otro sin tener comprensión lectora es una enseñanza que abandona el esfuerzo.

Las «contraculturas» de hoy también han puesto al conocimiento formal y a la investigación científica la etiqueta de estrategias de explotación, de dominio de clase o de subterfugio de los poderosos para mantener su poder y sus privilegios. La izquierda se obsesionó con el poder, el lenguaje y el conocimiento y la interpelación entre estos tres elementos. Este «plan de dominio», de enseñanza como poder bruto, elevado al extremo de la histeria, es una metanarrativa peligrosa

En España, esta contracultura de la izquierda supone una profunda reacción al franquismo… solo que sin franquismo. Seguimos sumidos en el reduccionismo propio de adolescentes que identifican el pasado con la mentalidad franquista, y confunden la autoridad con el autoritarismo, o que ven la disciplina y la moral como una prolongación del nacionalcatolicismo. Álvaro Marchesi, uno de los arquitectos de la LOGSE, afirmaba que los exámenes son de derechas. Es una idea que asume que, si el conocimiento se concibe como algo objetivo y verdadero, esto significa que la clase dominante, léase la derecha política, terminará imponiendo su visión del mundo. Ello implica romper con una concepción cuantitativa y acumulativa del conocimiento.

Como todos sabemos, durante el franquismo hubo una sofocante educación religiosa y tirones de orejas, castigos y curas sobones. El problema es que hayamos pasado de ese extremo, de una educación muy estricta y severa, a una que es un parque de atracciones, por emplear el término de Gregorio Luri. De Franco a la LOGSE, la generación del baby boom ha pasado del extremo de una educación severa y estricta, de un estilo de vida sencillo y austero, a ver cómo ahora se apuesta por una filosofía hedonista infantiloide, la mala educación y la pérdida de todo código moral y de conducta… ¡En una generación!

La falta de disciplina, la dificultad de concentración, el desprecio a la memoria y las humanidades y los bajos resultados en matemáticas forman parte de un sistema logseano: la LOECE, la LODE, la ESO, la LOGSE, LOMLOE… todas tienen el mismo planteamiento erróneo: entender que el conocimiento se puede adquirir aunque sea disminuyendo, a cada reforma, el nivel de esfuerzo y de exigencia. Antes la educación pública en España era buena; hoy, ya viendo el nivel, personas universitarias con errores de gramática, sin lecturas ni comprensión lectora, el ciudadano medio tiene que apostar por la privada, al tiempo que financia la pública. Las consecuencias son perversas: si no estás intelectualmente formado, no puedes votar con criterio, por ejemplo. ¿Alguien ha estudiado la relación entre el elevado porcentaje de voto socialista y la ley educativa española?

Yo creo que, mientras no se tumbe el sistema logseano, dudo que pueda existir un pacto de Estado sobre educación que además cumpla con las expectativas de mejorar los niveles educativos. El socialismo ha traicionado a las clases medias: está creando una sociedad a dos velocidades: una anclada en el saber y otra en la ignorancia del conocimiento puro y que solo tiene capacidades socioemocionales, una que aspira a obtener un cargo por ser persona no binaria, mujer, o x, o ya directamente una paguita del Estado. Los primeros van a tener que cargar con el país a cuestas, claro, porque los segundos no podrán acceder a buenos trabajos. Tendrán valores muy cívicos y por supuesto, estarán a favor de los impuestos que pagan los primeros. La brecha de conocimiento será ante todo generacional, pero también, cada vez más, entre las escuelas públicas y privadas, o sea, entre clases sociales.

«De Franco a la LOGSE, la generación del baby boom ha pasado del extremo de una educación severa y estricta, de un estilo de vida sencillo y austero»

En nuestra izquierda, a menudo se muestra desdén por la excelencia o el debate de ideas. Por el contrario, todos los que desechan el conocimiento parecen manejarse bien con el lenguaje moralista y las consignas identitarias y, además, nos ahorran la tediosa tarea de pensar. La labor del pensamiento ha sido sustituida por la labor de concienciación.

Esto conduce a la idea del falso progresismo, que ha imperado en nuestras élites. Es cómico el progresismo propio de esta gente caprichosa que no tiene ni idea de lo que es luchar por absolutamente nada, y odian la meritocracia, el esfuerzo y el talento, a las personas que están en posiciones más altas, y les catalogan con identidades negativas: «los privilegiados», «los ricos», «la casta»… sin darse cuenta de que ellos se benefician de un sistema que les permite estar en desacuerdo con ellos, que les permite llegar lejos si quieren. Desde los puestos de liderazgo político ni siquiera hacen valer su posición y ofrecer alternativas viables, porque no saben hacer absolutamente nada, salvo fichar a sus amigos y corromper las instituciones. Digamos más: viven de ideales que no son capaces de representar. Comen del sistema y luego se quejan del mismo sistema del que comen, lo cual ha dado lugar a un fenómeno recurrente en la izquierda progre: la hipocresía.

Para que una sociedad sea progresista, no debe castigar el éxito, sino fomentarlo de manera predeterminada, debe premiarse el esfuerzo y la excelencia, no buscar la igualdad en la mediocridad. Hay que fomentar la capacidad de las personas para crear, inspirar, producir, emprender… esos son los verdaderos ladrillos del progreso. El progresismo que vemos en la izquierda es un progresismo acomplejado, uno que señala a los que tienen más que usted o son mejores. El progreso (sin «-ismos») es algo inteligente que aspira a crear una sociedad mejor y más brillante, en libertad.

Una sociedad enfocada hacia el progreso podría proveer de educación gratuita a los ciudadanos, sí, pero sobre todo educación de calidad. La mayoría de nosotros probablemente concluyamos que la escolarización es lo suficientemente importante como para justificar algún subsidio del gobierno, pero como ciudadanos y contribuyentes debemos exigir que, a cambio, esa educación pública sea de calidad. Si la educación pública es deficiente, esto puede hacer que la educación privada adquiera un mayor peso a largo plazo, que las familias, para garantizar una educación exigente y de calidad, tengan que pagar escuelas privadas a la vez que financian con sus impuestos la enseñanza pública.

Es cierto que el españolito es un poco masoquista en eso de pagar impuestos, pero aun así, puede que haya asociaciones y partidos que planteen en el futuro si debemos costear una educación pública deficiente. Qué métodos de educación y qué materias proporcionan mayor ventaja social y qué cantidad de recursos limitados de la comunidad deben gastarse en ellos debe ser decidido por el juicio de la comunidad, expresado a través de sus canales políticos. El papel del gobierno socialista se limitaría a asegurar que las escuelas cumplan con ciertos estándares mínimos.

Decía Ayn Rand que puede haber, desde luego, algunas excepciones en escuelas específicas, pero como sistema, la educación pública tiende a inculcar la conformidad social y obediencia, no la independencia. Cuando la educación está en manos del Estado, entonces los profesores tienen que apoyar el sistema para el cual trabajan. Spinoza hizo una observación idéntica sobre las escuelas administradas por el Estado. En realidad, como decía Rand, la mayoría de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos, a quienes acudimos en busca de guía y ejemplo, son unos sepultureros más o menos afables. Se esfuerzan en rebajar a sus alumnos a su propio nivel de faena mediocre. No «abren Delfos», sino que lo cierran.

 

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