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Cómo nacen las dictaduras

14cohenweb-superjumboDamon Winter/The New York Times

Palo Alto, Calif. – «¿Algo está pasando aquí, pero usted no sabe lo que es, ¿verdad, señor Jones?«

Por supuesto que Bob Dylan merecía el Premio Nobel de Literatura. Hoy todos somos Mister Jones. Vivimos la temporada política más extravagante en la historia de los Estados Unidos.

Sólo para que tengamos claro su pedigrí, Donald Trump sugiere ahora que Hillary Clinton «se reúne en secreto con bancos internacionales para tramar la destrucción de la soberanía de los Estados Unidos, con el fin de enriquecer a potencias financieras globales, a sus amigos con intereses especiales y a sus donantes.»

¿Cómo era que los nazis llamaban a los judíos? Oh, sí, simplemente «parásitos sin raíces». Para Stalin eran cosmopolitas desarraigados.

Solo es un decir.

Las sociedades se deslizan hacia la dictadura más frecuentemente de lo que se tambalean, con una barrera cayendo cada vez. «Sólo un bufón,» dice la gente, «y vulgar.» Pero entonces ya es demasiado tarde.

He recordado en las últimas semanas cierto pasaje de la notable novela, «Reunión», de Fred Uhlman, en el cual un orgulloso médico judío alemán, dos veces herido en la Primera Guerra Mundial, y convencido de que los nazis eran una «enfermedad temporal,» arremete contra un sionista por tratar de recaudar fondos para una patria judía:

«¿De verdad cree que los compatriotas de Goethe y Schiller, Kant y Beethoven, se dejarán seducir por esta basura? ¿Cómo se atreve a insultar la memoria de doce mil judíos que murieron por nuestro país? «

Los alemanes se enamoraron de la basura. El Partido Republicano se enamoró de una bazofia.

Hoy en día, millones de estadounidenses que planean votar por Trump aparentemente aprueban que se cometan actos de violencia contra sus vecinos, personas que podrían ser diferentes a ellos, quizás musulmanes o latinos. Es fácil de inyectar el virus del odio: basta con apuntar un arma de fuego.

Que Trump trafica con la violencia es algo irrefutable. Su movimiento quiere acción – se han propuesto deportaciones, detenciones, el asesinato y la tortura-. Lo más preocupante no es que a Trump le guste Vladimir Putin, el carnicero de Alepo, sino que lo imite.

Hablando de los latinos, esto es lo que le pasó el otro día a Verónica Zuleta, nacida en El Salvador y que se convirtió en ciudadana estadounidense hace más de una década. Ella estaba en el sofisticado mercado Draeger  en Menlo Park, cuando un hombre a su lado le dijo:

«Debe irse a Safeway. Esta tienda es para la gente blanca «.

Zuleta se horrorizó. Nunca había recibido un comentario similar sobre su piel morena. Pero incluso el bastión demócrata de Silicon Valley no es inmune al «efecto Trump«: Cosas indecibles en el pasado ahora se pueden decir a todo el mundo. «regresa al lugar de donde vienes» es la frase del día.

En los tres meses después de la votación Brexit en Gran Bretaña, los ataques homofóbicos aumentaron 147 por ciento en comparación con el mismo período del año anterior. Se ha abierto la veda para los intolerantes.

Para Zuleta, las presiones financieras y emocionales se han incrementado. Vive en lo que los visionarios de Google, Facebook y empresas similares consideran el centro del universo. ¿Dónde más, después de todo, la gente piensa seriamente en la consecución de la inmortalidad; o la vida en Marte; o nuevas ciudades flotantes en los océanos; o una renta básica universal para todos una vez que lo inevitable suceda y la inteligencia artificial haga que gran parte de la humanidad se quede sin empleo?

Y Combinator, una gran incubadora de nuevas empresas, ha anunciado que va a llevar a cabo un experimento básico de ingresos con 100 familias en Oakland, dándoles entre $ 1.000 y $ 2.000 mensuales hasta por un año. Sólo para ver lo que la gente hace cuando no tiene nada más que hacer. Oh, Un mundo feliz.

De vuelta al presente, los precios de las propiedades se han disparado. Zuleta vive en un modesto lugar alquilado en lo que solía ser una zona desfavorecida, en Menlo Park Este, al este de la carretera 101, que atraviesa el valle. En realidad, su casa está ahora a un par de cuadras de la sede en expansión de Facebook, diseñada por Frank Gehry y que fue inaugurada el año pasado. Ella hizo la solicitud para un trabajo en la cocina, pero fue en vano. Ella lucha para lograr llegar a fin de mes.

Facebook, ella me dijo, es intimidante para gente como yo. Es como si te dijeran «sal de aquí si no sabes nada sobre tecnología».

Por su parte, Facebook dice que sí se preocupa e invierte en la comunidad: $ 350.000 en becas donadas a organizaciones locales sin fines de lucro en 2015 y 2016, nuevas cámaras de imagen térmica para el departamento de bomberos, y así sucesivamente. Sus ingresos en 2015 fueron 17,9 $ billones.

