Soledad Morillo Belloso: Te estás equivocando, Dinorah

Las declaraciones de Dinorah no son brújula: son un temblor. Habla con solemnidad, como si el país estuviera esperando una voz que ordenara el caos, pero lo que entrega es un espejismo. Repite que el chavismo entregaría el poder si pierde, como quien sostiene una cuerda que no sabe si está amarrada a algo. Esa frase, tan celebrada por algunos, es en realidad una confesión involuntaria: si un régimen promete entregar el poder «si pierde», es porque siente que aún lo tiene; que no está sometido a reglas, sino al capricho. Y repetirlo sin desmontarlo es aceptar que la arbitrariedad puede disfrazarse de compromiso democrático.
Dinorah intenta instalar la idea de que estamos ante un «inicio», una apertura, un movimiento. Nada más alejado de la realidad. Esto no empezó en agosto. El calendario marca que estamos en septiembre y a la señora interina la instalaron, sin consulta al soberano, en enero.
Lo que se ve —lo que se siente— en las declaraciones de Dinorah es una oposición negociando desde la periferia mientras el centro del poder permanece intacto, blindado, impasible. Sus palabras sostienen la narrativa de que esta vez sí, que ahora sí, que por fin se abre una puerta. Pero las puertas no se abren con discursos: se abren con fuerza política, y esa fuerza, hoy, no ha cambiado de manos. Y al tutor parece no interesarle que las cosas cambien.
Cuando Dinorah asegura que la negociación no desplaza a María Corina, lo que hace es administrar fracturas internas, como quien intenta que un edificio cuarteado parezca sólido si se ilumina desde el ángulo correcto. La oposición venezolana pasó años atrapada en un juego de supervivencia simbólica donde cada actor defendía su parcela discursiva, mientras el poder real observaba, concedía frases, retiraba otras y seguía avanzando sin prisa porque no tenía urgencia.
El terremoto, convertido en argumento político, revela la fragilidad del relato. La tragedia se vuelve combustible narrativo: excusa para reacomodar agendas, para justificar pausas inaceptables, para vestir de necesidad lo que ya estaba previsto (volver a sentarse, volver a conversar, volver a prometer). En Venezuela, el dolor termina absorbido por la maquinaria política, y cuando Dinorah dice que la emergencia reconfigura la agenda, lo que realmente está diciendo es que la política vuelve a hacer lo que mejor sabe: usar la catástrofe como telón de fondo para repetir la misma obra.
El énfasis en el respaldo de Estados Unidos tampoco es inocente. Es la muleta que sostiene un proceso que, por sí solo, no camina. La transición se presenta como posible porque un actor externo la impulsa, no porque exista una fuerza interna capaz de sostenerla. Y eso, en sí mismo, es una confesión: la oposición que está en la mesa sigue dependiendo de la validación internacional para compensar su debilidad. Quizás eso sea válido para Primero Justicia y Voluntad Popular —los que están sentados en la mesa—, pero no para la enorme, sí, enorme amalgama de ciudadanos que sostienen la lucha democrática sin siglas ni cuotas.
Y preocupa, porque tiene que preocupar, que las declaraciones de Dinorah no anuncian un cambio: anuncian un deseo. No describen una ruta: describen una aspiración. No revelan fuerza: revelan necesidad. Son palabras grandes intentando contener una realidad que no se mueve al ritmo de esas palabras. Y en esa distancia —entre lo que se dice y lo que realmente ocurre— es donde se siente la verdadera corrosión.
Con todo respeto, Dinorah, te estás equivocando. Y este no es un momento para titubeos ni para gestos ceremoniales. Necesitamos que no te equivoques. Este país ya pagó un precio demasiado alto por los errores ajenos y por las ilusiones mal calculadas.
Saca las uñas —sí, las tuyas— porque para eso están. No para la foto, no para la frase diplomática, no para sostener una mesa que se tambalea sola, sino para defender con ferocidad lo único que importa: al pueblo venezolano. A él es a quien representas en esa mesa. A él y a nadie más.