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Armando Durán / Laberintos: ¿Brilla una luz al final del túnel venezolano?

 

Estaba previsto que los gobiernos miembros del Grupo de Lima, reunidos el lunes en Bogotá para analizar los sucesos ocurridos este fin de semana en las fronteras de Venezuela con Colombia y Brasil, si bien acusarían a Nicolás Maduro y a sus lugartenientes de haber cometido el sábado flagrantes delitos de lesa humanidad, descartarían el uso de la fuerza militar como respuesta a esos desafueros y se limitarían a acordar el incremento de la presión política y financiera para aislar aún más a las autoridades civiles y militares del régimen. Tan previsible era esta reacción que ha decepcionado a muchos, que Maduro y compañía sabían con certeza que hicieran lo que hicieran para impedir que la asistencia humanitaria ingresara al país, sus acciones no acarrearían castigo real alguno. También sabían que nada ni nadie alteraría sustancialmente los habituales y cómodos equilibrios hemisféricos y que en eso les iba la vida a lo muy poco que queda de revolución “bolivariana.”

Sin duda, estos contratiempos han afectado el ánimo de muchos venezolanos, aunque objetivamente nada permite suponer que Maduro y los suyos se hayan salido con la suya. Solo son contratiempos habituales en un proceso que no va a terminar en un abrir y cerrar de ojos. Este posible desánimo sencillamente es el efecto de dos errores que ha cometido la oposición de todos los signos. El primero, recurrir, como hacen muchos políticos de profesión, a la inclinación natural de los ciudadanos a confundir sus deseos con la realidad, sin tener en cuenta para nada que las ganas no empreñan, como advierte un sabio dicho venezolano. Lo cierto es que ningún deseo, si no va acompañado de una estrategia realista y una organización sólida va a solucionar los graves problemas que han destruido a Venezuela como nación moderna y civilizada.

El segundo error es que las diversas estrategias ensayadas por la oposición de todos los signos han caído en la tentación de conformarse con un inmediatismo suicida, sin pensar ni tener en cuenta el mediano y el largo plazo, cuando lo cierto es que en todo proceso, y darle un vuelco al sistema del chavismo es un proceso particularmente complejo y difícil, el esfuerzo colectivo por restaurar el orden democrático no tendrá un desenlace a plazo fijo. Llevará más tiempo del deseado y tendrá muchísimos avances y retrocesos, como lo muestra la experiencia del país desde que en febrero de 1999 Hugo Chávez puso en marcha su proyecto político.

   En el principio fueron los votos

El punto crucial de la etapa del proceso político venezolano arrancó hace poco más de 3 años, con la derrota aplastante del chavismo en las elecciones parlamentarias del 5 de diciembre de 2015. Ese día la oposición conquistó dos terceras partes de los escaños parlamentarios y colocó a Maduro ante un extraordinario dilema histórico. O bien seguir jugando las cartas que Hugo Chávez había marcado astutamente después de su breve derrocamiento en abril de 2002 con las tramposas señas del falso entendimiento con la oposición, las componendas negociadas con la cúpula de esos partidos a cambio de algunas pocas prebendas y la promesa de celebrar elecciones cada dos por tres, aunque siempre todas amañadas. Una estrategia muy exitosa que para sorpresa de todos se hizo añicos de golpe y porrazo con aquel descalabro electoral y acorraló a Maduro, obligado por la magnitud de la derrota, a rectificar la marcha de la supuesta revolución bolivariana, o tomar el toro de la realidad por los cuernos y convertir al régimen en una dictadura pura y simple, aunque ello significara terminar de hundir a Venezuela en una crisis política y económica que ha terminado siendo una crisis humanitaria sin precedentes en América Latina.

