Perkins Rocha: Normalizar el mal puede retrasar la transición hacia la democracia
El asesor jurídico del partido político de María Corina Machado expresó que enfrenta un nivel de ansiedad y de angustia que nunca experimentó en la oscuridad de El Helicoide, donde estuvo recluido durante más de un año. Ahora cumple arresto domiciliario, porta un grillete electrónico en el pie derecho y permanece bajo la constante vigilancia de la Policía Nacional Bolivariana. Salió de prisión, afirmó, gracias al gobierno de Estados Unidos

Perkins Rocha aseguró que si hubiese voluntad política sería posible realizar elecciones generales en el corto plazo en Venezuela | Foto: Abraham Tovar / El Nacional
Perkins Rocha estuvo 535 días en El Helicoide tras su violenta detención el 27 de agosto de 2024 en el desolado estacionamiento de un Farmatodo en Caracas. Ahora cumple arresto domiciliario, porta un grillete electrónico en el pie derecho y permanece bajo vigilancia constante de funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana, que se encuentran en la entrada de su apartamento.
El abogado recuerda la fuerza con la que los funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional lo arrestaron y confiesa que sintió temor. Pensó que nadie se había dado cuenta de su captura y que su familia creería que había desaparecido o escondido en medio de la intensa persecución que el entonces gobierno de Nicolás Maduro desató tras el fraude electoral del 28 de julio de ese año. En su mente, narró, aún resuena el sonido de las esposas que le pusieron.
En esa cárcel, considerada el centro de torturas más grande de Latinoamérica, el jefe del comando que lo arrestó le aplicó tortura psicológica, proporcionándole información detallada sobre los movimientos de su esposa, María Constanza Cipriani, para obligarlo a entregar las llaves de su apartamento y la clave de su teléfono. Rocha, cercano a María Corina Machado y a Edmundo González, accedió y, a pesar de las promesas de sus captores de no tocar sus pertenencias ni causar daños en su hogar, descubrió más de un año después que su vivienda había sido destrozada y saqueada.
“Creía que nadie se había enterado. Sin embargo, se enteró todo el mundo y eso me devolvió el alma al cuerpo. Uno no sabe cuál es su destino. Es una guerra psicológica y siento que, comparado con otros compañeros, fui privilegiado. Me acompañó la suerte. Otros sí fueron maltratados, vi cosas feas y supe de cosas peores, sobre todo por los sitios donde ocurrieron”, manifestó a El Nacional.
Rocha explicó que, antes de trasladar a los presos políticos a El Helicoide, los agentes suelen llevarlos a supuestas casas de tortura en zonas como Santa Mónica y La Castellana con el fin de obtener información durante las primeras horas de detención. En su caso, señaló, esto no ocurrió pero sí comprendió luego por qué los custodios le pedían que se calmara: lo estaban llevando directamente a la sede del Sebin y no a esos centros.
“La investigación me la hicieron en una de las tantas oficinas que hay en el edificio. Allí permanecí esposado los primeros días. Al tercer día me quitaron las esposas. Pero esposado dormía y esposado me mantenían. No me pusieron capucha y veía cómo construían los expedientes con falsedades”, expresó.
“Estaba en un espacio un poquito más ‘cómodo’, que en realidad era una oficina horrible, la más sucia que pueda existir. Allí mismo dormía. Los primeros días escuchaba ruidos en la noche: eran ratas que se metían en la basura. Los muchachos (los custodios) duermen allí en el suelo sobre unas colchonetas y los rotan cada 72 horas. Allí construyen la documentación que los fiscales leen en la supuesta audiencia de presentación, los hechos por los cuales supuestamente te arrestaron”, relató.
“Esto es una cárcel cómoda y yo no quiero ser un hombre encarcelado”
Perkins Rocha afirmó que, aún en su casa y en compañía de su esposa, enfrenta niveles de ansiedad y de angustia que nunca experimentó “en la oscuridad” de El Helicoide.
“Deben de estar probablemente analizando qué hacen conmigo, y tomo este riesgo porque, para estar guindando, es preferible caer. Anímicamente sé a qué me expongo, pero esto puede durar mucho tiempo y es como la anécdota de la rana en el agua tibia, que poco a poco le vas aumentando la temperatura y no se da cuenta de que la están matando”, expresó.

Si esta situación se alarga mucho, insistió, puede ser incluso peor para su estabilidad física y mental porque, explicó, no hay nada peor que “normalizar el mal”.
