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Confinamiento

Hoy la mirada de esta ­columna no será hacia fuera, buscando el análisis de la gestión pú­blica de la crisis, sino hacia dentro, en la gestión privada de un confinamiento que representa un complejo reto personal y familiar.

De algún modo, todos estamos aprendiendo a reinventar la convivencia, porque ahora no se trata de compartir la vida, que ya es un reto en sí misma, sino de vivir encerrados en espacios acotados y a menudo muy reducidos, durante un tiempo que no sabemos cuánto durará. Sólo puedo hablar de mi experiencia, porque si cada casa es un mundo, cada confinamiento es un universo. No es lo mismo si hay pequeños o adolescentes, o personas mayores, o si la pareja está en un momento excelente o los ha atrapado en alguna crisis. Y tampoco es lo mismo el cierre familiar, con algún miembro que vaya al trabajo, que aquellos casos, como en la mayoría de las parejas de autónomos, en que el confinamiento es absoluto. Tampoco es lo mismo vivirlo con compañía que en soledad, como les pasa a las personas mayores que viven solas y que ahora deben estar completamente aisladas. Mi madre, por ejemplo, a la que no permi­timos que reciba a nadie en casa, y mucho menos a su bisnieto adorado, aunque no paramos de llamarla.

Con el confinamiento estamos aprendiendo a reinventar la convivencia

 

Sin pretensión, pues, de aconsejar a nadie, y con la única voluntad de hacer una pequeña crónica personal, en casa hemos planteado el confinamiento con deberes previos, todos ellos pactados entre los cuatro miembros (dos hijos) que ahora estamos en casa. Lo primero es entender que esto no son vacaciones, sino una emergencia y que hay que vivirla como una excepcionalidad. Es decir, la hemos tratado como una responsabilidad cívica y nos hemos autoimpuesto respetarla con todas las consecuencias. Al mismo tiempo, nos hemos puesto un horario de trabajo o de estudio, y otro de ejercicio físico, y también hemos buscado, además del ocio personal, alguna actividad de familia que nos permita reír y quitar tensión. Es decir, espacios privados y espacios compartidos, aunque sean espacios muy reducidos. Pero lo más importante es que hemos entendido que el confinamiento obliga a replantear la relación entre nosotros, con la exigencia de acumular paciencia. No sólo tenemos que convivir, sino que tenemos que aguantarnos, y la única manera es minimizando las pequeñas disputas cotidianas. No es suficiente con amarse cuando hay que convivir tantos días, todas las horas. Hace falta también imaginación, tolerancia y ganas de que salga bien. Convertir el confinamiento en un aprendizaje de vida es el reto y es la vocación.

 

 

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