La otra muerte de Raúl
Los comunistas son proclives a coreografías de Ave Fénix, pero a sus 95 años, el dictador no podrá seguir muriéndose de mentiritas. En todo caso, el más reciente rumor, espontáneo o diseñado, ratifica su perpetuo papel secundario.

Esperemos que Raúl no se nos muera tantas veces como Fidel. Pues lo malo es que reaparece otras tantas. Cada reaparición devolviéndole el control de la narrativa, aunque sea por unos días. Un efecto de invulnerabilidad que causa una inconveniente distracción.
Tras el rumor de que se había marchado al verdadero Punto Cero, Raúl se mostró el sábado 5 de septiembre para la celebración del sexagésimo quinto aniversario de la Dirección de Seguridad Personal. Era pertinente que la fecha, hasta ahora despachada sin fanfarria, cobrara un mayor relieve. Este es el cuerpo que garantiza la supervivencia de la elite. Los primeros en poner el muerto en caso de ruptura interna, asalto popular o extracción trumpista.
También era adecuado elevar la moral de unos hombres que son testigos mudos pero no indolentes de las corrupciones, relaciones íntimas, terrores y, ¿por qué no?, virtudes de los principales líderes. En su mayoría de origen humilde, sus moderados privilegios y el vicario prestigio que les concede el uniforme y la cercanía al poder deben oscilar constantemente en la balanza contra la degradante experiencia diaria de sus familiares y conocidos. Cuando la cohesión ya no depende tanto de la fidelidad ideológica como de la fidelidad transaccional, ¿quién puede asegurar que el fiel guardián de ayer no sea el tiranicida de mañana?
El reconocimiento a los 32 militares fulminantemente abatidos durante la operación para extraer a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, con la presencia de sus seres queridos, moderó de alguna manera la bravucona, anticipatoria convicción de vencer al invasor. Me pregunto si a los jefes del MININT no les habrá pasado por la cabeza que la pretensión de toda exaltación heroica de esa jornada caraqueña favorece la fama de la capacidad de fuego norteamericana.
Imposible ignorar la parte cultural de la celebración. Silvio anda de gira por España, con la oportuna kufiya palestina sobre sus hombros, en su función de viuda de Fidel, aunque un tanto mosqueado porque le dieron, como a los niños, un AKM de palo. Sabemos, de igual modo, que la disposición combativa ha mermado entre la clase artística. Hace décadas que el oficialismo perdió el fervor utópico. Entre la frivolidad y la propaganda, solo produce repetición, ruido, vulgaridad, vacío. Sin embargo, la oferta de esa noche nos hizo extrañar a Sara González, Amaury Pérez, Vicente Feliú, Noel Nicola, aquellos tiempos en que la profesionalización de la adulación aspiraba (con irregular éxito) a una apariencia de lo profesional. Lo que vimos fue la expresión de la decrepitud en el esperpento, el tipo de espectáculo que en los años 80, por ejemplo, solo podía encontrarse en los grupos artísticos de Mazorra.
Por lo demás, a sus 95 años, quizás Raúl no se nos pueda seguir muriendo de mentiritas. Los comunistas son proclives a estas coreografías de Ave Fénix. Stalin es el gran maestro del género que, en efecto, transpira una perfidia caucasiana. Su más famoso numerito fue la Ausencia de Otoño de 1945, cuando llegó a faltar a la sacrosanta parada por la Revolución de Octubre. Ya lo creían cadáver cuando salió asoleado y purgativo de su dacha de Sochi. De Mao dijeron que se había suicidado (no hay ñángara que se suicide en el poder) tras el fracaso del Gran Salto Adelante en 1966. Reapareció nadando el Yangtze por una hora para lanzar la Revolución Cultural. Jiang Zemin nos metió sendos cuentos chinos en 2011 y 2017. Desde 1956, los tres Kim de Corea del Norte han vuelto sucesivamente del más allá a lomos del mítico corcel Chollima, que vuela 400 kilómetros por día, el rango aproximado de una cigüeña.
A Fidel lo dieron por muerto, a su pesar, luego del asalto al Moncada en 1953 y del desembarco del Granma en 1956: dos fracasos que la Providencia regaló a los cubanos sin que supiéramos aprovecharlos. Entre los muchos rumores de las décadas de 1960 y 1970 se dijo que había sido asesinado por el propio Raúl en unos términos evocadores (entonces Cuba era más culta) del desenlace de la leyenda de Rómulo y Remo. Fecha indeterminada entre los 80 y los 90 apuntaba a un disparo, sin duda mal apuntado, de un escolta del Comandante de la Revolución Juan Almeida. En 1994 se le atribuyó deceso por un accidente cerebro vascular. Al regreso de su visita a Argentina en 2006, le dieron temporalmente de baja por una cirugía intestinal de emergencia que muchos atribuyeron a una incómoda pregunta del periodista Juan Manuel Cao. A partir de entonces, convertido en su más hilarante caricatura, se sucedería un caudal de especulaciones que las circunstancias hicieron creíble, al punto de que por tres veces decenas de miles de gusanos llegamos a celebrar su partida en el Versailles.
La rumorología ha descuidado a Raúl. En octubre de 1959, durante la búsqueda de Camilo Cienfuegos se le dio por desaparecido durante unas horas. Curiosamente, coincidió con el fake news de que Camilo había sido hallado. Algo que Fidel salió a desmentir, como enfatizaba Hubert Matos, con la contundencia propia de quien supiera que Camilo no iba a aparecer jamás.
Siempre me ha extrañado que a Raúl no le hubiera tocado ni un solo atentado de la mitología castrista. La crónica de la superación de los grandes peligros parece estar reservada al máximo líder. Las bolas sobre la salud del segundón tienen un cariz mundano. Se dice que ha sacrificado más de un hígado en el altar del alcohol. En estos días le han achacado sordera y unas baladíes piedras de riñón. Nada que suscite un frenesí mediático sobre secretas visitas de especialistas extranjeros, cirugías experimentales, nocturnos desplazamientos de tropas ni el clásico «e’tate quieto» a los opositores.
Con un mórbido giro, este rumor espontáneo o diseñado viene a ratificar la tardía y terminal preeminencia de un hombre apagado bajo una monstruosa sombra. Suya es la biografía de un perpetuo papel secundario. Por no compartirle la trascendencia simbólica de Fidel hasta se le ha escatimado su extraordinaria dimensión como asesino. El indiscutible protagonismo le llegará en el acto final, cuando su muerte abra paso (si no desperdiciamos también esa oportunidad) a la resurrección de Cuba.