“El mal se enfrenta, en cambio, en la normalidad del mal tú no captas bien en qué terreno estás y entonces empiezas a aceptar cosas que no deberías, y al final, esas cosas que aceptas creyendo que son buenas, y que en el fondo son muy malas, son las que terminan lacerando tu alma y tu espíritu, y uno se convierte en una especie de bacteria que lo único que necesita es sol y energía mínima para poder existir. La vida resistiendo en la oscuridad de un espacio limitado es el hombre asumiendo con dignidad y fortaleza la situación apremiante y enfrentándola, pero esta situación de término medio no es vida. Esto es una cárcel cómoda y yo no quiero ser un hombre encarcelado”, dijo.
—Para que la transición hacia la democracia se concrete, se requiere un proceso que podría ser largo: cambios en el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, la revisión del Registro Electoral, el eventual regreso de María Corina Machado a Venezuela, la convocatoria de elecciones, entre otras cosas. ¿Estos pasos se pueden realizar en poco tiempo?
—Todos los cambios institucionales pueden hacerse de manera abreviada si hubiese voluntad y la justificación para hacerlo es la excepcionalidad que estamos viviendo. Todo pasa por respetar la verdad. La verdad nos indica que no estamos viviendo un momento normal. La verdad nos indica que fue extraído alguien que ocupaba un puesto importante para el destino de un país, para bien o para mal. Esa persona, que era el símbolo de una forma de hacer las cosas y de asumirlas, fue extraída absolutamente y está, hoy por hoy, siendo enjuiciada en un tribunal de otro país, y toda su estructura lo acepta. Toda su estructura acepta que esa circunstancia está pasando, más allá de las consignas de que lo devuelvan y que ya se están diluyendo. La estructura administrativa que está tratando de negociar –lícitamente o ilícitamente– pareciera que tácita e inertemente acepta la circunstancia de que la cabeza de lo que en el pasado fue esa estructura haya sido extraída.
En consecuencia, si esa misma estructura es presionada para que se logren los cambios estructurales e institucionales que deben garantizar mínimas condiciones para un llamado a elecciones generales, que es lo que creo que se debe hacer, eso podría perfectamente hacerse en un corto plazo. Y la voluntad del ciudadano, que es lo más importante, la voluntad del hombre de calle que permanece incólume desde el 28 de julio de 2024, se va a expresar nuevamente y va a ratificar eso y pasaríamos a otra etapa.
¿Qué es lo que hace falta en este momento? Respetar la verdad. Y la verdad es que lo que tenemos enfrente no es orgánica, estructural ni institucionalmente un país en los términos que constitucionalmente podemos hablar de una nación, y necesitamos recuperarla. De tal forma que si se hace de una manera abreviada, entendiendo que la excepcionalidad que estamos viviendo lo justifica, pudieran perfectamente lograrse esas condiciones mínimas. ¿Qué atenta contra eso? Una sensación de normalidad que se está extendiendo en ciertos sectores. Hay quienes dicen que las cosas están tranquilas y asumen a la vicepresidenta en funciones presidenciales interinas como quien está llamada a ocupar ese espacio, siendo que constitucionalmente pasó la oportunidad; a ella nadie la eligió ni ha elegido a toda su estructura administrativa.
Si empezamos a normalizar esa circunstancia, el momento de las elecciones empieza a extenderse. Se trata entonces de que, entre dos hechos absolutamente irreversibles e inexorables –irreversible, la extracción de la cabeza que está siendo enjuiciada y que no va a volver, y el desarrollo de unas elecciones que de manera inexorable van a ocurrir–, se acorte el llamado a elecciones. Y eso depende de lo que está en el medio, que es la nación, el pueblo, los ciudadanos, convencidos de que están capacitados para, otra vez, confirmar lo que significó el 28 de julio; incluso, yo creo que en mayor grado. Si antes no había personas convencidas, a pesar de lo apabullante que fue, hoy por hoy lo son más. Es más, no se puede pensar en un proceso electoral que no incorpore a los 8 o 9 millones de venezolanos que están en el exterior, de los cuales como mínimo votan 3 millones de ellos. Ellos tienen derecho a expresarse porque fueron expulsados de su país. De hecho, las condiciones sociales, políticas y policiales del país los expulsaron y tienen derecho también a expresar libremente su voluntad política y a volver al país.
—Se ha dicho que hay que tener fe y confianza. Ese miedo o esa ansiedad que siente, ¿se debe a que duda de que efectivamente se concrete la transición en Venezuela?
