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Armando Durán / Laberintos: Estados Unidos después de Trump

 

El sábado, después de horas y días de expectativas, temores y esperanzas, los resultados de la votación en Pennsylvania, pieza clave en el rompecabezas electoral del martes, hicieron saber que Joe Biden, a la tercera intentona, había logrado terminar su larga marcha hacia la Presidencia de Estados Unidos. Una victoria anticipada por las encuestas, pero a medida que avanzaba el miércoles el conteo de los votos se tenía la impresión de que una vez más los hechos desmentirían los cálculos estadísticos. Hasta que dos realidades, la votación en los centros urbanos de Estados Unidos y el escrutinio de los votos por correo le dieron el viernes un vuelco dramático al proceso de totalización.

Este resultado, sin embargo, más que una victoria personal de Biden, debe ser entendida como expresión de rechazo a Trump, generado por los cuatro años de una gestión presidencial caracterizados por su arrogancia imperial, muy difíciles de digerir, y su desprecio evidente por las buenas maneras, la inteligencia, la experiencia y, sobre todo, por los otros, los pobres, los negros, las mujeres, los extranjeros. Una visión distorsionada del mundo que dividió al país en dos bandos irreconciliables y aisló a Estados Unidos de muchos amigos y aliados internacionales. Mientras Trump hacía y deshacía al margen de los consejos de sus asesores, se jactaba de afirmar que “mi principal asesor soy yo mismo.” Hasta el grosero extremo de desdeñar a mujeres tan exitosas como Teresa May, primera ministro del Reino Unido, y Ángela Merkel, canciller de Alemania, a una por “tonta” y a la otra por “estúpida”, y elogiar en cambio a gobernantes despóticos, como al presidente chino Xi Jingpin porque “realmente él ama a su país”, al impresentable primer ministro húngaro, Victor Orban, quien según él se ha ganado “el respeto de toda Europa” o a Tayyip Erdogan, el dictatorial presidente de Turquía, “un buen amigo mío.” La última y sin duda costosa muestra de esta conducta aberrante fue su tosco y desagradable desempeño durante el primer debate que sostuvo con Biden, el pasado 29 de septiembre.

Por otra parte, su insensata reacción ante el desafío que le presentó la pandemia del coronavirus a la humanidad desde el mes de marzo dinamitó los frágiles fundamentos del siempre inestable equilibrio racial en Estados Unidos y desmanteló la economía del país, cuyo desarrollo ascendente era hasta ese mes de marzo un ingrediente que le garantizaba la reelección. A partir de ese punto crucial, las cifras de contagio y las muertes provocadas por el virus, y el derrumbe inexorable de una economía herida de muerte por la forzosa paralización del país, la caída en picada del consumo, la impaciencia de los empresarios y la pérdida masiva de puestos de trabajo, hundió a Estados Unidos en un abismo de incertidumbres, angustia y graves desajustes sociales. A pocas horas de su triunfo electoral, más que hablar de una victoria de Biden, habría que hablar de una derrota de Trump.

Por esas penosas razones, en sus primeras palabras como presidente electo de Estados Unidos la noche del sábado, Biden sostuvo que era hora “de poner fin a esta nefasta era de demonización” y emprender la tarea de “cerrar heridas.” Y por eso mismo, se comunicó de inmediato con varios líderes mundiales para expresarle su decisión de normalizar las relaciones internacionales de Estados Unidos, muy dañadas después que Trump retiró a Estados Unidos de la Asociación Trans-Pacífico, de los Acuerdo sobre el cambio climático de París, del tratado sobre el control de misiles nucleares de alcance medio, de la UNESCO, del Tratado de Cielos Abiertos y de la Organización Mundial de la Salud. En esa ocasión también le anunció Biden al país que su primera medida como presidente sería la creación de una unidad de elevado nivel científico capaz de enfrentar con seriedad profesional para neutralizar definitivamente la amenaza del Covid-19. Por otra parte, se comprometió a iniciar desde el 20 de enero, día de su juramentación del cargo, una firme campaña dirigida a restablecer los vínculos del gobierno con los ciudadanos de todos los colores y nacionalidades que viven en Estados Unidos.

