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Convenciendo a mi mamá, que es cubana, de que vote por Hillary

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Lincoln, Nebraska -. El voto cubano-americano en la Florida es un grupo demográfico muy codiciado. Yo solía ser parte de esa votación, pero una reciente mudanza fuera del estado significa que he pasado esta semana viendo el desarrollo de las campañas desde lejos. En esta elección estoy jugando un papel diferente. Soy una promotora no oficial del sufragio de aproximadamente una docena de votantes cubanoamericanos muy desencantados, de los cuales los dos que me preocupan más son mis padres.

Muchos cubanos nacidos y criados en Miami que estamos en los veinte y treinta años de edad nos enfrentamos a esta situación: Nuestros padres han decidido no votar en esta elección. Meses atrás, por todo el condado de Miami-Dade, se podían ver en el césped de muchas casas avisos proclamando «Este es territorio de Rubio.» Estas señales podrían fácilmente haberse traducido  como «Aquí vive una familia cubano-norteamericana». Incluso si no eran precisamente fans de Marco Rubio, para muchos cubanos de Miami la perspectiva de tener un presidente estadounidense de ascendencia cubana era demasiado estimulante como para no abrazarla. (Ted Cruz no parecía contar para nada.) Dejen que los puertorriqueños tengan el primer juez del Tribunal Supremo de origen latino; los cubanos pasaríamos a la historia como los primeros latinos en llegar a la Casa Blanca.

Debido a que rara vez salen de Miami, mis padres tomaron los signos en apoyo a Rubio como una metáfora de que él iba a ganar la campaña. Las primarias de los estados, no obstante, comenzaron a favorecer a Donald J. Trump y a principios de marzo mis padres me llamaron a Nebraska para preguntar: «¿Cómo está ocurriendo esto? ¿Quiénes son estas personas que votan por este payaso? «A continuación, fue el turno de la Florida.

El mapa de los resultados de las primarias  republicanas desde mediados de marzo mostraba a la Florida dando un sólido apoyo a favor Trump, destacándose un gran punto morado en su extremo, Miami-Dade, el autoproclamado Territorio de Rubio.

Aunque por años yo me quejaba ante el hecho de que mis padres eran en su mayoría  votantes-por-un-único-tema,  yo asumí este mismo dato tan pronto Trump aseguró la nominación. Les insté a que votaran por una razón: para evitar que un hombre que comenzó su campaña con un agresivo discurso contra los latinos y cuyos partidarios sacaron una campaña de llamadas automáticas que decían simplemente «No vote por un cubano», ganara la presidencia. Esto fue antes de que se supiera a ciencia cierta por quién tendría que pedirles que votaran.

Valiente es la hija que intenta convencer a su madre cubana de votar por un Clinton. «No puedo votar a favor de la esposa de ese hombre», mi madre me dijo por teléfono después de la Convención Nacional Demócrata. A continuación, anunció que no iba a votar en noviembre. Muchos cubanos-americanos, incluidos mis padres, odian a Bill Clinton por varias razones, la más relevante en este caso es que él era presidente cuando ocurrió la saga del niño Elián González.

En sus mentes, el gobierno de Clinton es el único culpable de la decisión de enviar a Elián – un niño cuya madre se ahogó cuando huía de Cuba con él a finales de 1999 – de regreso a la isla para vivir con su padre en junio de 2000. Muchos especulan que eso le costó a Al Gore la elección, que, por supuesto, dependía del voto de la Florida. En marzo de 2000, el Alcalde Alex Penelas describ la conexión de Gore con las decisiones sobre Elián como «culpabilidad por asociación», y advirtió que la población cubana de Miami consideraría a la administración Clinton responsable de haber devuelto al muchacho. Es posible que haya estado en lo cierto: el 81 por ciento de los cubanos en la Florida votó por George W. Bush en 2000, un porcentaje más alto que el voto republicano presidencial en el estado en 1996.

En diciembre de ese año, durante mi chequeo anual, mientras estaba en casa por vacaciones de  la universidad, mi doctor – un cubano en sus 50 años de edad – me mostró una foto enmarcada de una bandera que él y otros hombres había colgado de un puente de una autopista de Miami. Decía: «Gracias, Elián. En noviembre te recordamos».

Históricamente, gran parte de la animosidad hacia los demócratas se originó con la administración Kennedy. Desde muy joven, me contaron una historia tras otra acerca de cómo John F. Kennedy había frustrado la invasión de Playa Girón. Esta culpa se tradujo en una desconfianza general hacia el Partido Demócrata – una sensación que estaba empezando a desaparecer con los votantes de la edad de mis padres, hasta que Elián la revitalizó. Mientras que el restablecimiento de las relaciones con Cuba por el gobierno del presidente Obama abrió algunos debates familiares productivos, el rencor del año 2000 persiste.

«No puedo creer que Marco Rubio haya realmente respaldado al individuo ese«, me dijo mi madre en el teléfono recientemente, ante el hecho de que Trump ha asumido el papel de Voldemort para nosotros. «Odio a Marco Rubio ahora. Él no enfrentó muchos hechos porque estaba demasiado ocupado compitiendo para ser presidente y luego tiró la toalla. Él no hizo su trabajo «.

«Pero  tienes que hacer tu trabajo», dije, con la esperanza de que se perdiera la ordinariez implícita en mi respuesta. Ella la captó, sin embargo, e hizo un sonido de pedos con la boca. Ella me dijo entonces, «como quieras

Le pedí que pensara en votar a favor de Hillary Clinton como si votara por ella misma, por todas las veces que en su vida un hombre con menos experiencia o entrenamiento que ella terminó siendo su jefe. Le pedí que pensara en ello como un voto por mí, o por mi hermana – dos mujeres cuyos compromisos con sus carreras habían causado a veces que entrasen en conflicto con los hombres en sus vidas. Incluso le pedí que pensara en el voto para la señora Clinton como un voto por su futura nieta, el bebé de mi hermana. No me importó cuán bajos sonaban mis argumentos. Yo no tenía reparos en jugar la carta del género con ella. ¿No había estado ella dispuesta a votar por Rubio partiendo de fidelidades similares?