—Has dicho una palabra clave: confianza. Y creo que fue lo que se generó el 28 de julio de 2024. Se generó un vínculo distinto entre quien hacía una oferta política electoral y el ciudadano. Y ese nuevo vínculo hecho sobre una propuesta política distinta creó una dinámica de exaltación de un espíritu ciudadano que nunca lo habíamos tenido en la historia política contemporánea. Se manifestaba en llanto, se manifestaba en alegría, en esperanza. Se creó un vínculo político con ocasión del 28 de julio de 2024 que generó confianza, cosa que se había perdido. Se había perdido confianza en el dirigente; se había perdido la confianza entre el ciudadano y quien ocupaba un cargo de representación. Creo que eso permanece incólume, absolutamente incólume, y creo que hay razones teóricas para entender que todo el tiempo que ha mediado desde el 28 de julio de 2024 hasta el presente ha acrecentado la sensación y el sentimiento de esperanza y de cambio.
Ese sentimiento de esperanza y cambio hay que reconducirlo por caminos institucionales. Si le ponemos obstáculos va a haber un dique que pudiera estallar. A ese dique hay que abrirle las compuertas para que la presión baje; lo económico, sobre todo en este momento. La incapacidad de dar respuestas económicas a la vida social del venezolano está generando un nivel de angustia in crescendo que, si no se le da una compuerta política para que se desahogue, va a crearse otra vez una situación de conflictividad que no van a ser capaces de contener las pretendidas autoridades que en este momento quieren normalizar esta situación.

—Quisiera insistir: ¿duda de que pueda haber una transición democrática en Venezuela?
—Lo que quiero destacar es que, más allá de la voluntad de los sectores que pretenden normalizar la situación excepcional que hoy vivimos, más allá de su voluntad de obstaculizar el cambio político que todos estamos pidiendo, ese cambio político va a llegar en la medida en que haya el convencimiento de los ciudadanos de que se debe dar. Es decir, es evidente que quienes hoy tienen el estatus político, el control del hecho político, los que están administrando bajo el tutelaje norteamericano la sociedad venezolana, tienen la voluntad de retrasar ese cambio político. Pero no es ahí donde tenemos que enfocar nuestra atención, en la voluntad de ellos, porque la voluntad de ellos ya está expresada y velada; es decir, ya sabemos que ellos quieren quedarse y que esto “amorfo” les conviene mantenerlo. La pregunta es: ¿qué podemos hacer los ciudadanos? No normalizarlo y entender que, en la medida en que haya un clima de agitación ciudadana, de exigencias constitucionales a lo que significa tener un gobierno libre, democrático y electo por nosotros; en la medida en que subamos la intensidad de ese reclamo y exijamos ver lo que está ocurriendo con la verdad y no con la mentira institucional, que tenemos un vacío de poder, de que pasaron más de 90 días y todavía no se ha declarado una falta absoluta; de que no se está cumpliendo con el pacto político que debería regirnos y regularnos en medio de este vacío, si no acudimos al pacto constitucional, entonces, ¿cuál es la guía que va a normar nuestros derechos civiles? ¿Cómo comportarnos? ¿Qué está prohibido y qué está permitido?
Imagínate el caos que significa no saber cuál es la verdad y cuál es la mentira; cuál es la certeza y qué es lo correcto o incorrecto. Lo único que podemos hacer para empezar a corregir esto es guiarnos por algo que nos una a todos los venezolanos: a los que queremos un cambio y a los que lo adversan. Y si no establecemos un pacto de respeto al pacto político constitucional, no tenemos nada que nos una. Nosotros, que no hemos provocado ese pacto político porque no fue parte de nuestra creación social, ciudadana e intelectual, sino que fue un pacto impuesto en un momento dado en el año 1999, pero que lo aceptamos por ser una racionalidad política; aceptamos eso como un papel de trabajo ciudadano para cumplir con una creación de instituciones; nosotros, que somos adversos a esa Constitución porque la queremos cambiar, mejorar y darle un contenido legítimo, estamos dispuestos a aceptarla en este momento y quienes la incumplen son precisamente los que en un pasado fueron los promotores de ella. Llama la atención eso. Pero si entendemos que los que estamos de este lado somos mayoría, y que la mayoría tenemos que conducirla seria y racionalmente, podemos presionar institucionalmente a que ese pacto se cumpla y a exigir lo que tenemos que exigir: que cese el vacío de poder. Porque lo que hoy hay es una administración tutelada. Una administración no es poder; una administración es gobierno, pero no es poder legítimo.
