Antonio Caño: Llámeme fascista, presidente
«Si ese es el precio por defender la alternancia en el Gobierno y la fortaleza de las instituciones, lo pago con resignación»

Ilustración de Alejandra Svriz
En su alocución de la pasada semana en un programa que se emite en TVE, Pedro Sánchez insistió en que no existe una verdadera posibilidad de alternancia en el poder en España. Dijo que él representa tanto la estabilidad como el cambio. Si queremos la estabilidad que, según él, nos ha dado tantos éxitos en estos últimos ocho años —nueve cuando se vote—, hay que votar, por supuesto, por Pedro Sánchez. Pero si queremos cambiar porque no acaba de gustarnos lo que hay, también hay que votar por Pedro Sánchez: necesita más tiempo para completar su obra. Solo puede votar a favor de otra opción política, explicó, quien quiera entregarle el país a la extrema derecha.
Llegados a este punto, señor presidente, incorpóreme a las filas de la extrema derecha, llámeme fascista, si quiere, pero voy a defender la necesidad de la alternancia en el poder por encima de todo. En España existe una opción legítima para un relevo al frente del Gobierno que en absoluto representa un salto al vacío o un retroceso a la dictadura. Quizá no es la que algunos hubiéramos deseado, pero no supone un peligro que nos obligue a continuar con Sánchez. Por lo demás, si el riesgo de la alternancia es mayor, se debe, precisamente, a que el propio Sánchez ha hecho y hace todo lo posible para engordar su lado más extremista. La alternancia más probable puede ser motivo de inquietud, pero la continuidad de Sánchez es la certeza de un riesgo de involución hacia un modelo más autoritario.
Sin embargo, ni siquiera eso es lo más importante. El principio de alternancia en el poder está por encima de las siglas que estén en competencia en cada momento y de los peligros que puedan adivinarse. Si Vox fuera el favorito para obtener la victoria en las próximas elecciones, igual habría que defender el principio de la alternancia. Frente a una eventualidad de ese tipo, una democracia debe confiar en la capacidad de resistencia de sus instituciones, pero de ninguna forma puede convertirse preventivamente en una dictadura con la excusa de impedir el acceso al poder de determinada fuerza política.
La caída del Gobierno en manos de Vox —algo aún lejano— puede ser causa de preocupación, pero lo es mucho más porque Sánchez ha debilitado previamente las instituciones y le ha ofrecido la excusa para un comportamiento antidemocrático. Si mañana gobierna Vox, siguiendo el ejemplo de Sánchez, podrá hacerlo en minoría y sin contar con el Congreso, sin someter los Presupuestos Generales del Estado a la decisión del Parlamento, sin convocar un solo debate sobre el estado de la nación, sin responder jamás a una pregunta del líder de la oposición. Si Vox gobierna mañana, siguiendo el ejemplo de Sánchez, podrá poner al frente del Tribunal Constitucional a alguien de su absoluta lealtad, podrá tener un fiscal general a su servicio, una televisión pública que defienda el ideario político de la extrema derecha, un CIS que corrobore cada mes los éxitos de Vox. Si Vox gobierna mañana, siguiendo el ejemplo de Sánchez, podrá colocar al frente de las empresas públicas a sus amiguetes, podrá diseñar una política exterior de absoluto alineamiento con Trump y Netanyahu (y Marruecos), podrá negociar un modelo de financiación autonómica especialmente diseñado para perjudicar a Cataluña, etc., etc., etc.
De modo que, llegados a este punto, llámeme fascista, pero creo que el peligro no es la alternancia en el poder, sino usted, señor presidente, y creo que desalojar a usted del poder es el primero y más urgente paso para la regeneración que nuestro país necesita.
«Si Vox gobierna mañana, siguiendo el ejemplo de Sánchez, podrá poner al frente del Tribunal Constitucional a alguien de su absoluta lealtad»
Desde luego que fascista es una palabra repugnante. Aunque muy joven, tuve la desgracia de conocer a uno al frente de mi país y, sin ser ningún héroe, hice lo que modestamente estaba en mis manos para remediarlo. Después me ha tocado conocer, ya como simple observador, a varios fascistas en distintas partes del mundo, y créame que algunos de ellos me recuerdan bastante a usted.
El fascismo ha tenido, como bien sabemos, consecuencias nefastas para la humanidad. Casi tantas como el comunismo. Y ser un fascista es deplorable, tanto como ser un comunista. Es doloroso ser calificado de fascista. Pero, llegado a este punto, no me importa que usted lo haga. Porque usted y los suyos llaman fascistas a cualquiera simplemente por expresar una crítica a la labor del Gobierno. Por otra parte, aquellos denominados antifascistas tampoco es que despierten una gran admiración.
Llegados a este punto, llámeme fascista si quiere, pero eso no impedirá que intente comportarme como un ciudadano libre con mi voz y con mi voto. Al fin y al cabo, ¿qué valor tiene la palabra fascista en su boca? Casi es motivo de orgullo escucharla. Escuché hace años a Gobiernos despreciables llamar fascistas a Václav Havel, Lech Walesa o Alexander Solzhenitsyn; de modo que el valor de esa palabra, como casi todas, es relativo.
Probablemente cuenta usted todavía con el apoyo de muchos que no piensan así, que aún tiemblan ante la posibilidad de verse señalados por el pensamiento «progresista». Pero creo que son más los que están perdiendo el miedo a ser llamados fascistas.