Lo ocurrido este sábado 23 de enero en las fronteras venezolanas con Brasil y Colombia es la expresión más cabal de lo que le ha costado a Venezuela la decisión que tomó Maduro al negarse a escuchar el claro mensaje de repudio que le acababan de dar los venezolanos en las urnas electorales. Hasta ese día, el argumento de cohabitar con el régimen para conservar unos pocos e insignificantes “espacios” burocráticos de origen electoral le había servido a la dirigencia de los principales partidos políticos no chavistas para justificar su colaboracionismo con el régimen. El peligro que significó para Maduro el resultado de aquella jornada electoral, también se hizo de pronto peligro muy palpable para la oposición, porque la victoria de sus candidatos implicaba, paradójicamente, la obligación de cambiar la estructura, la finalidad y las funciones de esa alianza electoral llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) para adaptarla a la exigencia popular de convertirse en el instrumento de una auténtica oposición al régimen, para lo cual no estaba preparada en absoluto.

La elección del diputado Juan Guaidó el 6 de enero de este año como presidente de la Asamblea Nacional vino a ocupar el vacío abierto por la fallida intentona de la MUD para sobrevivir a tres años de inciertas idas, venidas, traiciones y maniobras oportunistas y le hizo comprender a los ciudadanos que sí había un rumbo muy distinto a seguir si de veras se quería restaurar efectivamente el hilo constitucional y el orden democrático. La esperanza renació de repente en el corazón adormecido de los venezolanos y el objetivo abandonado de cambiar de presidente, de gobierno y de régimen pasó, de ser una quimera electorera que ya nadie ni siquiera mencionaba, a ser un objetivo finalmente real y al alcance de las manos de un pueblo que desde julio de 2017 se sentía abandonado por su dirigencia a la peor de las suertes.

   La exitosa estrategia de Chávez

En el discurso de su primera toma de posesión como presidente de Venezuela, Hugo Chávez reinterpretó la famosa sentencia de Carl von Clausewitz para destacar que su concepción de la guerra y la política era. La política, sentenció ese día, es “la guerra por otros medios.” Al día siguiente, en reunión sostenida con viejos y nuevos comunistas venezolanos en el aula magna de la Universidad Central de Venezuela, Fidel Castro fue mucho más preciso al pedirle a esa audiencia de impacientes camaradas que soñaban con la instalación mañana mismo de una revolución idéntica la cubana, no exigirle a Chávez hacer ahora lo que él y su ejército guerrillero habían logrado hacer cuarenta años antes. Luego añadió que en la actualidad ellos tampoco podrían haberlo hecho. Los tiempos son otros, afirmó, y por lo tanto, la estrategia también tenía que ser otra. Es decir, que si bien Venezuela iba a terminar siendo otra Cuba, a esa meta se llegaría avanzando a otra velocidad y por otros medios. En otras palabras, Fidel quería que todos entendieran que con Chávez se trataba del mismo perro pero con diferente collar.

Este “por otros medios” fue sin duda el gran aporte político de Chávez a la teoría revolucionaria latinoamericana. Gracias a ello pudo navegar sin grandes dificultades durante los primeros tres años del cambio estructural que aspiraba a darle a la sociedad y al Estado venezolano y por otra parte le permitió expandir su proyecto por América Latina sin generar contradicciones que lo pusieran en peligro. Como ocurrió en Ecuador, y como todavía, aunque sin su fuerza original, ocurre en Bolivia y en Nicaragua. También le permitió influir durante años en otros gobernantes latinoamericanos, sin que ninguno de ellos tuviera que lanzarse por el despeñadero de los caminos sin retorno, como fueron los casos del matrimonio Kirchner en Argentina, de Lula da Silva y su Partido de los Trabajadores en Brasil y en cierto grado Bachelet en Chile y el Frente Amplio en Uruguay. Aliados que marchaban a su lado y lo asistían en la tarea de conformar una alianza latinoamericana suficientemente fuerte para enfrentar el poderío de los gobiernos de Estados Unidos, sobre todo del torpe gobierno de Bush hijo y del sinuoso gobierno de Obama.