En definitiva, queremos un poder público legítimo y la única manera de llegar a él es a través de unas elecciones. Lo contrario es mantener una administración tutelada que puede gobernarnos hasta que haya un conflicto y no pueda haber respuestas institucionales porque se apartaron del texto constitucional. Se impone, en consecuencia, normalizar institucionalmente trayendo la verdad al tapete y diciendo que hay un vacío absoluto porque ya pasó una ausencia temporal y no se ha llamado a elecciones. Es necesario ponerle un término, establecer un cronograma electoral y decirle al venezolano: hasta aquí dura esta administración tutelada y a partir de ahora viene un proceso de reinstitucionalización. Y eso solo es posible con el llamado del soberano a las elecciones.
—Entendemos que de parte de la “administración tutelada” esa intención no existe.
—Si existiera, las cosas serían distintas. Si existiera, el mismo 3 de enero se hubiese declarado por el Poder Legislativo –que es el que constitucionalmente ha debido hacerlo, no el Poder Judicial, porque eso no es competencia del Poder Judicial–. Tan no es competencia que la sentencia que se dictó ese día por la Sala Constitucional es de oficio; es decir, nadie se lo pidió. Y nadie se lo pidió porque no había razones para pedírselo al Poder Judicial. Al Poder Judicial vas cuando hay conflicto, no vas a buscar certezas de la normalidad. Era el Poder Legislativo el que ha debido haberlo hecho y no lo hizo porque los factores a los que les conviene mantener esta administración tutelada no hicieron lo posible o, en todo caso, obstaculizaron el que el Parlamento se reuniera ese día o a los cinco días siguientes para declarar la falta temporal o la falta absoluta.
Si hubiese declarado la falta temporal –que era algo así como lo que insinuó el Poder Judicial, que nunca llegó a declarar falta temporal sino que habló de una “ausencia forzada”, término que no existe constitucionalmente, que fue un calificativo hecho simplemente por una razón política por el Poder Judicial, pero no por una razón constitucional– no hubiese ocurrido eso. Hubiese ocurrido la declaratoria del Parlamento de la falta temporal; luego, pasados los 90 días, pudo haber ocurrido una prórroga si se solicitaba antes de que venciera la falta temporal y, luego al cabo de esa única prórroga, un llamado a elecciones. Eso es lo que estamos pidiendo: un llamado a elecciones.
—Se habla de nuevos comicios, pero no del regreso de Edmundo González a Venezuela para asumir el poder y, entre todo esto, pareciera que el proceso se estancó nuevamente. ¿El eventual regreso de María Corina Machado ayudaría a destrancar esta situación?
—La presencia de María Corina Machado, dentro o fuera del país, es un agente catalizador de un proceso político. Su voz acelera o desacelera los procesos políticos que estén ocurriendo en Venezuela. Su presencia física debiera marcar un hito; traerla antes de que ciertas condiciones se den podría significar que ella se desfigure, o que pierda parte de su auctoritas que hoy por hoy tiene en Venezuela. A algunos no les gustará, pero nadie puede discutir que ella tiene la suficiente auctoritas para marcar la velocidad de los cambios institucionales que se requieren en el país. Su voz, pero sobre todo su presencia, puede marcar el hito definitivo del cambio entre el antes y el después. Se trata también de los ciudadanos. Debemos preguntarnos si queremos seguir con esta forma de ciudadanía de esperar todo de nuestros líderes y no provocar los procesos que ameritamos que se den.
Es muy fácil darle toda la responsabilidad a María Corina Machado y esperar que sea ella la que venga y nos diga qué hacer. Le pregunto a las instituciones que todavía quedan –al alma de algunas instituciones privadas, sobre todo universidades, gremios, sociedades de vecinos–: ¿Vamos a esperar poner nuevamente toda la responsabilidad en una sola persona y nosotros no vamos a provocar los cambios? ¿No somos nosotros los que debemos crear esas condiciones para que ella venga y nos acompañe en el hito definitivo de transformar, de “cortar la cinta” y pasar de una situación absolutamente inerte a un cambio preinstitucional para unas elecciones definitivas? Es decir, ¿por qué le ponemos esta responsabilidad exclusivamente a ella, quien nos ha dicho hasta ahora que somos nosotros, la sociedad civil, los que debemos tomar la conducción de nuestro país? Mi problema no es si entra en un mes o dos meses, mi problema es cuánto hemos esperado nosotros para cambiar, cuánto más tenemos que esperar para entender que los cambios son ciudadanos, no solo de un líder.
