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Carrascal: ¿Valió la pena?

Algo se temen los talibanes cuando se ponen piel de cordero y prometen portarse mejor que la primera vez que gobernaron el país

Me refiero cuando pregunto si valió la pena al drama iniciado el 11 de septiembre de 2001 con el desplome de las Torres Gemelas neoyorquinas y cerrado el 31 de agosto de 2021 con la retirada de las tropas norteamericanas desplegadas en Afganistán a lo largo de las últimas dos décadas, junto a las del resto de la Alianza Atlántica.

En este lado no hay duda: no valió la pena, y no por los 83.000 millones de dólares que costó a Estados Unidos, más los del resto, junto a los muertos, sino por significar la derrota de Occidente con cuanto viene representando, desde la democracia al desarrollo.

Si se pregunta a la otra parte, nos responderán eufóricos que ha sido una victoria semejante a la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, la caída del Imperio Bizantino y el principio del fin de la hegemonía occidental sobre Asia. La prueba es que, tras golpear el corazón de Estados Unidos, los norteamericanos tenían que abandonar apresurada y vergonzantemente Afganistán.

Sin negar la validez de ambas posiciones, permítanme señalar su exageración, debido posiblemente a la rabia y la euforia en uno y otro campo. Los norteamericanos sufrieron un castigo brutal en Pearl Harbor, con la pérdida de su flota del Pacífico. Pero con ello lo único que consiguieron los japoneses fue despertar a un gigante, que puso en marcha su industria bélica, que acabó aplastándoles. Algo así deben de temerse los talibanes cuando se ponen piel de cordero y prometen portarse mejor que la primera vez que gobernaron el país. Nadie les cree, por una razón muy sencilla: si se portan según las normas cívicas más elementales, dejan de ser lo que son. Y que no hayan incluido ninguna mujer en su Gobierno indica las pocas ganas que tienen de cambiar. Posiblemente esperan poder dar largas al asunto, mientras buscan el apoyo de China y Rusia para resolver los problemas más urgentes, como la economía, los suministros y la seguridad. Su preocupación es que tanto Pekín como Moscú desconfían tanto de ellos como Washington, al tener en su territorio minorías mahometanas que pueden sentirse atraídas por el nuevo ‘emirato’ islámico vecino.

Quiero decir con ello que si los norteamericanos sufren la doble ignominia de haber perdido una guerra y un blasón, los talibanes pueden perder el país que han reconquistado sin apenas esfuerzo si son incapaces de gobernarlo. En cuanto a los europeos, que hace tiempo perdimos nuestros imperios, lo mejor que podemos hacer es no alegrarnos de los males de quien nos protege y permanecer lo más unidos posible, dentro y fuera de nuestros respectivos países. Pues separados, no vamos ni hasta la esquina.

 

 

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