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Armando Durán / Laberintos: Bolton, Venezuela y el TIAR

 

Diversos ingredientes, la activación del TIAR para analizar la crisis venezolana en paralelo con el fin oficial de las negociaciones entre Nicolás Maduro y Juan Guaidó, el brusco despido de John Bolton, la vuelta de un sector disidente de las FARC a la lucha armada, la creciente tensión en la frontera colombo-venezolana, el probable viaje de Guaidó a la Asamblea General de Naciones Unidas, a la que ni asistirá Maduro, y la agudización de la crisis humanitaria en Venezuela, han agravado, y mucho, la insostenible crisis política venezolana. Y le han añadido más desconcierto aún a la desesperación que sufren millones de ciudadanos que se acuestan cada noche sin saber qué les depara el día de mañana.

El primer factor a tomar en cuenta se produjo el pasado miércoles 11 de septiembre en Washington, donde los 19 países miembros de la OEA que también son firmantes del Tratado Interamericano de Defensa Recíproca (TIAR), acordaron, con 12 votos a favor, ninguno en contra, 5 abstenciones y una ausencia, convocar para esta segunda quincena del mes una reunión de sus cancilleres con la finalidad de analizar lo que califican en la resolución aprobada de “impacto desestabilizador y clara amenaza a la paz y la seguridad hemisférica” por parte del régimen chavista de Venezuela. Según el constitucionalista Tulio Álvarez, las razones que justifican esta decisión son cuatro: la crisis humanitaria, causante de una catástrofe humanitaria sin precedentes en América Latina; el nexo del régimen con el narcotráfico internacional; su apoyo al Ejército de Liberación Nacional (ELN) colombiano y a que un grupo disidente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) hayan reemprendido el camino de la lucha armada; y, por supuesto, la sistemática violación de los derechos humanos en Venezuela, tal como lo ha denunciado Michelle Bachelet, Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en su más reciente e irrefutable informe al Consejo del organismo en Ginebra.

   Razón y sinrazón del TIAR

Ante el deterioro incesante de la situación política y existencial en Venezuela, desde hace años se escuchan voces venezolanas y latinoamericanas que cada vez con menos timidez plantean la necesidad de impulsar una acción regional colectiva como respuesta al que representa el régimen chavista. No solo para restaurar el orden constitucional, el estado de Derecho y la normalización de la vida ciudadana en el marco de un sistema democrático, sino también para impedir la expansión internacional de esta catastrófica experiencia iniciada en Venezuela por Hugo Chávez desde el mismo día en que asumió la Presidencia de la República en 1999.

El TIAR, creado en 1947 con el específico objetivo de frenar cualquier intentona soviética por poner un pie en el hemisferio, fue fruto directo de la vieja doctrina Monroe con que más de un siglo antes Washington le había advertido a los imperios europeos que el hemisferio americano, liberado al fin del dominio colonial, constituía una zona de influencia exclusiva de Estados Unidos. Con la guerra “fría” desatada entre Estados Unidos y La Unión Soviética al concluir la II Guerra Mundial, el gobierno del presidente Harry Truman lo promovió como alianza militar defensiva, a la que un año después se le dio contenido político e institucional con la creación de la Organización de Estados Americanos.

Desde entonces se ha invocado la aplicación del TIAR una veintena de veces, pero en ningún caso, ni siquiera durante los primeros y muy peligrosos tiempos de la revolución cubana, ni cuando la guerra de las Malvinas, se aprobó la aplicación militar del tratado. Y así, a medida que pasaban los años, melancólicamente envejecido, el TIAR terminó por desvanecerse en la niebla en que desaparecen los objetos y las herramientas que no sirven para nada. Hoy en día, desaparecida la amenaza soviética, con una Cuba que ha concentrado todos sus esfuerzos en la tarea de sobrevivir sin el apoyo de la URSS y del bloque socialista, tras la muerte por causas naturales de Fidel Castro y de Chávez, con la inimaginable visita a Cuba del presidente Barak Obama y familia como huésped especial de Raúl Castro en La Habana y tras los acuerdos de paz en Colombia, hasta este miércoles 11 de septiembre, del TIAR solo quedaba el recuerdo.