Más y más amigos cubanos en casa, en Florida, me dicen que sus padres no piensan votar. Nuestras familias no parecen ser conscientes de todas las veces en la historia, en fecha tan reciente como el año 2000, en que sus propios votos en contra de un candidato han jugado un papel decisivo. Todo lo que puedo hacer entre el día de hoy y noviembre es instarlos a que no se queden en casa como gesto de protesta y que hagan lo que siempre han hecho en ocasiones similares: Hacer visible su disgusto por un determinado candidato votando a favor de la persona que compite con él.

Traducción: Marcos Villasmil


Nota Original:

THE NEW YORK TIMES

Convincing My Cuban Mom to Vote for Hillary

Lincoln, Neb. — The Cuban-American vote in Florida is a coveted demographic. I used to be part of this vote, but a recent out-of-state move means I’ve spent this week watching the campaigns work their way there from afar. I’m playing a different role this election. I’m an unofficial get-out-the-vote advocate for a dozen or so very disenchanted Cuban-American voters, the two of most immediate concern being my parents.

Many Miami-born-and-raised Cubans in our late 20s and early 30s are facing this situation: Our parents have decided to sit this election out. Months ago, all over Miami-Dade County, I saw lawns dotted with signs proclaiming “This is Rubio Country.” These signs might just as easily have read, “A Cuban-American family lives here.” Even if they weren’t exactly fans of Marco Rubio, for many Miami Cubans, the prospect of having an American president of Cuban descent was too inspiring not to embrace. (Ted Cruz didn’t seem to count.) Let Puerto Ricans have the first Latina Supreme Court justice; we Cubans would go down in history as being the first Latinos to make it to the White House.

Because they rarely leave Miami, my parents took the literal signs in support of Mr. Rubio as a figurative one that he would win the campaign. States started coming in for Donald J. Trump, though, and in early March my parents called me in Nebraska to ask: “How is this happening? Who are these people voting for this clown?” Then it was Florida’s turn.

The map of the Republican primary results from mid-March shows Florida as a solid Trump red, punctuated by a big purple dot at its end — Miami-Dade County, self-proclaimed Rubio Country.

Though for years I’d bemoaned the fact that my parents were largely one-issue voters, I embraced this once Mr. Trump locked down the nomination. I urged them to please vote for one reason: to prevent a man who started his campaign with strong anti-Latino talk and whose supporters put out a robocall saying “Don’t vote for a Cuban” from winning the presidency. This was before we knew for sure whom I’d have to beg them to vote for.

Brave is the daughter who tries to persuade her Cuban mother to vote for a Clinton. “I can’t vote for that man’s wife,” my mother told me over the phone after the Democratic National Convention. She then announced that she wouldn’t be voting in November at all. Many Cuban-Americans, my parents included, hate Bill Clinton for several reasons, the most relevant one in this instance being that he was president when the Elián González saga occurred.

In their minds, the Clinton administration is solely to blame for the decision to send Elián — a young boy whose mother drowned as she fled Cuba with him in late 1999 back to the island to live with his father in June 2000. Many speculate that it cost Al Gore the election, which of course hinged on Florida. In March 2000, Mayor Alex Penelas described Mr. Gore’s connection to the decisions on Elián as “guilt by association” and warned that Miami’s Cuban population would hold the Clinton administration responsible should the boy be sent back. He may have been right: 81 percent of the Cubans in Florida voted for George W. Bush in 2000, a higher percentage than had gone Republican in 1996.

In December of that year, during my annual checkup while I was home from college, my doctor — a Cuban man then in his early 50s — showed me a framed photo of a banner he and other men had hung off a Miami expressway overpass. It read: “Thank you, Elián. We Remembered in November.”

Historically, much of the animosity toward Democrats originated with the Kennedy administration. From a young age, I was told story after story about how John F. Kennedy had botched the Bay of Pigs invasion. This blame translated into a general distrust of the Democratic Party — a feeling that was beginning to fade with voters my parents’ age, until Elián reinvigorated it. While President Obama’s restoration of relations with Cuba opened up some productive family discussions, the grudge from 2000 persists.

“I can’t believe Marco Rubio actually endorsed what’s-his-face,” my mother said on the phone recently, Mr. Trump having taken on Voldemort status for us. “I hate Marco Rubio now. He didn’t show up for things because he was too busy running for president and then he gave that up. He didn’t do his job.”

“But you have to do your job,” I said, hoping she missed the cheesiness of that segue. She caught it, though, and made a farting sound with her mouth. She said, “Whatever.”

I asked her to think of voting for Hillary Clinton as voting for herself, for all the times in her life when a man with less experience or training ended up as her boss. I asked her to think of it as a vote for me, or for my sister — two women whose commitment to their careers had sometimes caused conflict with the men in their lives. I even asked her to think of a vote for Mrs. Clinton as a vote for her future granddaughter, my sister’s baby. I didn’t care how cheap this sounded. I had no qualms about playing the gender card with her. Hadn’t she been willing to vote for Mr. Rubio out of similar allegiances?

I’ve heard from more and more Cuban friends back home that their parents aren’t voting. Our families don’t seem to recognize all the times in history, as recently as 2000, that their own votes against a candidate have been a deciding factor. All I can do between now and November is urge them not to stay home in protest and to do what they’ve always done in times like this: Make their disgust for a candidate known by voting for the person running against him.

 

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