Si realmente queremos que sea ella la que venga para acelerar este proceso, pensemos en lo que ella y su grupo han dicho hasta ahora: la solución la tenemos nosotros. Nosotros montamos una primaria en el 2023 para escoger un nuevo liderazgo y lejos de lo que creía un sector político, que era un nuevo liderazgo lo que había que crear y no unas elecciones presidenciales, lo transformamos y lo convertimos en una primaria para unas presidenciales, y aceptamos hacerlo. Pero lo que queríamos transmitir era que es el ciudadano el que nuevamente tiene que ser llamado a escoger su destino y no esperar que venga un liderazgo a decirnos otra vez qué es lo que debemos hacer. Ese liderazgo ya nos dio una tarea: entender que debemos conducir el país para crear las condiciones sociales de ciudadanía necesarias para un proceso electoral; por un cambio donde se pase de este vacío de poder a una reinstitucionalización previa a una transición para poder tener elecciones.
Entonces, la pregunta que yo hago es: ¿creamos ya las condiciones ciudadanas?, ¿estamos ya a un nivel de credibilidad donde el terreno esté fértil y preparado para que ella venga y dé el paso final? ¿O nos hace falta todavía madurar y reflexionar para que eso ocurra y su tarea sea menos difícil?

—Usted, que ha sido cercano a María Corina Machado, ¿ha tenido oportunidad de conversar con ella durante este tiempo en casa? ¿Qué le ha comentado y de qué manera le ha planteado propuestas para contribuir, desde su posición, al proceso de redemocratización del país?
—Todos los que hemos salido de prisión, desde el primer día, los que han salido libres, yo no he podido hacerlo porque no salí en esas condiciones, pero todos los que han salido de las prisiones en libertad, que han sido muchos a los que les han dado la amnistía, se han puesto a la orden del cambio político y de la transformación que hay que hacer en Venezuela para que ella venga y acelere el proceso político hacia una elección. Está claro, no creo que tenga que mencionar conversaciones privadas que no han sido muchas y es comprensible que así sea, pero ella ha sido muy clara con lo que ha dicho públicamente.
Algo que tiene ella, que es una de sus fortalezas orgánicas, es que nada de lo que dice privadamente es distinto a lo que ratifica públicamente. Su palabra ha sido clara: tenemos que ir a un proceso y para ese proceso, para encontrarnos nuevamente ante la posibilidad de confirmar lo que ocurrió el 28 de julio, tenemos que tener la convicción de la verdad. La verdad es que tenemos un vacío que se extiende frente a un incumplimiento de un orden constitucional. Pedimos la reinstalación de un orden constitucional y eso pasa por rescatar la más importante de las instituciones que existe en un país democrático: el respeto a la ciudadanía y a la soberanía.
El 28 de julio una mayoría aplastante de ciudadanos se expresó y una minoría impidió que esa expresión se concretara. No podemos permitir que una minoría, que hoy es aún más exigua, siga gobernando contrario a la voluntad de la mayoría del país. Debemos, en primer lugar, tener conciencia como ciudadanos de este hecho y, en segundo lugar, empezar a exigir en nuestros espacios. Yo, lamentablemente, estoy preso en mi casa, pero los estudiantes, los sindicatos, los gremios, la gente en la calle en todos los espacios públicos y privados tienen que hacer de esto un leitmotiv (hilo conductor). Necesitamos volver al orden institucional y eso pasa por expresarnos políticamente los ciudadanos en unas elecciones libres.
Demostramos el 28 de julio que estamos preparados electoralmente para ganar, porque ganamos. Esas actas y esos documentos que reflejan ese triunfo están resguardados en Panamá. Ganamos. Es decir, que no es tanto el esfuerzo que tengamos que hacer en lo técnico-electoral, aunque hay que hacer cosas fundamentales como lograr que cambie el Consejo Nacional Electoral y tengamos otros rectores más sensibles al país que existe. Pero incluso, con esos rectores absolutamente postrados en su mayoría al poder ilegítimo, ganamos el 28 de julio. ¿Crees que si se repitiera el mismo hecho con la misma estructura electoral, no vamos a volver a ganar y demostrar que ganamos? Los esfuerzos que hay que hacer son menos en lo electoral técnicamente hablando, que ya estamos preparados para ello. El respeto institucional es el que creo que debemos crear para ese momento. Porque lo que hubo el 28 de julio fue el irrespeto de quien en ese momento ostentaba el poder.
