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Cabezas vacías, aulas llenas

Si yo fuera político, estaría muy contento con los resultados de PISA. La oligofrenia en que se mueve la vida pública precisa humanos cada vez más compasivos con la estupidez, la molicie y la mediocridad

Cabezas vacías, aulas llenas

 

 

No hace falta que vengan los señores del informe PISA a decirnos lo mal que educamos a nuestros niños. Ya lo sabemos, aunque intentamos no mirarlo de frente y lo ocultamos. Para no ver, subimos notas. Lo más asombroso de todo, de hecho, es esto. La diferencia entre las notas que sacan los críos en EBAU y los institutos y la inmisericorde realidad transmitida por la prueba internacional.

Cada vez hay más sobresalientes y menos suspensos en España porque cada vez se aprueba reteniendo menos en la cabeza. Pones a una vaca en clase, le asignas un síndrome y tienes un alumno plenamente formado según la junta de evaluación. Luego llega la apisonadora si te lo evalúan desde fuera, y por eso comunidades autónomas como Murcia engañan en el examen. Pero nada se arregla. La mirada ajena mata la fiesta. Los españoles del futuro no sabrán multiplicar ni cuál de los dos Quevedos era poeta, pero elegirán siempre a gobernantes con responsabilidad.

Si yo fuera político, estaría muy contento con los resultados de PISA. La oligofrenia en que se mueve la vida pública precisa humanos cada vez más compasivos con la estupidez, la molicie y la mediocridad. Ser compasivo con la estupidez, la molicie y la mediocridad requiere que te hayan tratado así en la escuela. Y lo hacen. Que te suban la nota cuando no estudias, que no te enseñen nada y cultiven tu vagancia en forma de aversión al fracaso y la frustración precisa planes.

Yo recibí peor formación que mi padre, y mis hijos recibirán peor formación que yo. No hace falta ser muy conspiranoico para ver aquí cierto proyecto. De hecho, se llaman «planes educativos» las excavaciones en lo profundo de la charca. Hoy un alumno brillante de segundo de bachillerato no pasa un examen de la misma materia para Primero de BUP de hace treinta años. Esto es así, de modo que se pinta como fracaso lo que responde a una planificación. Los políticos hacen las leyes educativas y luego se venden en un mercado que premia la idiocia y la credulidad.

Tenemos por tanto una generación que hará las delicias del populista que venga. Dejamos de enseñar los ríos y los Reyes Godos por considerar inútil ese tipo de conocimiento, sin percibir que la utilidad del conocimiento estriba en la capacidad del individuo para memorizarlo y asimilarlo. Es decir: que las capacidades se desarrollan, como los músculos, con la gimnástica tediosa de la repetición.

Pero no. Tenían que darnos una escuela creativa con el bienestar de les niñes en el centro, y lo que lograron fue una larga terapia que no cura la ignorancia. En toda Europa optaron por enseñar competencias en lugar de transmitir conocimiento. Y va PISA, y evalúa competencias como el cálculo o la comprensión lectora, y queda claro que ni una cosa ni la otra. Somos cada vez peores y algún día seremos tan malos como nuestros líderes democráticamente elegidos.

Algunos se escudan en que baja la capacidad en buena parte de los países, como si el mal de muchos no fuera el consuelo de los tontos. Vale, la vida digital se delata como la peste bubónica para los cerebros en formación, y también afecta a la media la inmigración, pero no echemos fuera los balones. Tenemos cierto mérito. España ostenta el honor de haber descendido más abruptamente al fondo de la ciénaga, así que algo habremos hecho para alcanzar este grado de excelencia.

¿Qué hemos podido hacer tan mal, pensando en una sociedad de adultos responsables, o también, pensando en una sociedad liderada por Pedro Sánchez? Para averiguarlo, basta con echar un vistazo a la junta de evaluación de cualquier instituto. Me he criado en casa de un profesor, que para colmo es mi padre, así que sé muy bien cómo son esas reuniones. A mi padre le frustraba no poder sacar chavales del cieno con la palanca de un suspenso. Porque un suspenso, para el profesor justo, es una forma de ayudar. Es decirle a un crío que no llega ni al mínimo. Le proporciona ese mensaje una información vital. Lo que haga el crío con esa información es algo que se escapa al profesor. Pero, como mínimo, que lo sepa. O que lo sepamos todos, antes de que lo diga PISA.

Pues bien, la junta de evaluación se dedica a borrar esa información. Considera que aprobado o suspenso es una sentencia, y actúa como el Tribunal Constitucional cuando pasa un condenado andaluz del PSOE. Es un zoco donde unos pocos profesores y otra gente con plaza de profesor regatean para que pasen de curso manadas de niños inermes a una parcela de conocimiento.

En la junta se estafa sistemáticamente a los alumnos. Neutralizan el papel del profesor. Olvidan que los profesores duros son los que más respeto tienen por la inteligencia de sus alumnos, y sobre sus capacidades. Dinamitan la derrota y la frustración, que son las piezas con las que se construye el deseo de ser mejores. Las reformas educativas han ayudado mucho en esta tarea de las juntas de evaluación, al vomitar millones de criterios. Hoy podemos decir que un chaval no sabe sumar, no sabe leer y no sabe absolutamente nada, pero parece ser compasivo, con lo que se decreta que debe pasar de curso con un 2 en Matemáticas y un 0 en Lengua.

La evaluación escolar contemporánea debe ser vista como un engaño masivo. Como una estafa. Como el efecto de un libro de autoayuda en una mente narcisista y desprovista de tenacidad.

Súmale a esto que la psicología devoró a la formación. Muchos niños vienen con etiqueta del psicólogo y tienen un salvoconducto para no esforzarse por nada y aprobar siempre. La psicologización de la vida ha hecho daño a los adultos, pero más todavía a los niños. Sobrediagnosticados y no pocas veces medicados, muchos atraviesan la escuela sin más enseñanza que su diagnóstico limitante.

En un país que respeta a sus menores y desea convertirlos en seres articulados, se evalúa a los niños por su aprendizaje y no por sus presuntos trastornos. Pero la escuela fue colonizada por el psicólogo y el pedagogo, y deja poco espacio para el profesor. Eso es exactamente lo que transmiten las juntas de evaluación. El profesor queda para pacificar el grupo, para orientar, para ser compasivo. El profesor no debe imponer un respeto que la escuela ya no tiene por sí misma, ni por la grandeza que transmite. Algún pedagogo se me enfadará, pero PISA me da la razón.

 

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