La nueva (y fluida) novela de Emily St. John Mandel
La nueva (y fluida) novela de Emily St. John Mandel
Katy Waldman – The New Yorker
Las novelas de Emily St. John Mandel me recuerdan a las piscinas. Sus siete obras de ficción —que incluyen El hotel de cristal, El mar de la tranquilidad y Estación Once, la novela pandémica de 2014 que se convirtió en un fenómeno durante la primera ola de COVID-19 (y que fue adaptada a una galardonada serie de HBO en 2021)— presentan realidades paralelas al estilo Sliding Doors y una aguda sensación de contingencia. Sus personajes tienden a ser escapistas y propensos a darse a la fuga, listos en cualquier momento para transformarse en alguien más, en otro lugar. Su escritura posee una cualidad acuosa: las cosas se deslizan, generan ondas o conservan un suave resplandor; la lluvia cae como una fina neblina; los barcos se deslizan hacia adelante en la noche. Repite imágenes evocadoras —un personaje lanzándose al agua en un clavado perfecto, por ejemplo— dotándolas de un significado acumulativo. Esta superposición de capas, tanto como sus tramas impulsivas y compenetrantes, sostiene la sensación de una revelación que se cocina a fuego lento.
Exit Party, la más reciente novela de Mandel, publicada ayer, es una historia policial elegante y bellamente escrita con matices de ciencia ficción. Está ambientada en 2031 y presenta dos líneas temporales paralelas que opinan de formas opuestas sobre la política contemporánea. En la primera de ellas, Estados Unidos se ha desintegrado en territorios en guerra, con sus zonas en disputa invadidas por milicias. La segunda mitad se desarrolla en un estado de vigilancia autoritario: «mi patria se había cerrado como un puño», dice un personaje. Su nombre es Ari, y los mecanismos multiversales de la novela le permiten jugar tanto a ser policía como ladrona. Cuando Mandel la presenta en la Parte 1, acaba de salir de prisión (contrató a un sicario para atentar contra su primo) y pronto se ve arrastrada de nuevo a un submundo de traficantes de armas, falsificadores y mercenarios.
Los personajes de Mandel están en sintonía con la belleza, tanto en la naturaleza como en las bellas artes, y sus oraciones comparten esta misma orientación estética. Más que ficción literaria tradicional, escribe novelas de tipo caja de rompecabezas con filigranas literarias; la complejidad, la fricción y la fealdad de la ficción realista, en particular, perturbarían la única y fluida nota de sus obras. Algunos lectores podrían fastidiarse con los protagonistas elegantemente urbanos de Exit Party, muchos de los cuales son prodigios atractivos que parecen representar, cada uno, a un grupo étnico diferente; o tal vez con su elección de villanos: alternadamente, milicianos violentos, agentes del gobierno totalitario y padres que no aportan la parte que les toca en el cuidado de los hijos. Está bien. Aun así, me devoré el libro.
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NOTA ORIGINAL:
Emily St. John Mandel’s Fluid New Novel
Katy Waldman – The New Yorker
Emily St. John Mandel’s novels remind me of swimming pools. Her seven works of fiction—which include “The Glass Hotel,” “Sea of Tranquility,” and “Station Eleven,” the 2014 pandemic novel that became a sensation during the first wave of COVID-19 (and was adapted into an award-winning HBO show in 2021)—feature sliding-door realities and a sharp sense of contingency. Her characters tend to be escape artists and flight risks, poised at any moment to drift into being someone else, somewhere else. Her writing has an aqueous quality: things slip or ripple or hold a soft glow; rain mists down; ships glide forward in the night. She repeats evocative images—a character swan-diving into water, for example—investing them with cumulative meaning. This piling, as much as her propulsive, suspenseful plots, supports the books’ slow-burning sense of revelation.
“Exit Party,” Mandel’s latest novel, released yesterday, is an elegant, gracefully written crime story with sci-fi shadings. It’s set in 2031, and presents two parallel time lines that comment in opposite ways on contemporary politics. In the first of these, the United States has disintegrated into warring territories, its contested zones overrun by militias. The second half unfolds in an authoritarian surveillance state—“my homeland had closed like a fist,” one character says. Her name is Ari, and the novel’s multiversal machinations allow her to play both cop and robber. When Mandel introduces her, in Part 1, she’s just been released from prison (she took out a contract on her cousin), and is soon drawn back into an underworld of gun runners, counterfeiters, and mercenaries.
Mandel’s characters are attuned to beauty, in nature and in fine art, and her sentences share this aesthetic orientation. She doesn’t write what is often thought of as literary fiction so much as puzzle-box novels with a literary filigree; the complexity, friction, and ugliness of realist fiction, in particular, would perturb the works’ single fluid note. Some readers may chafe at “Exit Party” ’s chicly urbane protagonists, many of them attractive prodigies who each seem to represent a different ethnic group, or maybe at her choice of villains—alternately, violent militiamen, agents of the totalitarian government, and fathers who don’t pull their weight on child care. Fair enough. I still gulped the book down.