Por otra parte, la oposición venezolana, representada por sus dos partidos históricos, Acción Democrática, socialdemócrata, y COPEI, demócrata cristiano, y sus partidos tributarios, Un Nuevo Tiempo de AD y Primero Justicia de COPEI, puestos a finales de año 2002 en la encrucijada de continuar por la senda de la confrontación abierta al régimen que había estallado en diciembre de 2001 y tuvo su momento culminante con la rebelión popular del 11 de abril de 2002, decidieron entenderse con el régimen y limitarse a representar el cómodo papel de oposición, como si sus actividades se desarrollaran dentro del ámbito más o menos tranquilo de un régimen democrático. Hasta que esta inclinación domesticada de sus dirigentes condujo, a comienzos del año 2016 en República Dominicana, a lo que parecía ser el fin definitivo de aquellas falsas negociaciones entre el régimen y la oposición, que se venían realizando sin mayores sobresaltos desde 2003, con el único propósito de proporcionarle al régimen una buena dosis de oxígeno en sus momentos más bajos, a cambio de unos pocos y mínimos espacios burocráticos.

Fracasada esta estrategia conciliadora en 2016, Venezuela vivió de abril a julio de 2018 meses de impresionantes y masivas protestas populares, sofocadas con la aplicación de la violencia extrema ejercida por las fuerzas represivas del régimen, con un saldo escalofriante de ciudadanos asesinados, heridos y encarcelados. Luego, desactivadas esas movilizaciones al convocar el régimen celebrar elecciones regionales y municipales en condiciones inaceptables, a esta oposición colaboracionista no le quedó más remedio que negarse a participar en la elección presidencial prevista para diciembre de 2018. De este modo, esos viejos y nuevos partidos, desde 2009 integrados en una alianza con fines electorales llamada Mesa de la Unidad Democrática, pasó de sufrir una penosa irrelevancia política a una simple y notable insignificancia. En ese foso de nadería y parquedad, en enero de 2019, hizo su aparición en el escenario político Juan Guaidó, joven y desconocido diputado de la Asamblea, quien por no tener pasado visible, se convirtió de la noche a la mañana en esperanza palpable de la sociedad civil al anunciar la puesta a punto de una hoja de ruta cuyo inexorable primer paso era el “cese de la usurpación” y la dictadura, le abrió a los venezolanos la posibilidad de un cambio político profundo e inmediato.

No se mencionó entonces al TIAR, pero el acuerdo de este miércoles 11 de septiembre convocando al Órgano de Consulta del tratado es consecuencia directa, sin duda tardía, casi agónica, tuvo la virtud de hacer creíble la pronta salida de Nicolás Maduro del poder y el fin del dominio hegemónico del régimen chavista.

   De nuevo se impuso el diálogo

Pero, ya se sabe. En esta realidad nuestra de cada día, impregnada hasta los tuétanos de politiquería y mezquindades, nada es fácil ni directo. Por eso, nada más asumir Guaidó la representación de una sociedad civil desesperada por la magnitud de una crisis que ya se había hecho dramáticamente humanitaria, y ante el hecho de que la población se sentía abandonada por los dirigentes de la MUD, los diputados de los cuatro partidos que controlaban la desaparecida MUD pero que controlaban el poder en y de la Asamblea, lo arroparon con un andamiaje paralizante. De ahí que le impusieron como escuderos a dos hombres comprometidos por completo con la estrategia del diálogo y el entendimiento con el régimen. Uno, Edgar Zambrano, de Acción Democrática, como primer vicepresidente, y otro, Stalin González, de Un Nuevo Tiempo, como segundo vicepresidente. Esa es la causa principal que explica las vacilaciones y las incoherencias con que en ocasiones Guaidó ha sorprendido a sus partidarios. Y de ahí también que tras el fallido llamamiento a la sublevación cívico-militar del 30 de abril, los jefes de esos partidos y un sector de la comunidad internacional se sintieran con fuerza suficiente para presionar al presidente interino a bajar la guardia y participar en la resurrección de la vieja y desacreditada trampa de las rondas de negociaciones, ahora en Oslo y después en Barbados.