La crisis financiera de 2008, el desplome de los precios del petróleo, la muerte de Chávez y la destrucción de la otrora poderosa y ejemplar industria petrolera venezolana, transformada por Chávez en caja chica para financiar generosamente la solidaridad de gobiernos menos poderosos económicamente, como los de las pequeñas islas-Estados del Caribe y las nacientes democracias centroamericanas, crearon nuevas circunstancias que a su vez socavaron los fundamentos del respaldo regional al eje cubano-venezolano. Un proceso que hoy en día ha llegado al extremo de haber hecho de la región un territorio casi completamente libre de socialismos, sin mayores fisuras “bienpensantes.” Sólo el agonizante régimen boliviano, el nuevo presidente mexicano y el reincidente presidente de Uruguay se resisten a compartir del todo esta nueva visión de la región que encarnan los presidentes Duque, Macri, Piñera y más recientemente Bolsonaro. Todos asociados a Donald Trump, también nuevo inquilino de la Casa Blanca.

En el marco de esta nueva realidad política se ha producido la sorpresiva aparición del joven diputado Guaidó, perfectamente desconocido hasta hace apenas mes y medio, convertido desde entonces y a toda velocidad en el político latinoamericano más mediático del planeta. Quien además, con el apoyo de los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y de la mayoría de los de América Latina, agrupados en el llamado Grupo de Lima, le ha presentado a Maduro y al régimen chavista un desafío impresionante desde que el mismo día de su toma de posición como presidente de la Asamblea Nacional advirtió que si Maduro, como había anunciado, se posesionaba el 10 de enero de un segundo mandato presidencial, ese mismo día él invocaría el artículo 233 de la Constitución Nacional para encargarse del Ejecutivo Nacional y llenar, legal y legítimamente, el espacio que había dejado vacante la fraudulenta elección presidencial del 20 de mayo, realizada por Maduro y sus leales autoridades electorales para conservar el poder contra el viento y la marea de la soberanía popular.

Fue la forma de ponerle fin, democrática, pacífica y constitucionalmente a lo que él calificó de usurpación que hacía Maduro de la Presidencia de la República, paso imprescindible para instalar un Gobierno de transición que le devolviera a los poderes públicos su independencia, condición a su vez imprescindible para convocar elecciones generales en condiciones de equilibrio democrático y transparencia electoral. Cuando el 23 de enero, ante una inmensa multitud reunida en la avenida Francisco de Miranda en Caracas, Guaidó se juramentó como presidente encargado de Venezuela, un hondo suspiro de alivio recorrió la vasta geografía venezolana.

   El reto se llama asistencia humanitaria

En los 30 días siguientes a su juramento la situación política de Venezuela experimentó un cambio radical y la conexión emocional entre Guaidó y la mayoría de los ciudadanos fue casi instantánea. Era lógico que eso pasara. Militante del partido de Leopoldo López, quien desde febrero de 2014 es un preso político del régimen, Guaidó representa una nueva y prometedora generación política, no contaminada por los vicios del pasado ni por el colaboracionismo con el régimen. Y además, en todo momento se mostraba dispuesto a asumir la responsabilidad de emplear el respaldo popular y el de una comunidad internacional que de pronto se topaba con la imprevista aparición de un liderazgo capaz de aglutinar a todos los sectores de la oposición y de movilizar a inmensas multitudes para producir un cambio político profundo en Venezuela.

El tema de la asistencia humanitaria surgió en este período como ingrediente de mucho peso en la estrategia de confrontación con el régimen. Maduro y sus asesores entendieron cabalmente la amenaza que representaba este planteamiento y se prepararon para enfrentarlo sin pensar en las consecuencias que generaría impedir ese ingreso “sí o sí” que le había prometido Guaidó al pueblo venezolano y a la comunidad internacional.