Zuleta trabaja desde las 6:30 de la mañana hasta medianoche limpiando casas, transportando niños a la escuela y a sus actividades extra-escolares, haciendo mandados para familias ricas (como ir de compras para ellos en Draeger), y limpiando oficinas por la noche. En el interín trata de cuidar a sus dos hijos pequeños. El otro día estaba en la cocina, de repente se desmayó y fue llevada al hospital.

«El doctor dijo que necesito dormir y descansar,» me dijo. «¡Pero no puedo!»

Así es la vida en estos días para muchos estadounidenses: implacable y desorientadora. Como latina, Zuleta afirmó que jamás votaría por Trump, pero ella se siente abrumada.

Algo está pasando aquí, pero usted no sabe lo que es, ¿verdad, señor Jones?

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

The New York Times

How Dictatorships Are Born

Roger Cohen

PALO ALTO, Calif. — “Something is happening here but you don’t know what it is, do you, Mister Jones?”

Of course Bob Dylan deserved the Nobel Prize for Literature. We’re all Mister Jones now. It’s the wildest political season in the history of the United States.

Just to make his pedigree clear, Donald Trump is now suggesting that Hillary Clinton “meets in secret with international banks to plot the destruction of U.S. sovereignty, in order to enrich these global financial powers, her special interest friends, and her donors.”

What was it the Nazis called the Jews? Oh, yes, “rootless parasites,” that’s it. For Stalin they were rootless cosmopolitans.

Just saying.

Societies slide into dictatorship more often than they lurch, one barrier falling at a time. “Just a buffoon,” people say, “and vulgar.” And then it’s too late.

I’ve been reminded in recent weeks of the passage in Fred Uhlman’s remarkable novella,Reunion,” in which a proud German Jewish physician, twice wounded in World War I, and convinced the Nazis are a “temporary illness,” lambasts a Zionist for trying to raise funds for a Jewish homeland:

“Do you really believe the compatriots of Goethe and Schiller, Kant and Beethoven will fall for this rubbish? How dare you insult the memory of twelve thousand Jews who died for our country?”

Germans fell for the rubbish. The Republican Party fell for the garbage.

Today, millions of Americans who plan to vote for Trump are apparently countenancing violence against their neighbors, people who might be different from them, perhaps Muslim or Latino. It’s easy to inject the virus of hatred: just point a gun.

That Trump traffics in violence is irrefutable. His movement wants action — deportations, arrests, assassination and torture have been mooted. The most worrying thing is not that Trump likes Vladimir Putin, the butcher of Aleppo, but that he apes Vladimir Putin.

Speaking of Latinos, here’s what happened the other day to Veronica Zuleta, who was born in El Salvador and became an American citizen more than a decade ago. She was in the upscale Draeger’s Market in Menlo Park when the man next to her said:

“You should go to Safeway. This store is for white people.”

Zuleta was shocked. Never had she encountered a comment like that about her brown skin. But even the Democratic bastion of Silicon Valley is not immune to the Trump effect: Once unsayable things can now be said the world over. “Go back to where you came from” is the phrase du jour.

In the three months after the Brexit vote in Britain, homophobic attacks rose 147 percent compared to the same period a year earlier. It’s open season for bigots.

Financial and emotional pressures have been mounting on Zuleta. She lives in what the visionaries of Google, Facebook and the like consider the center of the universe. Where else, after all, are people thinking seriously about attaining immortality; or life on Mars; or new floating cities atop the oceans; or a universal basic income for everyone once the inevitable happens and artificial intelligence renders much of humanity redundant?

Y Combinator, a big start-up incubator, has announced it will conduct a basic income experiment with 100 families in Oakland, giving them between $1,000 and $2,000 a month for up to a year. Just to see what people do when they have nothing more to do. Oh, Brave New World.

Back in the present, prices for real estate have soared. Zuleta lives in a modest rented place on what used to be the wrong side of the tracks, in East Menlo Park, east of Route 101 that runs down the Valley. As it happens, her home is now a couple of blocks from Facebook’s sprawling headquarters designed by Frank Gehry that opened last year. She asked about a job in the kitchen, to no avail. She struggles to make ends meet.

Facebook, she told me, “is intimidating for people like me. It’s like, get out of here if you don’t know anything about technology.”

For its part, Facebook says it cares about and invests in the local community — $350,000 in grants donated to local nonprofits this year and last, new thermal imaging cameras for the local fire district, and so on. Its revenue in 2015 was $17.9 billion.

Zuleta works from 6:30 in the morning until midnight, cleaning homes, driving children to school and activities, running errands for wealthy families (like shopping for them at Draeger’s), and cleaning offices at night. In between she tries to care for her two young children. The other day, she was in the kitchen, collapsed and found herself in the hospital.

“The doctor said I need to sleep and relax,” she told me. “But I can’t!”

Life is like that these days for many Americans: implacable and disorienting. As a Latina, Zuleta said she would never vote for Trump, but she feels overwhelmed.

Something is happening here but you don’t know what it is, do you, Mister Jones?

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