La cabeza de esa estructura no está hoy presente. Tendríamos que tener mayor confianza de que ahora los resultados van a ser, por los esfuerzos institucionales que se puedan hacer, respetados. Recuerdo que el Centro Carter y las Naciones Unidas fueron las dos únicas organizaciones privadas internacionales a las que se les permitió en aquel momento, después de rechazar a toda una gama importante de ONG dedicadas a la certeza electoral, observar el proceso electoral del 28 de julio. El Centro Carter y las Naciones Unidas dijeron que se habían irrespetado los resultados del proceso electoral y que los resultados leídos por el presidente del CNE eran completamente contrarios a la información que ellos manejaban. En una administración tutelada podemos lograr aún con este CNE tramposo el reflejo y el respeto de la voluntad popular que se manifestó el 28 de julio.
—Pareciera que existe temor de que esto sea permanente, que al gobierno de Donald Trump le convenga tener a Delcy Rodríguez, chantajeada con Maduro, en el poder en Venezuela.
—No me detengo en los cambios cosméticos ni me quedo en la superficie. Mientras tenga control y dominio de la profundidad, no me importa lo que ocurra afuera. En algún momento, lo que ocurre en la superficie será el reflejo de lo que está ocurriendo abajo. Lo que ocurre abajo, en el núcleo de la sociedad venezolana, es lo que los venezolanos queramos que ocurra. Nos estamos organizando y estamos conscientes de lo que pasó tanto el 28 de julio de 2024 como el 3 de enero de 2026. Estamos conscientes de lo que ocurrió y estamos dispuestos a darle un término a esta hipocresía institucional: la de un gobierno que tutela a la administración venezolana mandando mensajes de cariño y agradecimiento, y la de una administración tutelada cuya cabeza fue extraída y está siendo enjuiciada por ese mismo tutelaje, pero que le agradece la inversión económica en el país.
Esa hipocresía institucional –que pareciera el reflejo del juego de cartas más popular en el país, que es el truco– tiene que terminarse en algún momento. No sé si ustedes saben que el truco es un juego de cartas donde todos saben que el otro está haciendo trampa. El que juega sabe que el que está enfrente está haciendo trampa, y el de enfrente sabe que el otro sabe que él está haciendo trampa; sin embargo, al final hay un ganador y se aceptan las reglas, aunque en el fondo todo sea trampa. Ese “juego de truco” tiene que cesar en Venezuela.
El gobierno norteamericano sabe que la administración tutelada está dolida por la extracción que le hizo, y que las lisonjas que hace para que venga la inversión son, en el fondo, una hipocresía. La administración tutelada sabe que su cabeza está enjuiciada y que nunca vendrá, y que sin embargo tiene que sonreír para que inviertan en el país. ¿Hasta cuándo se va a sostener un país con ese juego de cartas? Hasta que nosotros, los ciudadanos, digamos “ya está bueno”. Es importante que los recursos ahora vengan a los venezolanos y para eso es necesario poner reglas, que pasan por que la “casa” se respete; y para que se respete debe tener autoridades libremente electas por nosotros, no impuestas por otro país.
Entendemos que esto es transitorio. Entendemos que esto es producto de la situación excepcional que se vivió a partir del 3 de enero y, gracias a eso, es que podemos replantear un país. Si eso no hubiese ocurrido todavía estaríamos viviendo en la oscuridad plena en la que estábamos a partir del 28 de julio y esta persona que les habla todavía estaría presa dentro de un calabozo, al igual que muchos de los que han salido por una Ley de Amnistía absolutamente débil y selectiva, contraria al espíritu de olvido que tiene que tener –no perdón, sino olvido–. De eso estoy consciente. Estoy libre gracias al gobierno de Estados Unidos, pero permanezco preso en mi casa producto de la amnistía selectivamente aplicada por la administración tutelada. Mientras el gobierno de Estados Unidos me quiso afuera, la administración tutelada me quiere mantener preso en mi casa.
—¿Por qué cree que la administración chavista le da un trato distinto al mantenerlo en su casa sin otorgarle la amnistía, mientras que otros presos políticos sí han sido beneficiados?
—Supongo que quieren mantenerme como una muestra, como un botón o un símbolo. Un poco para demostrar a los suyos que no han cedido completamente a la presión política que se inició el 3 de enero. Si bien me sacaron producto de esa presión, quieren mostrar que todavía tienen el poder suficiente para mantenerme recluido en mi casa y no darme libertad plena.
