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Debate español: Ni Pompa ni circunstancia

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«Adiós al relincho del corcel de batalla,

al tambor que conmueve el espíritu,

al pífano que perfora los oídos,

a la bandera real y todas sus cualidades,

orgullo, pompa y circunstancia de la gloriosa guerra.»

Acto III, Escena III de Otelo, de William Shakespeare.

I

Se dio el único debate previsto para este nuevo ciclo electoral español, luego de que el resultado electoral del 20-D mandara de paseo al bipartidismo, y el juego a dos se convirtiera en uno novedoso a cuatro. Cuatro liderazgos, cuatro partidos (en realidad cinco, ya me explicaré más abajo) y ninguna posibilidad, ante los desencuentros, de formar mayoría en el Congreso de los Diputados.

Este nuevo escenario se inició en realidad en 2014, cuando las elecciones para el parlamento europeo, que significaron la entrada de Podemos al escenario partidista institucional. Una fuerza que ha sido difícil de caracterizar, y de la cual, a ciencia cierta, puede fundamentalmente afirmarse lo siguiente: a) surge en torno a diversas personalidades del mundo académico español, jóvenes en su mayoría, vinculados a esa entidad amorfa y todavía en proceso de autodefinición luego de la caída de un famoso muro y que, por comodidad, denominaremos izquierda; b) han tenido vinculaciones claras, vía una fundación que es previa al partido, con el régimen chavista venezolano, al que han asesorado; c) ven su oportunidad en la política práctica a raíz de las protestas sociales (el llamado “movimiento de los indignados”, surgido luego de la crisis económica de 2008); d) han privilegiado las alianzas con grupos regionales con los cuales les unen fundamentalmente su condición de “anti-sistema”; e) han impactado la praxis política tradicional mediante el uso novedoso –para España; si quisieran hacer un postgrado, deberían estudiar las dos campañas de Barack Obama- de las redes sociales; f) su “target” principal son los jóvenes y todos aquellos que se consideran desahuciados por el sistema socioeconómico; g) su talante estratégico, más allá de las palabras, es profundamente pragmático y los podemitas no han ocultado nunca que su meta inicial, camino necesario para la toma del poder, es superar en votos y escaños al PSOE. 

Es innegable el hecho de que España ha sido el único país donde las protestas sociales a partir del 2008 están cristalizando en un partido de izquierdas. En el resto de los países, el ataque contra el bipartidismo tradicional (conservadores y democristianos vs. socialdemócratas), ha provenido de formaciones de la extrema derecha.

El otro partido nuevo, Ciudadanos, es un partido de origen catalán que decide en 2015 irrumpir en la política nacional, y de entrada le propone un pacto a UPyD (Unión Progreso y Democracia, un partido de corte liberal –de hecho en el Parlamento Europeo forman parte del grupo liberal- y cuyo líder fundacional fuera una antigua socialista, Rosa Díez.) El asunto es que la señora Díez, por razones que quizá algún día explicará (luego de que desfallezcan las pasiones momentáneas y entren en escena las nostalgias por lo que pudo ser), rechaza el pacto para su desgracia, y luego de múltiples rifirrafes con parte de la dirigencia, UPyD, que en las elecciones generales de 2011 había sido la cuarta fuerza, con cinco diputados y un poco más de 1.140.000 votos, en diciembre de 2015 no sacó ninguno, perdiendo casi un millón de votos. Su lugar en el ring partidista, pero con mucho más éxito, lo ocupa hoy Ciudadanos y su joven líder, Albert Rivera.

En defensa del statu quo, están dos fuerzas que han gobernado ha España luego de que Adolfo Suárez, y su hoy desaparecida Unión de Centro Democrático (UCD), le cediera el poder en 1982 a Felipe González y al ya mencionado viejo y venerable Partido Socialista Obrero Español, PSOE (que, según algunos guasones, lo único que le queda es lo de español). Por cierto, debe recordarse que el PSOE es fundado en 1879 por Pablo Iglesias (nada que ver con “El Coletas”, el jefe de Podemos). Hasta 1979 se proclama marxista, y es miembro importante de la Internacional Socialista. Por décadas casi monopolizó el voto de las izquierdas (en España pluralizan los términos derecha-izquierda, probablemente por una tradicional dispersión de esfuerzos entre varias formaciones de cada lado).

Por el otro sector del espectro ideológico, “las derechas”, se encuentra el Partido Popular, otrora Alianza Popular, aggiornada hace poco más de 20 años por un joven dirigente castellano, José María Aznar. Es miembro del Partido Popular Europeo, la actual primera fuerza del continente, una alianza formada por partidos demócrata cristianos y conservadores.

Terminamos esta introducción, explicando por qué mencionábamos lo de cinco y no cuatro partidos. Ello es así porque no hay que dejar por fuera al antiguo Partido Comunista, hoy llamado Izquierda Unida, y que con su joven líder, Alberto Garzón –el político mejor considerado por sus compatriotas, según las encuestas- ha pactado con Podemos, y siempre según las mediciones de opinión, sus 900.000 votos obtenidos en diciembre, trasladados al pacto actual (llamado “Unidos Podemos”), podría generar un hecho inédito el próximo 26 de junio: el llamado “sorpasso”, o sea que Unidos Podemos le quite el vicecampeonato al PSOE, frente a un Partido Popular que según las encuestas repetirá el primer lugar.