Esta ha sido la peor y más debilitante sombra que confunde a los ciudadanos, pues en la práctica, devolverle a una manipulación cuyo único propósito siempre ha sido concederle al régimen un tiempo adicional para que pudiera recuperar el aliento, equivalía dejar de lado el cese de la usurpación para convertir el mensaje y las actividades de Guaidó en lo que muchos han percibido como campaña electoral. Es decir, como repetición de lo que le ha servido al régimen, desde los tiempos de la tristemente célebre Mesa de Negociación y Acuerdos de 2003 y el referéndum revocatorio de 2004, como instrumentos eficaces para arrebatarle a los venezolanos la ilusión de volver a vivir en libertad.

De este imprevisto modo, lo que comenzó siendo una acción política nueva, muy pronto adquirió un amargo tufo a ropa muy vieja y ajada. Los argumentos para justificar este tremendo desvío del rumbo señalado por la hoja de ruta del cese de la usurpación y la composición de un gobierno provisional como requisito indispensable para finalmente poder convocar elecciones justas y transparentes, fue gradual y calladamente sustituida por el más de lo mismo electoralista de siempre, como si a pesar de todos los pesares los jefes políticos de la oposición volvieran a ser dueños del juego político nacional y creyeran factible seguir engatusando a la gente con unas cuantas lentejuelas de colores. Hasta que semanas después de silencios inexplicables y complicidades evidentes con el enemigo, las circunstancias obligaron a Maduro y compañía a levantarse de la mesa de negociaciones en Barbados y hasta aquí llegamos, caballeros.

Este radical cambio de frente por parte del régimen fue el resultado de la política aplicada con firmeza por el gobierno de Estados Unidos para reducir al mínimo su capacidad de resistencia. El acoso político instrumentado por Donald Trump para arrinconar a Maduro y aislarlo del mundo democrático y las sanciones que han moderado sustancialmente su libertad de movimientos dentro y fuera de Venezuela, más la tesis enarbolada con fuerza de que nada había que negociar con Maduro y que, por supuesto, jamás se admitiría tampoco celebrar elecciones con él en el poder, obligó al régimen a darle una patada a la mesa de negociaciones.

La punta de lanza de esta implacable política anti-madurista de Trump fue su Asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, halcón furioso de discurso implacable aunque con frecuencia imprudente, pero responsable de darle vida al sector más duro de la oposición venezolana, que en muy alta medida ha facilitado, por una parte, que Guaidó finalmente aceptara plantear el reingreso de Venezuela al TIAR, y por otra, la aprobación, este miércoles 11 de septiembre, de la resolución mediante la cual se convoca a los cancilleres de los gobiernos miembros del TIAR a reunirse en los próximos días para analizar y decidir qué hacer con el régimen que preside Nicolás Maduro.

En este punto de inflexión, precisamente el 11 de septiembre, Trump sorprendió a medio mundo al anunciar que había despedido a Bolton de su cargo. Se sabía de las discrepancias y desencuentros que habían distanciado progresivamente a ambos personajes. Al parecer, porque Bolton no compartía lo que podía interpretarse como política conciliadora de Trump con respecto a Corea del Norte. Tampoco que compartiera con su jefe la posibilidad de entenderse con el gobierno iraní. Mucho menos que contemplara aprovechar el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas para que representantes del gobierno de Estados Unidos se reunieran con representantes del Taliban afgano. También llamaban la atención los rumores de que Trump y Bolton no se pusieran de acuerdo sobre el problema venezolano.