—Con esa pregunta no quise menospreciar la importancia de personas como Juan Pablo Guanipa que han recibido la amnistía, pero se entiende que quizás ese sea el mensaje, que todavía ejercen presión sobre el liderazgo o el sector opositor.
—Pero fíjate, a diferencia de Juan Pablo Guanipa –a quien traes a colación–, mi perfil es distinto. Pudiera ser que lo que se busca proyectar la idea de que permiten a los políticos profesionales, que con buena voluntad, con lenguaje contundente y credibilidad, tengan actividad política. Sin embargo, a los ciudadanos que ocupan una posición preponderante y que pueden ser instrumentos para el análisis de lo que ocurre –y para traducir eso al resto de los ciudadanos–, los tienen recluidos: presos en sus casas o todavía en algunos calabozos. Quizás en este momento le parezca más importante a la administración tutelada vender una imagen de libertad política y mantener controlados a los ciudadanos que no hacemos proselitismo, lo cual es perfectamente lícito. A lo mejor ese es el mensaje.

—Está hoy en su casa y no en El Helicoide. Desde afuera se pudiera ver como: “está en su hogar, con su familia, puede recibir visitas”, pero cuando llegamos nos recibieron dos funcionarios de la policía y nos pidieron nuestras identificaciones. Está constantemente vigilado. ¿Cómo consigue tranquilidad en medio de la ansiedad?
—Cambié 3, 6 y a veces hasta 15 metros cuadrados de oscuridad, por 90 metros cuadrados de luz. Ese es el cambio material. Son 90 metros cuadrados de luz donde puedo decidir el día a día de mi vida; allá (en El Helicoide) no podía. No tenía luz y estaba confinado en un espacio hostil, con un hacinamiento que reduce tus espacios de tránsito y donde no tenía absoluta privacidad. El concepto de privacidad no existe en una prisión venezolana. Lo grave era que todos los que estábamos en esa misma posición nos presumíamos inocentes. Somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, pero esa presunción de inocencia no existe en las cárceles venezolanas. El que entra en una cárcel venezolana no se presume inocente; se presume delincuente hasta que se pruebe lo contrario. Para el custodio, para el comisario jefe de los centros de reclusión, el que entra es un delincuente, en este caso “terrorista”, por “instigación al odio” o por haberse “asociado con un Estado extranjero” para generar conflictos.
—Dice que cambió la oscuridad por la claridad. Perdone lo fuerte de la comparación, pero se conoció el fallecimiento del preso político Víctor Quero Navas. Su madre estuvo meses buscándolo y clamaba respuestas hasta que después de casi un año se enteró de que su hijo está muerto. Esa no fue su realidad, pero ¿cómo valora la vida después de ver noticias como estas?
—Mi esposa estuvo 1 año, 2 meses y 20 días sin saber en qué condiciones físicas y mentales me encontraba. Una cosa es que le dijera un custodio que yo estaba bien, pero como ella decía: “Me lo dice un custodio que representa al mismo equipo o sistema que lo secuestró violentamente en un estacionamiento mientras compraba unas medicinas para su mamá”. ¿Qué nivel de credibilidad podía tener eso? Fueron 1 año, 2 meses y 20 días sin contacto alguno con un ser que no fuera un custodio o un compañero de celda con el que compartía la convivencia. Para ellos parecía fundamental, a efectos operativos, mantenernos en esa situación.
Cuando defendía a los primeros compañeros de Vente Venezuela detenidos recuerdo que en la peregrinación que hice con el grupo de abogados para saber de ellos nos trasladábamos a todas las prisiones. Siempre nos los negaban y la sospecha era que estaban en El Helicoide. Íbamos a pedir información y hablar por ellos, pero nos daban la misma respuesta. Finalmente, a la semana o semana y media, nos admitieron que estaban allí, pero que se encontraban en un ”período de adaptación”. Yo preguntaba cuánto duraba eso y me decían: ”40 días en promedio”. ¿Adaptación a qué? Respondían: ”Al ambiente, para que no se perturben. Lo hacemos por ellos, para que no se alteren; en los primeros días están muy alterados y a los 40 días ya aceptan la situación, y entonces les dejamos ver a sus familiares”. Así fue en promedio, algunos antes y otros después de los 40 días empezaron a recibir visitas de sus familiares. En mi caso, y en el de varios como Biagio Pilieri, Freddy Superlano y Roland Carreño, esa ”adaptación” duró más de un año. Uno se preguntaba el motivo y nunca había respuesta.
