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Cuando el odio salpica la normalidad

Cataluña es una balsa emponzoñada por el odio. Que las opiniones de un periodista provoquen la ira en gente que, con los ojos enrojecidos y la voz ahogada por la bilis, escupen su vómito cuando se te cruzan por la calle, es grave. Y peligroso.

Este domingo paseaba del brazo de mi mujer por el centro de Barcelona, antigua Ciudad Condal y hogaño albañal al aire libre, sumidero de lo peor. De pronto, un individuo se dirigió a mí con la ‘salivilla’ del rencor resbalando de sus labios carcomidos, arrojándome a la cara una retahíla de insultos e intentando agredirme.

El sujeto iba acompañado de una chica a la que supongo su pareja o, al menos, alguien que le quiere bien, porque intentaba sujetarlo con escaso éxito. Como no es la primera ocasión en la que me veo en tales trances, intenté seguir mi camino. Nunca debe detenernos aquel que solo desea hacernos perder el tiempo, siempre tan breve, tan fugaz.

No fue posible, porque sus palabras corrían parejas con su actitud agresiva. Intento por costumbre ser el sándalo que perfuma el hacha de mi verdugo y atenerme a la máxima de Bernard Shaw, aquella que dice que el odio es la venganza del cobarde. Pero como la cosa iba a mayores, no tuve más remedio que enfrentarme al energúmeno que creyó haber encontrado su momento de gloria al increpar a alguien que ha visto en televisión, y al que considera -son sus palabras- un nazi, un fascista, alguien que no tiene derecho a pasearse por la calle, que debe marcharse de esta tierra, un hijo de puta y un, y esto es recurrente entre los separatistas, gordo. Le faltó añadir calvo y viejo, calificativos que suelen emplear los ignaros cuando pretenden ofenderme.

Como la cosa iba a mayores, no tuve más remedio que enfrentarme al energúmeno que creyó haber encontrado su momento de gloria al increpar a alguien que ha visto en televisión

Si me enfrenté es porque todo tiene un límite y cuando un tal por cual amenaza con romperme las gafas y partirme la cara, ya me perdonarán, pero el hijo de la señora Pepita y del señor Miguel se cree en la obligación de responder. La muchacha que acompañaba al sujeto en cuestión ponía cara de pánico, rogaba a mi mujer que me sujetara, que lo dejara correr. Uno, que ha visto mucho, le dije que no hacía falta dilatar ese encuentro amenazante en una esquina en la que, según el amenazante, me iba a propinar una paliza. Me quité las gafas, porque los miopes sabemos lo que cuestan unos cristales en condiciones y no está la economía para dispendios, invitándole cordialmente a que no esperase, puesto que me tenía allí, delante suyo.

«No me tengo por héroe»

Añado que el bravucón amagaba, pero no acababa de decidirse, acaso porque yo estaba firme ante él, sin gafas y con la serenidad propia de quien está a punto de cometer una barbaridad. Me apresuro a decir que no me tengo por héroe ni por valiente, pero cuando conoces íntimamente las porras de los grises o las palizas en comisaría, y aquí lo dejo, una pelea callejera, aun siendo viejo, calvo y gordo, extremos que no negaré por obvios, no es algo que te paralice.

Tras algún torpe intento, la cosa se saldó con la chica llevándose al caballero, que se daba por satisfecho al haberme insultado, no queriendo arriesgarse a saber si yo era propicio a darle lo que se denomina susto físico. Estoy seguro que esta anécdota, convenientemente aderezada, le dará munición para fanfarronear ante sus compadres de barra, a la que le juzgo aficionado por su aliento, su olor corporal y el deplorable estado de su camiseta sin mangas, llena de manchas y mugre, más sucia aún que su corazón.

Tras algún torpe intento, la cosa se saldó con la chica llevándose al caballero, que se daba por satisfecho al haberme insultado

Eso no es lo más grave, aunque si no puedes pasear por la calle sin exponerte a que el primer descerebrado te insulte, mal andamos. Lo tristísimo es que la escena la presenciaron medio centenar de personas sin que nadie interviniese. Qué lástima de país. El remate llegó cuando, al referir la anécdota en las redes, la cofradía de los lazis, porque el pájaro decía que era de los CDR, empezaron a tuitear diciendo que me lo había inventado y que, al fin y al cabo, era una lástima que no me hubieran apalizado.

De ahí al tiro en la nuca, el paseo por la Rabassada y la checa no hay un paso, hay un milímetro. Esto es Cataluña, señores del Gobierno, señores del PSC, señores de Esquerra, señores podemitas, señores lazis; un lugar en el que, a los constitucionalistas se nos reprocha pasear por las calles, un lugar en el que se niegan las agresiones. Los nazis también negaron el Holocausto. A ellos también les molestaba la discrepancia, la libertad de pensamiento y de palabra.

Soy de los que defienden que la principal regla en una democracia que merezca llamarse así es que puedas circular sin temor a que te amenacen, intimiden, agredan o insulten por sus ideas. Estamos a dos segundos de una desgracia y nadie hace nada por evitarlo. No sé si me explico, Miquel Iceta, Ernest Maragall, Ada Colau, Quim Torra. Ah, y si me pasara algo, Dios no lo quiera, absténganse todos ustedes de venir al hospital o al funeral. Mi familia tiene más mala leche que yo.

 

 

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