En este contexto de altísima tensión debemos situar los atroces sucesos del pasado sábado 23 de febrero en las fronteras venezolanas con Colombia y Brasil, cuando fuerzas militares y paramilitares del régimen le cerraron el paso a los camiones cargados de alimentos y medicamentos que intentaban “invadir” Venezuela. La represión fue feroz, los muertos y los heridos muchos, el incendio de los dos primeros camiones cargados de alimentos y medicinas al intentar el cerco culminó en el espectáculo que ofrecieron Maduro y su esposa bailando salsa en una tarima instalada en el centro de Caracas para celebrar lo que ellos y el diario cubano Granma prácticamente califican de épica victoria del pueblo venezolano contra el imperio yanki. El mundo entero lo vio todo en vivo y en directo, se escandalizó el sábado y pidió justicia el lunes. De ahí la honda decepción que produjo la tímida reacción de los cancilleres reunidos en la capital colombiana. Una realidad que nos obliga a hacernos tres preguntas ineludibles.

  1. ¿Puede el amable y pacífico pueblo venezolano, por medios igualmente amables y pacíficos, obligar a Maduro y al régimen chavista a reconocer las leyes de la democracia y las normas humanitarias elementales para restituir por las buenas el orden democrático, la normalidad económica y el ingreso al país de la asistencia humanitaria que requieren decenas de miles de venezolanos para no morir de hambre o por falta de alimentos?
  2. ¿Puede la comunidad internacional, muy conmovida al parecer por la situación de desamparo en que se encuentran vastos sectores de la población venezolana y las atrocidades represivas del régimen, convencer diplomáticamente a Maduro y al régimen chavista de al menos permitir que canales internacionales de asistencia humanitaria hagan llegar a manos de quienes más lo necesitan los alimentos y medicinas imprescindibles para sobrevivir a la desoladora crisis que sufren desde hace años?
  3. ¿Bastan, en fin, las buenas intenciones, los razonamientos políticos y el evidente rechazo de casi 90 por ciento de los venezolanos para convencer a Maduro y al régimen chavista de la urgencia de reconocer la gravedad de la situación, los peligros a los que sus decisiones exponen a millones de ciudadanos si no escuchan las exigencias que les hacen desde dentro y desde fuera de Venezuela y no aplican una auténtica justicia distributiva suficiente para remediar con la urgencia del caso la situación desesperada que vive una parte considerable de la población?

Ya lo decíamos en las primeras líneas de esta columna. Es absurdo pensar que el régimen chavista vaya a suavizar sus maneras, más bien hará todo lo contrario, como ya advirtió en cadena de radio y televisión la vicepresidente Ejecutiva. Y la comunidad internacional, sobre todo la latinoamericana, por mucho que les repugne lo que sucede en Venezuela, tampoco renunciará a su tradicional y cómodo distanciamiento diplomático. La no injerencia en los asuntos de otros sigue siendo para los políticos de la región una norma de buena conducta internacional, aunque solo sea para prevenir que algún día lo mismo le suceda a ellos. Una doble circunstancia ante la cual la oposición venezolana tendrá que entender la verdadera naturaleza de la lucha que tienen por delante y adoptar en consecuencia una estrategia realista, tanto para el día de hoy como para el de mañana y para el de pasado mañana, que tome en cuenta todas las variantes posibles que se produzcan y puedan producirse dentro y fuera de Venezuela. Una estrategia articulada de acuerdo con un rechazo absoluto a fórmulas retóricas, expectativas imposibles y gratificaciones instantáneas, y que en cambio fundamente sus acciones en la realidad y en los inmensos recursos de la moral ciudadana en Venezuela y de los igualmente inmensos recursos políticos y materiales de la comunidad internacional, sin impaciencia pero con contundencia permanente, sin debilidades, lamentaciones, muchos menos con los consuelos que dicen ofrecer los buenos oficios propios y extraños, resuelta a resistir todas las contrariedades, seguir resistiendo y seguir haciéndolo hasta la victoria final, sin desmayo alguno, hasta que sea necesario, para devolverle a todos los venezolanos su futuro, su esperanza y la visión de esa luz que comenzó este años a brillar con fuerza allá, al final del túnel.

 

 

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