Entremos entonces en materia.

II

Un amigo me pregunta: ¿Cómo se determina quién es el ganador de un debate? La cosa no es tan obvia, por múltiples razones. La primera, sin duda alguna, es ¿quién lo determina? ¿Los seguidores de cada candidato? ¿las mediciones –nada científicas- que muestran los medios de comunicación? ¿Existe acaso el “observador objetivo” que verá un debate sin prejuicios de ningún tipo? No es posible.

La realidad es que cada candidato llega al debate con expectativas propias, sobre las cuales diseña su estrategia. La clave estaría en un exitosa gestión de las expectativas, las propias, las de sus seguidores y las del votante independiente. Veamos el caso español:

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Mariano Rajoy confesó a posteriori lo obvio: cuando uno está liderando las encuestas, la meta fundamental es no resbalar, no cometer un error grave, consolidar lo obtenido. En ese sentido, podría decirse que Rajoy cumplió su cometido.

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Pedro Sánchez dio la impresión de que no sabe cómo salirse del sándwich que le han hecho Iglesias y Rajoy; con el segundo, tiene el reto tradicional de la política española, el enfrentamiento de los dos grandes partidos. Pero con Iglesias el reto suena más peligroso, actual y urgente: el que por primera vez en esta etapa democrática el PSOE pierda el liderazgo de la izquierda. Sánchez, en sus argumentos, no aportó nada nuevo a sus afirmaciones en el debate contra Rajoy del pasado diciembre. Sin duda alguna, está en graves problemas. Como me preguntaba mi amigo: “¿si se vota al PSOE, por qué se está votando?”.

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Pablo “El Coletas” Iglesias sufrió ataques muy duros, sorpresivamente de parte de Albert Rivera, sobre todo por su relación con el chavismo, y está realizando una campaña argumental muy distinta a la elección previa; si aquella destacaba el tema del cambio desde la “transversalidad”, superando las categorías izquierda-derecha, ahora, luego de haber pactado con los comunistas, vuelve al discurso de una izquierda renovada, teniendo como objetivo central, como ya hemos destacado, superar al PSOE en el liderazgo de tal sector. En el debate, Sánchez no hizo el mandado necesario. Perdiendo Sánchez, Iglesias gana.

Albert Rivera

Albert Rivera no la tiene fácil. De los dos partidos nuevos, Podemos ha logrado ganar mayores espacios y votos al PSOE que Rivera al PP. Su objetivo es evidente: mantener los votantes del PP que se fueron con Ciudadanos en diciembre, y seguir en la ruta del crecimiento en el espacio del centro-derecha. Con sus modales muy correctos, la verdad es que está con el cuchillo en la boca a la caza de Rajoy. En ello, coincide con Sánchez.

Una paradoja evidente es que Podemos y PSOE, compitiendo encarnizadamente, se necesitan si quieren alcanzar el poder. Iglesias confía en que sobrepasando al PSOE, (y que la suma de las dos izquierdas superen los votos de PP más Ciudadanos, y logren los ansiados 176 diputados necesarios para la mitad más uno), predominen en Sánchez sus instintos más que su inteligencia, o sea que lo  ciegue su rechazo y desprecio por Rajoy, antes que la necesidad de un pacto con el otro gran partido, la llamada Gran Coalición. Pero Iglesias también sabe que, si el PSOE queda tercero, el primer guillotinado será el joven dirigente, por unos barones socialistas que no le perdonarán un resultado inéditamente deshonroso. Se dice que un nuevo SSGG socialista aceptaría en ese caso ‘abstenerse” en el parlamento, permitiendo un gobierno del PP-Rajoy, visto como débil, con poca autonomía y distancia de vuelo. Ello implicaría nuevas elecciones muy pronto.

Rajoy tiene razón en un dato esencial: España es el único país importante de Europa Occidental donde los socialistas se niegan a un pacto con el otro gran sector democrático (el PP, como decíamos arriba, representante hispano en el Partido Popular Europeo). Incluso en las instituciones europeas, como el parlamento, funciona dicho acuerdo sin problemas. 

 

Una publicidad del Partido Popular:

 

Iglesias ha profundizado un pragmatismo que siempre ha demostrado en los eventos electorales. Como ha pactado con los comunistas, y queriendo bajar la presión, ha llegado a afirmar que “Marx y Engels eran socialdemócratas”; claro, también lo fueron Stalin, Lenin, Trotsky, Castro, etc. Y los comunistas, bien gracias.

Por otra parte, un error común ha sido pensar que el cambio de dos opciones a cuatro significaría el fin del “clivaje” (escisión) derechas-izquierdas, por uno de cambio versus statu quo; vistas las maromas que están haciendo Iglesias y Rivera, puede notarse la existencia de defensores de tales posturas (cambio versus statu quo) en ambos sectores de la división derechas-izquierdas. De hecho, sorprende que no se haya insistido lo suficiente en un clivaje “sistema-antisistema”, de tres contra uno, formado por PP-PSOE-Ciudadanos, versus Unidos Podemos. Las diferencias entre los tres partidos, y la conducta de Sánchez luego del 20-D, dispuesto a todo con tal de que Iglesias le diera la bendición como jefe de gobierno, lo impidieron.