En un principio, todo hacía pensar que Bolton sostenía una postura mucho más dura que la de Trump, pero inmediatamente después, quizá para profundizar esta confusa mezcla de desbarajuste y estupefacción, Trump dejó entrever que su decisión respondía a todo lo contrario. Que el brusco despido de Bolton no era por su impulsiva agresividad a la hora de desmarcarse de los gestos de prudencia que transmitía Trump, sino porque en última instancia Bolton no era tan feroz como lo pintaban, y era Trump quien pensaba y actuaba como auténtico y despiadado halcón.

   De nuevo entra la FARC en acción

La probable activación del TIAR en el caso Venezuela y el despido de Bolton coinciden con un hecho que revuelve y perturba gravemente el complejo proceso político colombiano y coloca la crisis venezolana en una dimensión muy distinta. Me refiero, claro está, al anuncio formulado el pasado 29 de agosto por Iván Márquez, ex segundo jefe de las FARC, de que “al amparo del derecho universal que asiste a todos los pueblos del mundo a levantarse en armas contra la opresión”, las FARC retomaban desde ese instante el camino de la lucha armada.

Las FARC vuelven a la lucha armada en Colombia (Foto: Internet)

Se trataba, en realidad, de un gesto que apuntaba en otra dirección. No se buscaba reanudar una guerra que ya carecía de sentido y de tropa, ni los estrategas cubanos ni sus agentes venezolanos son tan tontos como para creerse esa patraña. De lo que trataba era de darle al presidente Iván Duque una perturbadora respuesta a su decisión de apoyar con todos los medios a su alcance el fin del régimen chavista. Por otra parte, brindarle tiempo y espacio a Maduro, al crear una situación artificial pero suficiente para obligar a los gobiernos de Estados Unidos y Brasil, los dos principales aliados de Colombia en la actual alianza continental para enfrentar y derrotar a Maduro, a desviar parte de su atención al caso Venezuela y prestarle toda su atención a este inesperado nuevo y explosivo frente de lucha.

Esta vuelta de tuerca le permite a Maduro, por una parte, advertirle al mundo que Duque bien podría aprovechar la situación para intervenir militarmente en Venezuela, con el argumento de que Venezuela es el santuario de las FARC; por la otra le permite movilizar un importante contingente militar venezolano en la frontera con Colombia y provocar así una escalada de consecuencias imprevisibles. Dos acciones que a su vez han llevado al gobierno de Estados Unidos a anunciar el emplazamiento en territorio colombiano de misiles tierra-aire, en previsión de eventuales incursiones de la fuerza aérea venezolana en territorio colombiano, como han insinuado algunos voceros históricos del chavismo venezolano.

Lo importante al momento de escribir estas líneas es que mientras Guaidó declaraba en Caracas este domingo que la opción del diálogo con Maduro, interrumpido hace poco más de un mes en Barbados, al fin se había agotado para siempre, voceros de su equipo filtraban la noticia de que Guaidó probablemente viajaría la semana que viene a Nueva York para reunirse con algunos jefes de Estado y de gobierno, incluyendo a Trump, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas. Un escenario que además puede ser muy propicio para reunir a los cancilleres de las naciones miembros del TIAR y analizar ahora el caso Venezuela como materia mucho más urgente y prioritaria, precisamente, por la creciente tensión política y militar precipitada por el anuncio de Márquez y la creciente tensión militar en la frontera colombo-venezolana.

Resulta prematuro aventurarse a adelantar siquiera una opinión sobre la evolución de esta circunstancia en el desarrollo y desenlace de la crisis venezolana, pero queda claro que la coincidencia de estos eventos en el tiempo no puede ser casual, sino causal. Y que tanto la invocación del TIAR, como el despido de Bolton, la probable presencia de Guaidó en Naciones Unidas y lo que ya ha comenzado a ocurrir en la frontera de Venezuela y Colombia, son pasos irreversibles de un evento de grandes proporciones políticas que apenas comienza ahora y que puede llegar a producir un enfrentamiento decisivo para Venezuela y Colombia, pero también para Cuba, que ya ha comenzado a sufrir en carne propia los efectos de su compromiso con las fuerzas que a fin de cuenta han ejecutado la destrucción de Venezuela como nación moderna y civilizada.

 

 

 

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