Al final entendimos que simplemente era parte del instrumento que tenían para doblegarnos, para buscar algún propósito; quizás que fuéramos más dóciles o alguna insinuación para que hiciéramos un llamado a delatar. No le encuentro lógica. Lo que ocurrió con Víctor Quero Navas me reactualiza el sentido que quiero darle a esta cuasi libertad que estoy teniendo: no tiene sentido si recupero mi voz y no la uso para denunciar lo que significa tener un sistema judicial represivo. No se puede montar un sistema de justicia basado en la represión del enemigo. Los ciudadanos que disentimos y tenemos una opinión libre y distinta no somos enemigos del sistema, somos personas que queremos un cambio. El Estado no puede vernos con la visión de que se nos tiene que destrozar.
Esto sirve para dejar en claro que hay un Poder Judicial que, como órgano del Estado, tiene una gran deuda con el país. Tiene la deuda por todos los compañeros que han perdido la vida en las cárceles venezolanas; tiene la deuda de responder a sus familiares por la vida de Alfredo Díaz, por la vista de Carlos Chancellor y de Tulio Medina, y por el sentido de vida de Óscar Castañeda, quien salió siendo un autómata de El Helicoide producto de la represión. Estas vidas son ejemplos de los miles de seres humanos que inocentemente han sido llevados a las mazmorras y por quienes el Estado debe responder. Si queremos un pacto político que nos una –y este grupo disidente ha aceptado que ese pacto sea la Constitución del 99–, allí está el artículo 140 que establece la responsabilidad del Estado por los errores que haya cometido.
No pueden pretender cambiar un sistema judicial por otro sin rendir cuentas al país; y rendir cuentas es asumir la responsabilidad por las miles de personas inocentes que han estado en las cárceles sometidas a la represión, al aislamiento y a la soledad, y de que muchos hayan perdido la vida y la salud. Sin eso no habrá paz ni reconciliación. Todo pasa porque haya justicia y la justicia no es perdón ni venganza: es, básicamente, la reparación integral de las víctimas. En Venezuela ha habido un número importante de víctimas activas –quienes hemos sido objeto de esa represión– y pasivas –que es quizás toda la población y los familiares de los encarcelados–. Siendo inocentes y solo por disentir, hemos sido llevados a un calabozo. Hasta que no haya ese examen de responsabilidad, no podemos aspirar a normalizar el país.
—¿Cómo ha sido volver a convivir con su esposa después de tanto tiempo? Sus hijos no están en Venezuela, ¿cómo ha sido la comunicación con ellos?
—El reencuentro ocurrió en El Helicoide al año, 2 meses y 20 días. Siempre lo cuento como anécdota, pero el primer abrazo que tuve con ella me hizo olvidar de repente todos los días que habían transcurrido. Sentí como si el tiempo no hubiera pasado. Cuando te reencuentras con un afecto directo, con un ser querido, en los primeros instantes no sientes lo malo, solo lo bueno. Es como aquella famosa anécdota del profesor español que, tras la represión de la época del franquismo, vuelve en democracia a dar clase y dice: ”Como decíamos ayer…”. Y ese ”ayer” eran ocho años atrás cuando se lo habían llevado preso de su salón de clases. Habrá que vivirlo –y Dios quiera que ustedes no lo vivan–, pero cuando uno se reencuentra con el afecto, olvida lo oscuro del pasado. No viene a tu mente ni a tu corazón ningún tipo de dolor, viene simplemente el recuerdo bonito. El reencuentro fue extraordinario.

Perkins Rocha, durante la entrevista, también contó que el jefe de la unidad que lo apresó junto con aproximadamente 40 funcionarios del Sebin, así como 30 fiscales y 4 jueces, estuvieron detenidos en El Helicoide por presuntamente estar vinculados a la fuga del “bolichico” Francisco Convit Guruceaga, asociado a la constructora Derwick Associates, empresa señalada de obtener contratos sin licitación por cerca de 2.900 millones de dólares para plantas eléctricas que nunca fueron instaladas en Venezuela o que presentaron sobreprecios exorbitantes.
“Los llevaron a todos para El Helicoide. En un momento determinado estaban en El Helicoide el jefe del grupo que me había agarrado frente a Farmatodo, el fiscal que me había puesto los cargos y el juez que había ordenado mi detención cinco días después de que me detuvieran. Todos estaban ahí. Fue una cosa totalmente surrealista”, expresó.
Los exfuncionarios fueron retirados de la cárcel después de aproximadamente dos meses.
