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Armando Durán / Laberintos: El fin del bipartidismo en España

 

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   El próximo domingo, 35 millones y medio de españoles acudirán a las urnas para elegir un nuevo parlamento y un nuevo presidente del Gobierno.

¿Lo lograrán?

   Hace seis meses lo intentaron y no pudieron. La súbita aparición de dos nuevos partidos políticos, Podemos, de izquierda radical, antisistema y populista, y Ciudadanos, de derecha como el Partido Popular pero con una visión del mundo moderna y tolerante. La súbita aparición de estos dos partidos, ambos de gente joven y ajenos por completo de la tradición electoral española dominante en las 11 elecciones generales celebradas en España desde el fin de la dictadura franquista, provocó un vuelco político de consecuencias todavía imprevisibles. Por una parte, el descrédito, al parecer irreversible, tanto del Partido Socialista Obrero Español, izquierda dura en tiempos de la República y del franquismo, edulcorada a lo largo de los años de democracia por influencia de la gradual deriva neoliberal de Felipe González, como de la derecha, cada vez más rancia, del PP. Por la otra, la fragmentación del menú de opciones políticas a disposición de los ciudadanos, que deja sin anclaje ideológico claro a esa media España que hasta ahora buscaba su destino en el centro seguro del espectro político, y al hacerlo, transforma lo que era un cómodo equilibrio de fuerzas políticas, apuntalado en un bipartidismo sin mayores fisuras, en una turbulenta suma de minorías insuficientes para poder llegar a gobernar de acuerdo con las normas de un sistema de gobierno parlamentario. Como ha ocurrido en la Italia que surgió de las cenizas de la II Guerra Mundial.

   Esta ingrata historia del distanciamiento de los partidos políticos tradicionales con respecto a la conciencia y el corazón de los ciudadanos estalló dramáticamente en el año 2008, cuando la quiebra de grandes bancos de inversión estadounidense, amparados por sus vínculos con la cúpula un poder político cada día más al servicio de los grandes círculos del poder económico y financiero, provocó una crisis que no cesa.

    Esta tormenta llegó a Europa por Islandia, en octubre de aquel año, y destapó la maloliente olla podrida que la alianza político-financiera le había ocultado a la población de la pequeña nación casi ártica con las luces deslumbrantes de un falso milagro económico. Los ciudadanos, indignados por la complicidad de la clase política en aquella catástrofe, salieron a las calles a rechazar el pago de una deuda externa inmensa que sólo había servido para alimentar la corrupción y maquillar la turbia realidad del país, derrumbaron estrepitosamente al gobierno y dieron un ejemplo que muy pronto se convirtió en el modelo que justificaría la formación en toda Europa de lo que muy pronto se llamó “Movimiento 15-M”, colectivo esencialmente juvenil y sin fronteras, que a partir de las grandes protestas que tuvieron lugar en muy diversas ciudades del viejo continente el 15 de mayo de 2011, convirtieron en bestseller un libro, ¡Indignaos!, de Stéphan Hessel, escritor y prestigioso diplomático francés que había firmado la Declaración de los Derechos Humanos que marcó el nacimiento de la ONU en 1948. Como resultaba inevitable en aquel crucial cruce de caminos, las manifestaciones de protesta y las palabras de Hessel excitaron hasta el paroxismo la imaginación rebelde de la juventud en el mundo desarrollado y supuestamente feliz, mayoritariamente condenada a la marginalidad, la miseria y, en el mejor de los casos, al subempleo. Por culpa, sostenían, de la globalización, el imperio de la banca y la corrupción de los partidos políticos.

    Antes, el 7 abril de aquel año 2011, miles de españoles, agrupados en la plataforma estudiantil llamada “Juventud sin futuro”, ya habían participado en una gran manifestación contra las políticas económicas del PSOE, comenzando por la muy neoliberal reforma laboral promovida por el gobierno “socialista” de José Luis Rodríguez Zapatero, en la que tanto habían insistido los gremios empresariales, y contra la partidocracia en general. De aquellos vientos de tormenta surgieron en las elecciones del 20 de diciembre estos dos nuevos partidos, Podemos, que bajo la conducción de Pablo Iglesias, y al parecer con financiamiento del gobierno “bolivariano” de Venezuela, alimentó el malestar de los ciudadanos con un discurso antisistema y populista, y ocupó por sorpresa el tercer lugar en la preferencia de los electores, con 12,69 por ciento de los votos emitidos y 42 escaños parlamentarios. El otro recién llegado, Ciudadanos, enarbolando las banderas de un centro-derecha amable y moderno, hizo otro tanto, haciéndose con casi 14 por ciento de la torta electoral y quitándole al PP una cuarentena de escaños.