¿Mi opinión? El debate concluyó cero a cero (salvo Sánchez, al que le sacaron tarjeta roja), y vamos a la tanda de penaltis el domingo 26. Hubo muy poca pompa y circunstancia. Ninguna sorpresa, por lo demás, conocida la calidad de los participantes. 

¿Quiénes pueden ser presidentes de gobierno, a la vista de las encuestas? ( y que lo visto en el debate confirma): solo dos pueden serlo, como después del 20-D, pero uno de los actores cambia. El presidente del gobierno después del 26-J estaría entre Mariano Rajoy (o alguien más del PP) y Pablo Iglesias.

Eso sí, si no se produce de nuevo la «tranca» del primer semestre, donde todos de alguna manera vetaban a uno o a varios contrarios, haciendo imposible que los números dieran. 

Sánchez tiene un solo chance de supervivencia: que las encuestas -todas- se equivoquen, pero bastante, que el PSOE supere a Unidos Podemos y que la suma de ambos sea 176 diputados, o más. Y aún así dependería de los caprichos y malcriadeces de Iglesias. 

Lo contrario, que se produzca el sorpasso, y que Unidos Podemos logre el segundo puesto, exigiendo entonces Iglesias a Sánchez que lo apoye como presidente, ha sido negado por el propio Sánchez, y es algo que seguramente los barones regionales socialistas no permitirían. 

¿O es que acaso se imaginan, amigos lectores, al PSOE llevando al poder por primera vez en la historia, a un partido comunista de la Europa post Segunda Guerra Mundial, y por vía electoral? Porque no solo es que Izquierda Unida es el antiguo partido comunista español, sino que es evidente que Iglesias y sus cohortes son fans de diversas formas de socialismo autoritario, admiradores de la revolución cubana, y asesores del chavismo. 

Edurne Uriarte, periodista de reconocida experiencia e inteligencia, llama la atención en una nota del ABC sobre un hecho que muchos opinadores y analistas dentro y fuera de España han notado, salvo la clase dirigente -partidista o no- de ese país: «la mayoría no se atreve a llamar a Podemos e Izquierda Unida por su nombre» (…); «lo indudable es que los extremistas han logrado la legitimación suficiente para formar Gobierno. Han conseguido la «normalización» de su marca, la interiorización social de Unidos Podemos como una coalición perfectamente aceptable desde todos los estándares democráticos para dirigir España.»

No le falta razón, en estos tiempos en que la dejadez ética se confunde con «ser abierto» y  a veces incluso con esa redomada estupidez de lo «políticamente correcto». A fin de cuentas ¿si lo han hecho, por años, varios presidentes latinoamericanos con el chavismo, por qué no se puede hacer en la metrópolis fundacional? En España, los únicos «ultras» son de derechas. 

III

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Las encuestas destacan que hay todavía un porcentaje bastante alto de indecisos (casi un 30%); pareciera que estos ciudadanos están viviendo una versión muy negativa de la paradoja señalada por el filósofo escolástico Jean Buridan, el asno de Buridan” (realmente el primero que la planteó fue Aristóteles, pero esa es otra historia): un asno que, de regreso a su establo después de un día de labor, con hambre y sed, se encontró con un cubo lleno de agua y otro de avena; se puso entonces a pensar si le convenía comer o beber, y en medio de una gran indecisión, se murió. No supo qué elegir. Como al parecer millones de españoles hoy.

Los dirigentes partidistas lucen, en estos días pre-electorales parte 2, como esos partidos de fútbol importantes, que llegan al minuto noventa con empate, y luego siguen igual en la prórroga, sin posibilidad de hacer cambios en los jugadores, arrastrando los pies por el cansancio, y rogando que llegue pronto la tanda de penaltis. El problema es que ningún team partidista parece contar con buenos pateadores, con resolución, sangre fría y entereza. Y si bien en fútbol el cero a cero a veces puede ser un resultado aceptable y legítimo, en esta oportunidad, la amenaza de una tercera elección por incapacidad de lograrse consensos, sería algo muy negativo para el sistema democrático.

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 La campaña electoral, a punta de repeticiones, ha recordado el estimable filme “Groundhog Day” (el día de la marmota). Todas las maneras como se encara la campaña son algo que hemos visto varias veces ya.

Al final, todo señala que el resultado del próximo domingo 26 de junio volverá a reflejar un sistema político dividido (en votos, propuestas y visiones), en deuda con una ciudadanía crecientemente molesta, por unas divisiones que reflejan la vieja incapacidad de los políticos de mirar más allá de sus ambiciones y de sus prejuicios.

Para que haya gobierno post 26 de junio, y no terceras elecciones, se requiere que al menos uno de los cuatro candidatos cambie de opinión y ofrezca un apoyo hasta ahora inédito. ¿Quién lo hará?

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