Chitty La Roche: ¡Lo importante es la gente, estúpidos!

“Que no te amen es una simple desgracia; la verdadera desgracia es no saber amar”. — Albert Camus
“Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”. — Emiliano Zapata
“La única verdad es la realidad”. — Juan Domingo Perón (nota: la frase célebre atribuida popularmente a la política hispana se debe a Perón, aunque bebe del realismo filosófico)
Conversábamos algunos amigos con experiencia política y en diversos escenarios ciudadanos cuando surgió una interrogante: ¿Qué te llama más la atención de los intercambios y de las reacciones de la gente actualmente? Uno de ellos respondió tajante: “Los relatos de la gente, la narrativa que se oye de ellos sobre su vida, las cosas de todos los días; me sugieren, a veces, más escuchar que decir…”.
Claro que el dirigente también está allí para compartir y explicar su pensamiento y su perspectiva; pero, ciertamente, creo que captó que lo útil de estos encuentros consiste en comunicarse con la gente, con la presentación de sus vidas y su sencilla existencia, su rutina y su día a día. Allí se anida la verdad del sufrimiento, la inconformidad, las frustraciones, los deseos, las aspiraciones y los sentimientos.
James Carville, el asesor político y estratega electoral detrás de la exitosa campaña de Clinton en 1992, colgó carteles a modo de guion a las puertas del comando de campaña. En uno de ellos se leía: “Es la economía, estúpido”, para hacerle ver al candidato que en ese aspecto radicaba la decisión electoral. Tuvo razón, a pesar de la popularidad y el éxito en política exterior del presidente Bush padre, candidato a la reelección y perdedor a la postre.
En realidad, la interrogante comentada viene a colación con motivo del examen que hacemos de las encuestas, sondeos y estudios de opinión —reveladores y con base científica—, los cuales no deben prescindir del activismo político de calle que logra, cual correa de transmisión, llevar un mensaje y recibirlo también en directo.
Centrados en ese asunto, tuvo lugar un intercambio para intentar precisar los problemas que más turban el espíritu del ciudadano común, el de a pie. Como era de esperarse, se comenzó por el costo de la vida, el precio del dólar y la completa desvalorización de los salarios. En efecto, la canasta alimentaria cada día se distancia más del precio que el sistema económico paga por el trabajo, lo que conduce al deterioro constante de la calidad de vida y a la erosión de la clase media.
Por otro lado, la precarización del trabajo y del salario se convierte en un disuasivo para los jóvenes, quienes desisten de ingresar a las universidades para cursar una carrera dado que ello no les asegura movilidad social ni progreso. Carentes de alicientes suficientes para emprender un programa de formación, tenemos a cientos de miles que, sin preparación, tocan cada año las puertas del mercado laboral informal, buscando allí lo que no les ofrece la economía formal. La proyección nos muestra vulnerables y agudiza la inconformidad y el rencor.
Empero, no es lo único ni mucho menos lo que se hace presente al compartir con la gente. En varios casos destacan dos elementos principales: el primero es la retrospectiva individual sobre el hijo que emigró o sobre cuánto y cómo le afectó alguna decisión, actuación u omisión del gobierno o de los órganos del poder público; resalta la injusticia de una justicia viciada o el abuso que los privó de lo que consideraban suyo por derecho. En segundo lugar, la carencia de expectativas razonables se traduce en una falencia severa: no vislumbrar porvenir.
Los servicios públicos son una tortura omnipresente que en el interior del país exhibe fallas constantes y desgastantes. Apagones de 12 horas en capitales de estado y semanas sin agua son el pan nuestro de cada día; se constituyen en causa de malestar, incomodidad y desazón, especialmente porque la situación no mejora, sino que empeora.
Revisé la prensa, titulares, noticieros y redes, y advertí que buena parte de las noticias se refieren a temas de gran envergadura, como el acuerdo petrolero discutido con EE. UU. —que acaparó mucho centimetraje—, el destino de los recursos retenidos por el negocio petrolero desde el pasado 3 de enero, o si a los protectores norteamericanos les parece oportuno permitir elecciones para que los ciudadanos decidamos nuestras autoridades y recuperemos el control institucional.
Todo eso es sustancial; sin embargo, se examina y se menciona poco lo que concierne a la gente en su quehacer permanente. Ello no está en la agenda del poder local ni en la del hegemon externo, por lo que se hace muy poco para asistir a las personas en sus dificultades diarias: la educación de sus hijos, el transporte, el costo casi impagable de los inmuebles (tanto en venta como en alquiler) o la atención médico-quirúrgica familiar. Caer enfermo e ir a parar a un hospital que solo cuenta con la eventual buena voluntad del personal sanitario es realmente catastrófico.
Alguien recordó una frase para señalar al segmento de los favorecidos de la oligarquía cívico-militar que ha gobernado el país y sigue haciéndolo: a esa élite ostentosa, lujosa y displicente no le falta nada y lo tiene todo. La realidad apunta a que existen marcadas desigualdades entre quienes pueden pagar una costosa existencia para sí y sus familias —obteniendo lo que desean, cueste lo que cueste— y el resto del país. La frase, de Salvador Dalí, es frívola y sarcástica: “La buena vida es cara; hay otra más barata, pero no es vida”.
En suma, la economía y las desigualdades marcan el rostro del venezolano, y es allí donde resulta menester trabajar en el período que hemos de emprender al superar este bache de 27 años de degradación institucional y social.
La paz y la estabilidad tienen que fraguarse; no basta con desearlas ni decretarlas. Son estadios a los que se llega paulatinamente. Por eso, escuchar que mantener al grupo gobernante en el poder tiene como objetivo la estabilidad resulta incongruente con los señalamientos sobre la falta de eficiencia y honestidad en la gestión pública, factores que arrastraron a Venezuela a los peores índices de desarrollo humano y nos remontan a los niveles de las primeras décadas del siglo XX.
Ya decía en clase el profesor Germán Carrera Damas que las revoluciones, como las procesiones, son una vuelta que siempre termina regresando al pasado.
Nelson Chitty La Roche, nchittylaroche@gmail.com, @nchittylaroche
