Lo que el ‘no’ islandés le dice a Canadá
Reino Unido salió, Noruega nunca entró, Suiza quiere acuerdos, pero no integración, e Islandia ha dejado claro que está bien como está. No son cuatro anomalías, son cuatro avisos

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el primer ministro de Canadá, Mark Carney. (EP)
Mañana se celebra en Estrasburgo un histórico debate sobre el estado de la Unión Europea con presencia del primer ministro de Canadá. Se interpreta como un estreno de la alianza de potencias medias que promueve el propio Mark Carney. También traslada un mensaje de solidaridad entre parientes ante las avasalladoras demandas norteamericanas. Sin embargo, la realidad siempre decepciona a los políticos y habrá que explicar por qué, el pasado 29 de agosto, en un referéndum convocado con pareja narrativa a la canadiense, Islandia votó ‘no’ a reanudar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea.
El Gobierno islandés adelantó la consulta, esperada para el año que viene, movido por razones geopolíticas. Le preocupa que Rusia y Estados Unidos señalen el Ártico como campo de maniobras, y China como ‘ruta de la seda polar’; que el presidente Trump anuncie su interés en anexionarse la vecina Groenlandia o que el recién nombrado embajador norteamericano en Reikiavik bromease con que la isla podría llegar a convertirse en un nuevo estado de su país. Parecen argumentos suficientes para buscar la protección de un hermano mayor. Así que Islandia era la candidata perfecta para la UE: democrática, próspera, ya integrada en nuestro mercado interior, situada en un lugar estratégico entre el Ártico y el Atlántico y urgida por las circunstancias a ganar tamaño. Tanto que en la Comisión Europea ya se hablaba de que la incorporación podría producirse tan pronto como en 2028.
Los fundamentos de la negativa, si nos atenemos a lo que se debatió durante la campaña, fueron la pesca, que representa alrededor del 40 por ciento de las exportaciones islandesas y sostiene buena parte de su riqueza, y la soberanía. Cabe recordar que Islandia se independizó de Dinamarca hace menos de un siglo. Hay quien ha entendido el resultado del referéndum islandés como el enésimo choque entre urbanitas europeístas y rurales soberanistas. Algo similar a lo que sucedió con el Brexit en 2016. Pero conviene ir más allá. Porque los motivos que llevaron a Islandia a preferir quedarse fuera de la UE son los mismos que impulsan desde hace tiempo a los partidos antieuropeos: el proteccionismo, que vale igual para la pesca que para la agricultura, y el miedo a perder la identidad nacional. Y eso nos obliga a preguntarnos si el proyecto de unidad europea ha extraviado su sentido o, como mínimo, su atractivo.
Veamos: Islandia disfruta de las ventajas del mercado único, como parte del Espacio Económico Europeo, y de la libre circulación de personas, gracias a Schengen. También participa en los programas europeos Horizonte y Erasmus. Gran parte de los beneficios económicos que ofrece la UE, por tanto, ya son suyos mediante acuerdos, sin necesidad de ser miembro de la Unión. ¿Para qué dar entonces un paso más, convertirse en contribuyente al presupuesto comunitario y compartir con los socios la fijación de las cuotas pesqueras en sus propios caladeros? Ni siquiera la perspectiva de adoptar el euro como remedio a la inflación y a los elevados tipos de interés del país bastó para inclinar la balanza. Por otro lado, aunque son miembros de la OTAN, los islandeses no tienen un ejército propio, de manera que, desde 1951, mantienen un acuerdo bilateral con Estados Unidos por el que este asume la responsabilidad de la defensa de la isla. Pues ni siquiera ante la posibilidad de que Washington pudiera desentenderse y buscar expandirse a su costa han visto en la UE y su «cláusula de defensa mutua» del artículo 42.7 del Tratado una opción mejor.
El desaire islandés cabe interpretarlo de dos formas. La primera, dando la razón a los euroescépticos, consistiría en aceptar que, por nuestra burocratización, nuestra lentitud y nuestra ineptitud para alcanzar la unanimidad, no somos la potencia geopolítica que pretendemos y que, disfrutando del mercado común, como hace Islandia, no hay mejora adicional que la pertenencia plena al club comunitario pueda ofrecer. O sea, que el comercio entre nosotros sí, pero la política compartida no. Les hemos regalado las ventajas económicas sin pedir a cambio un verdadero compromiso político y ahora se hace cuesta arriba pagar el segundo plato. La segunda, algo más realista, nos obliga a quitarnos las gafas de Bruselas y de los países grandes y a asumir que no todos los Estados buscan lo mismo en la UE ni entraron por las mismas razones. En consecuencia, el ejército europeo, por ejemplo, que para algunos gobiernos empieza a ser una ambición indispensable, puede resultar un gasto incómodo para otros. Y que la única manera de convivir con intereses dispares consiste en no forzar la homogeneización. En ese sentido, la pertenencia plena a la UE no sería la única vía para la integración europea, ni las políticas Exterior o de Defensa comunes deberían resultar obligatorias para todos los Estados miembros.
La lección, en todo caso, no es para Islandia, sino para nosotros. Esta UE que sólo sabe ofrecer la pertenencia plena o nada recibirá negativas. Reino Unido salió, Noruega nunca entró, Suiza quiere acuerdos, pero no integración, e Islandia ha dejado claro que está bien como está. No son cuatro anomalías, son cuatro avisos. Una UE de círculos concéntricos, en la que cada país decida hasta dónde quiere llegar y a qué velocidad, no es la renuncia al proyecto, sino su madurez. Lo que el ‘no’ islandés le dice a Canadá de nosotros es que aún no hemos aprendido a ser atractivos sin ser obligatorios, que no pase del acuerdo comercial y que, si no salimos de nuestro laberinto institucional, no baje de la tribuna de invitados al hemiciclo en el debate de mañana.
Me cuento entre los convencidos de que los Estados Unidos de Europa son nuestra única posibilidad de seguir compitiendo con las grandes potencias, aunque comienzo a ver que a esa aspiración llegaremos siguiendo unos los pasos de los otros, que el federalismo europeo ha de ser voluntario y de distintas velocidades, lo que Draghi ha llamado el «federalismo pragmático». Hemos convertido Europa en un rígido entramado administrativo, pero ser europeo era lo contrario: un modo individualista e ilustrado de plantarse ante la historia. Los islandeses nos han hecho una cobra. No disimulemos ni sigamos como si nada, por favor. Entendamos que la unidad no se consigue con atosigamientos y recordemos que, si un día tendimos lazos comerciales entre países enemigos, fue para que la prosperidad se convirtiera en fundamento de la paz. Seguir como socios fiables, desenredar nuestra personalidad, ser capaces de tomar decisiones difíciles, es lo que alguna vez nos traerá el ‘sí’ islandés y quién sabe cuánta proximidad con Canadá o Hispanoamérica. Los faros no persiguen a los barcos, los esperan encendidos.
