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Clarice Lispector, la escritora que fue por libre

En el centenario de su nacimiento, la obra de la autora brasileña se mantiene inclasificable, al margen de modas, generaciones o corrientes narrativas como el ‘boom’ latinoamericano

El día antes de su muerte en diciembre de 1977, Clarice Lispector, hospitalizada por un cáncer de ovarios, sufrió una fuerte hemorragia. Cuenta Olga Borelli, la ayudante, secretaria y compañera de sus últimos años de vida, que, desesperada, se levantó de la cama y caminó en dirección a la puerta. En ningún momento había sido informada de la gravedad de su enfermedad, pero cuando la enfermera le impidió que saliese, en un momento de extravagante clarividencia, ella le gritó: “¡Se muere mi personaje!, ¡se muere mi personaje!”.

Estaba a punto de cumplir 57 y, aunque por entonces gozaba ya de un enorme prestigio y era “personaje de sí misma”, tal vez intuía que era pronto para marcharse. ¿Por qué siendo una de las figuras míticas de Brasil no fue nunca reconocida por la generación a la que pertenecía, la del boom latinoamericano?

Conociendo un poco su biografía, no creo que a ella le importara mucho esta cuestión. Aunque escribía desde una estricta identidad femenina, nunca se declaró feminista. En varias ocasiones, incluso antepuso sus hijos y su crianza a su ambición literaria (“Si tuviera que elegir, desistiría de la literatura. No tengo dudas de que como madre soy más importante que como escritora”, dijo). Pero hoy en día, cuando se cumplen cien años de su nacimiento y ha sido comparada con escritoras de la talla de Virginia Woolf, sigue llamando la atención que no haya formado parte del selecto elenco conformado por los escritores hombres de su generación.

A pesar de que Carmen Balcells (agente literaria en aquel momento de García Márquez, Cortázar y Vargas Llosa) la representó durante los últimos años de su vida, no fue la única mujer quedó fuera del boom; algo parecido ocurrió con las autoras mexicanas Elena PoniatowskaElena Garro y Rosario Castellanos, la chilena María Luisa Bombal o la argentina Silvina Ocampo, autoras todas ellas de primera fila. Las razones, en el caso de Clarice Lispector, podrían deberse a varios motivos: era mujer en un momento en que sobrevivir como autora era más complicado y más en su caso, pues vivió alejada del mundo literario la mitad de su vida; escribía en portugués (y por tanto, no podía beneficiarse del mercado español que impulsó el boom); su obra es difícil, muy simbólica y en gran parte hermética (incluso para ella misma, que decía no entender algunos de sus relatos); en un momento en que sus colegas del boom se interesaban por la política y publicaban en periódicos “importantes” (con toda la repercusión mediática que esto tuvo), las colaboraciones de Lispector en la prensa consistieron en una columna de consejos femeninos Solo para Mujeres, en las que aleccionaba sobre recetas, belleza, moda y comportamiento. Por último, otro motivo podría ser que sus obras no comparten ni la temática ni las señas de identidad del boom latinoamericano (realismo mágico, fantasía, ficción histórica, etc.).

Personalmente, me inclino a pensar que no podía ser incluida en ningún “club” (masculino o no) ni formar parte de ninguna generación simplemente por el hecho de que su literatura era tan absolutamente personal, tan magistral y desconcertante, que hubiera vuelto loco a todo aquel que buscara puntos en común para encasillarla en una generación. ¡Y menos mal! En este sentido, una de las primeras en vindicarla, la filósofa francesa Hélène Cixious, definía así su intenso y perturbador mundo interior: “Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido madre y hubiera llegado a cumplir 50 años; si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector”.

Por las páginas de los cuentos y las novelas de Clarice Lispector corren las cucarachas, vuelan las gallinas, saltan los macacos y relinchan los caballos. En el magistral cuento Una gallina, el ave escapa a su destino alimenticio volando por el muro de la terraza y los tejados vecinos, hasta que el dueño de la casa la alcanza y la trae a la cocina, vencida para el almuerzo. Entonces, “de puros nervios, la gallina puso un huevo”. A parte de la temática, su obra es difícil de clasificar porque en la mayoría de los casos, no cuentan historias, sino sensaciones o impresiones que a menudo se traducen en angustia existencial. ¿Tal vez es que esto no era lo “suficientemente serio” para los cánones masculinos literarios del momento?

Uno de los aspectos más fascinantes de su obra, que entronca con su mundo interior y su descomunal talento, con eso que, según explicó ella, “emerge de lo más profundo del “yo” de cada persona”, y al que, con todos mis respetos, jamás consiguieron aproximarse los también admirables autores masculinos del boom, es el del componente premonitorio (de su propia vida) en su escritura. Como en Virginia Woolf, la obra de Lispector está tan arraigada en su corporalidad, es tan visceral y física, que, de algún modo, su futuro, mucho de lo que le iba a pasar, quedó escrito antes de que ocurriera.

Pondré algún ejemplo. En primer lugar, resulta escalofriante pensar que después de toda una vida obsesionada y escribiendo sobre los huevos y el misterio del nacimiento (están los relatos El huevo y la gallinaEl huevo, o la novela La hora de la estrella, en donde se refiere de manera insistente a los ovarios “marchitos como una seta cocida” de Macabea), ella misma sufriría de un intratable cáncer de ovarios. Corrigiendo el manuscrito de Un soplo de vida, Olga Borelli le corta del texto la siguiente frase, que sin duda le pareció excesiva: “Le pedí a Dios que le diera a Ángela un cáncer del que no pudiera librarse”. También está la inesperada declaración a Olga, dos años antes: “Voy a morir de un cáncer desagradable”, o la llamada de teléfono que hizo a Jacob Davil Azulay, su psiquiatra: “Mire, doctor Azulay, yo voy a morir exactamente como su madre”, que lo hace de una complicación intestinal. Sin darse cuenta, dejó escrita su muerte mucho antes siquiera de que la enfermedad anidara en su organismo.

Escritoras como ella, que sin duda consiguieron desde el inicio liberar la mente del corsé de la razón, llegaron a cotas expresivas difícilmente igualables, que tienen más que ver con una pulsión interior que con modas, generaciones o corrientes narrativas. La poeta Olvido García Valdés dijo en cierta ocasión que “el arte lo sabe todo del cuerpo del artista, por eso algunos poemas dicen cosas que quien los escribió tal vez no sabía”. La propia Lispector escribió “Soy tan misteriosa que ni yo misma me entiendo”. No en vano, la obra de Clarice Lispector quedó, y sigue quedando, fuera de todo intento de encasillamiento.

 

Cristina Sánchez-Andrade es escritora y traductora de Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector, de Benjamin Moser.

 

 

 

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