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Villasmil: Distraer, no gobernar

Antipolítica al gusto de Sánchez, por Jorge Vilches

 

La frase «gobernar es distraer» ha sido atribuida a personajes históricos “modelo Maquiavelo” o similares, a políticos muy avispados, o más recientemente a consultores políticos de esos que no dejan respirar a sus clientes-candidatos sin antes deconstruir (palabreja de moda en esos gremios analíticos) la última encuesta.

La expresión da a entender que usted (presidente, primer ministro, gobernador, etc.) se mantiene en el poder desviando la atención pública de los problemas reales, estructurales, fundamentales (como la corrupción del Gobierno, o una crisis económica) hacia cosas triviales o enemigos externos -siempre favoritos, aunque no fáciles de conseguir-.

Aquí están tres ejemplos, fácilmente recordables, más icónicos y prácticos de esta táctica en la historia:

  1. El «Pan y Circo» (Panem et Circenses) – en la Roma Antigua

Este es el ejemplo fundacional de la distracción como política de Estado. Durante el Imperio Romano, los emperadores se dieron cuenta de que una población hambrienta y desempleada era propensa a la revuelta.

La distracción: El Estado proporcionaba grano gratuito (trigo) y organizaba juegos masivos de gladiadores, carreras de carros y persecuciones de alborotadores y enemigos del Estado (los cristianos fueron carne de cañón favorita en este tipo de distracciones).

El objetivo: Mientras la plebe estaba absorta en la violencia del Coliseo, ignoraba la pérdida de sus derechos políticos y la creciente autocracia del emperador.

  1. “La Guerra de las Malvinas” o de las “Falkland” según el cristal con el que se evalúe; esta última denominación es la de los ganadores del asunto bélico, los británicos (1982). Fue un encontronazo entre Argentina v. Reino Unido.

La dictadura militar argentina enfrentaba una crisis económica galopante y una presión social asfixiante por las violaciones a los derechos humanos.

La distracción: El general Leopoldo Galtieri, jefe por ese entonces del grupo militar que controlaba el poder, lanzó una invasión para recuperar las Islas Malvinas.

El objetivo: Unir a la nación bajo un sentimiento nacionalista ferviente. Durante unas semanas, la población olvidó la inflación y la represión para vitorear a la junta en la Plaza de Mayo. La derrota militar, sin embargo, terminó por colapsar el régimen.

3. El Incendio del Reichstag (1933) – Alemania

Cuando los nazis llegaron al poder, necesitaban consolidar su control absoluto y eliminar la oposición.

La distracción/Manipulación: Tras el incendio del edificio del parlamento, el gobierno señaló inmediatamente a un «enemigo interno«: los comunistas.

El objetivo: Generar un estado de pánico y distracción nacional que permitiera aprobar el Decreto del Incendio del Reichstag, suspendiendo las libertades civiles. La gente estaba tan asustada por la «amenaza roja» que no notó cómo se desmantelaba la democracia.

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Para que la distracción funcione, los gobiernos solían utilizar tres herramientas principales:

El Enemigo Externo: Crear un conflicto con otro país para fomentar la unidad nacional; asimismo, crear disputas territoriales repentinas.

El Chivo Expiatorio: Culpar a un grupo minoritario o a la oposición de los males que aquejan a la nación, especialmente los económicos.

También eran muy utilizados los discursos y arengas encendidas contra la inmigración en tiempos de crisis.

El Evento Espectáculo:  Utilizar grandes eventos deportivos o celebraciones para tapar leyes impopulares.         Aprobación de reformas fiscales durante un Mundial de Fútbol.

Aquí, una vez más, entra en escena la dictadura militar argentina ya mencionada, esta vez dirigida por otro general, Jorge Rafael Videla. En la celebración del Mundial de Fútbol de 1978 se gastaron $700 millones. La selección local ganó con méritos -la mayoría propios- el torneo; sin embargo, no se puede olvidar que mientras se celebraba el torneo, a pocos metros del estadio Monumental funcionaba un centro clandestino de detención en la ESMA.

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¿Y en estos tiempos de inteligencias más artificiales que humanas, la llamada “era digital”, cómo va la cosa?

En ella la distracción ya no requiere grandes eventos; a veces basta con una declaración polémica en redes sociales para que los medios y la ciudadanía pasen días discutiendo un tema irrelevante mientras los políticos de siempre firman decretos trascendentales en la sombra.

Alborota el asunto, como si fuera poco, la creciente presencia de los llamados “influencers” -palabra que sirve para describir a cualquier zamuro analítico que no ha ido más allá de la audacia de poseer un micrófono junto a un canal en YouTube, o en Tik Tok, o…etc.- para pontificar, dogmatizar, sermonear, aleccionar y finalmente sentenciar sobre cualquier tema que se le haya ocurrido al susodicho influencer en su particular sesera, o en su impertérrito cerebelo.

¿Existe algún gobierno que no defina sus políticas públicas al son de un algoritmo?

El gringo Steve Bannon (otrora cercano al actual presidente gringo) describió esta estrategia como «inundar la zona de mierda».

La idea es que de las alcantarillas provenientes del palacio de gobierno fluya todo tipo de iniciativas, anuncios, campañas con bombos y platillos, ataques sostenidos al rival, discursos destinados solamente a excretar insultos, cuya única función es enloquecer a las instituciones (la prensa es la favorita), encargadas de fiscalizar al poder.

OJO: los gobiernos autoritarios y populistas ya ni siquiera buscan “controlar” la agenda, sino trastornarla. Los políticos son meros participantes del mayor “reality show en cada país.

La política se ha convertido fundamentalmente en entretenimiento. El ciudadano-votante juzga la «personalidad» o el «carisma» del político en TikTok, sin que le importe mucho su historial de votación o su eficiencia administrativa.

Los gobiernos actuales han aprendido que la ira es la distracción más eficiente, por ello promueven la “indignación por diseño”.

Un objetivo final: que la gente no piense; solo sienta, experimente, sufra, padezca o perciba todo aquello que convenga a la agenda del caudillo populista.

En todo ello, un maestro sin igual ha sido el español Pedro Sánchez.

En conclusión: La distracción posmoderna no busca que mires a otro lado, sino que mires tantos lados a la vez que no puedas enfocarte en ninguno. Como  dicen algunos gurúes en comunicación política: «Si no puedes convencerlos, confúndelos».

Y esto ocurre sin que prestemos demasiada atención, porque lo único que se requiere es poseer un algoritmo bien amaestrado y entrenado para controlar nuestra vida.

 

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