Es, por supuesto, lo que se esperaba que hiciera. De ahí el júbilo público que se manifestó esa noche del sábado en infinidad de ciudades de Estados Unidos y en las principales capitales de Europa, los calurosos mensajes de apoyo procedentes de los más diversos gobernantes, y la corriente de aire fresco que ha comenzado a sentirse en todos los rincones del planeta. Incluso el reconocimiento público que hizo el expresidente republicano George W. Bush, quien además llamó por teléfono a Biden y a Kamala Harris para felicitarlos personalmente. Este lunes por la mañana solo quedan en el aire dos incógnitas.

La primera, ¿hasta qué extremos estará Trump dispuesto a llegar en su ofensiva legal para no reconocer su derrota? Desde un punto de vista estrictamente jurídico no parece que tenga la menor posibilidad de llegar muy lejos por este camino, y así han tratado de convencerlo algunos de sus asesores desde el viernes. Hay otros, sin embargo, que insisten en tensar la cuerda hasta donde sea necesario. ¿Incluso a exacerbar el ánimo de sus partidarios más radicales y violentos con la intención tomar las calles de Estados Unidos con el argumento de que él y no Biden es el legítimo presidente de Estados Unidos? En todo caso, debemos tener en cuenta que si bien Trump perdió la Presidencia en las urnas electorales, el “trompismo”, como expresión tajante de la ultraderecha estadounidense sigue vivo y activo.

La otra duda tiene que ver directamente con Cuba y Venezuela. O más bien con el porvenir de la decisión de Trump de desmontar la política de dialogo y conciliación con el gobierno de Raúl Castro adoptada por Barak Obama. De ahí que la victoria de Trump en la Florida se deba en gran parte al amplio respaldo que recibió en los centros de votación de “la pequeña Habana” en Miami. ¿Mantendrá Biden la presión de Washington sobre la isla, o tratará más bien de restaurar los términos de la apertura diplomática y comercial que puso en marcha Obama a partir de su histórica visita a la capital cubana en marzo de 2016?

Esa misma pregunta se la hacen los venezolanos. ¿Suavizará Biden las sanciones de Estados Unidos al régimen de Nicolás Maduro? Probablemente no. Recordemos que fue precisamente Obama quien en 2015 aplicó las primeras sanciones a un grupo de altos funcionarios venezolanos y fue él quien declaró entonces que lo hacía porque Venezuela era una amenaza “inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional de Estados Unidos. Una definición que marcó un punto de inflexión en las relaciones de Washington y Caracas. La política de Trump con respecto a Venezuela simplemente ha sido la continuación de la política iniciada por Obama, una política que no depende de las decisiones que se tomen en la Casa Blanca, mucho menos en el Departamento de Estado, sino de las coordenadas trazadas por los órganos encargados de velar por la Seguridad Nacional de Estados Unidos. Es decir, que como se observa a diario, las relaciones de Estados Unidos con Venezuela están en manos del Comando Sur de la Armada de Estados Unidos, de la CIA y de la DEA.

Las respuestas a estas dos interrogantes comenzarán a disiparse en el curso de la semana que comienza, y de ello nos ocuparemos el próximo viernes. Digamos por ahora que, tal como ha ocurrido en otras zonas del planeta, en Corea del Norte, por ejemplo, en Irán o en el Medio Oriente, las furias verbales de Trump no han sido más que eso, amenazas y amedrentamiento, sin producir cambios políticos de alguna significación. Desde esa controversial perspectiva, lo que haga o deje de hacer Biden, también carecerá de consecuencias reales en el futuro inmediato de Cuba o Venezuela.

 

 

 

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