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María José Solano: Trenes rigurosamente vigilados

Esto de convertirme en «testiga pasiva» de los problemas de desconocidos me parece un retroceso histórico

Renfe confirma una triste realidad de los trenes en España: ya ven  imposible ser puntuales

 

Podría hablarle a usted de los retrasos del AVE, que siguen ocurriendo. O contarle la aventura fronteriza que supone viajar a Málaga y enlazar después con el autobús-lanzadera: ese momento en que uno baja del tren con la mirada perdida y el café atravesado en el alma, mientras el conductor del autocar espera a los viajeros a los pies de la serranía, como Luis Candelas aguardaba con el trabuco a las diligencias. Pero no. Hoy quiero contarles sobre la verdadera derrota de Occidente: la gente que habla por el móvil en altavoz dentro del tren. Me ocurrió el otro día durante ese trayecto Málaga–Madrid. Bueno: Málaga, autobús, Antequera-Santa Ana, autobús, AVE, purgatorio y finalmente Madrid. Una señora situada en el asiento de detrás decidió mantener durante cuatro horas una conversación con su representante «Cariño, pero dile que por menos de 8.000 yo no voy». «Pues aprieta porque Marbella está fatal este verano». Todo el vagón escuchando. El señor del asiento 12 tomando partido mentalmente en la negociación. La pareja del fondo apuntando las fechas del bolo. Y yo intentando leer a Juvenal mientras sentía que la civilización romana había caído otra vez. Por culpa de Vodafone.

Cuando Renfe aún tenía dignidad, te daban auriculares al subir. Ahora, si quieres unos, tienes que recorrer medio convoy hasta el vagón cafetería, donde la azafata-revisora-camarera, la pobre, suele responderte que no los han subido. Vale –le dices– Pues deme dos ‘baguettes’ y me las meto en las orejas. Pero cada ‘baguette’ cuesta ya 17 euros con bebida. Y no están las nóminas como para introducirse bocadillos ibéricos en el cráneo.

Lo peor es cuando regresas a tu asiento mirando alrededor en busca de solidaridad y solo encuentras indiferencia. Han claudicado. O llevan auriculares con batería nuclear. Le juro a usted que prefiero el humo del tabaco. Lo digo en serio. Fui fumadora pasiva durante años y sobreviví dignamente. Pero esto de convertirme en «testiga pasiva» de los problemas de desconocidos me parece un retroceso histórico. El fumador, al menos, tenía la cortesía de matarte en silencio. El del altavoz impone, además tu participación emocional.

 

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