 Esta doble e inquietante irrupción en el escenario electoral español de dos nuevos competidores, además de arrebatarle casi 27 por ciento del electorado a los dos grandes partidos españoles, significó un duro golpe para la gobernabilidad en España. El PP, que cuatro años antes había conquistado una mayoría absoluta de escaños en el Congreso de los Diputados, apenas lograba ahora 28 por ciento de los votos, cifra que limitó su cosecha a 123 escaños, 63 menos que en las elecciones de 2011. Por su parte, el PSOE, con apenas 22 por ciento de los votos, sólo obtuvo 90 escaños, 20 menos que en 2011.

   La consecuencia de este doble descalabro electoral fue que ninguno de los dos pudiera formar gobierno. Después de las Navidades, el rey Felipe VI le encargó a Mariano Rajoy, por ser jefe del partido más votado, la responsabilidad de formar gobierno. No pudo. La única combinación aritmética posible para conseguir el apoyo de la mitad más uno de los diputados electos el 20 D era pactando con Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, pero Sánchez y los jefes regionales de su partido, los llamados “barones” del socialismo español, ni siquiera aceptaron no negarle a Rajoy, que sólo contaba con los diputados de Ciudadanos, la oportunidad de formar un gobierno de minorías. Por otra parte, la alianza natural del PSOE era con Podemos, pero los votos de ambas agrupaciones no bastaban para alcanzar la cifra mágica de la mitad más uno de los votos parlamentarios. Con Ciudadanos como tercera fuerza posible podía haberla completado completarla, pero Albert Rivera, el joven líder de esa agrupación emergente, si bien daba la impresión de entenderse perfectamente bien con Sánchez, se negó a integrar una coalición con Podemos por las diferencias ideológicas que los separaban. Por su parte, el PSOE también terminó vetando a Podemos, porque no podían convivir con la posición de Iglesias en favor de un referéndum en Cataluña para decidir a punta de votos si la región seguía siendo una región autónoma dentro de la entidad nacional de España, o si emprendía un rumbo nuevo como nación independiente.

   Ante estas contradicciones insuperables, al rey no le quedó otro remedio que convocar la celebración de nuevas elecciones para este 26 de junio, a ver si de esta nueva votación surgía una nueva realidad parlamentaria, y los partidos, todos minoritarios porque la muerte del bipartidismo ya es irreversible, conseguían ponerse finalmente de acuerdo para construir una mayoría, del color o los colores que fueran, y salir de la crisis que significa tener un gobierno sólo “en funciones.

   Por culpa de esta desafortunada suma de insuficiencias numéricas es que los españoles volverán este domingo a los centros de votación. Animados por la esperanza de destrancar ese día el juego político y contar al fin de un nuevo y relativamente estable gobierno en condiciones de seguir siéndolo durante algunos años, pero es evidente que el problema de la ingobernabilidad continuará estando presente después de estas elecciones. Según todas las encuestas, las combinaciones posibles para formar gobierno no han dejado de parecer imposibles. Más bien, todos los indicios hacen pensar que pueden llegar a ser peores, pues en estas últimas semanas de incertidumbres, Izquierda Unida, el viejo partido comunista español, y Podemos, han llegado al acuerdo de acudir a estas elecciones juntos, bajo la denominación de Unidos Podemos, cuyo primer efecto ha sido desplazar al PSOE del segundo puesto en los últimos sondeos de opinión publicados el domingo pasado.

    Las previsiones que registran las encuestas ordenados por los cuatro principales medios impresos españoles son los siguientes: El País estima que el PP obtendrá entre 113 y 116 diputados; Unidos Podemos, entre 92 y 95; el PSOE, entre 78 y 85; y Ciudadanos, entre 37 y 41. Los otros periódicos, ABC, El Mundo y La Razón difieren en unos pocos e insignificantes registros, de modo que el tema de la gobernabilidad seguirá siendo la semana que viene una incómoda incógnita. De nuevo sólo la suma del PP y el PSOE garantizarían, como ocurría tras la votación del 20 de diciembre, una mayoría suficiente, pero Sánchez ha ratificado que de ningún modo su partido acompañará a Rajoy en el empeño de formar gobierno, aunque, y esa es una notable rectificación con respecto al anterior intento, en esta ocasión, para devolverle a la realidad política española aires de normalidad, se abstendría de oponerse a que el PP y Ciudadanos formen un gobierno minoritario, extremadamente débil, por supuesto, e inestable, pero suficiente para poder gobernar, siempre y cuando el nuevo gobierno negocie puntualmente el respaldo parlamentario del PSOE.

    Una nueva alternativa se viene insinuando estos días. Según han dejado entrever fuentes próximas a Podemos, Iglesias estaría dispuesto a no darle su apoyo a la propuesta del referéndum y propondría en cambio que el Partido Socialista Unido de Cataluña (PSUC) y los movimientos separatistas catalanes negocien entre ellos una fórmula alternativa aceptable por todas las partes involucradas. Por su parte, Sánchez ha declarado que no vetará la integración del PSOE en una coalición con otros partidos de izquierda, es decir, con Podemos, si se liman algunas asperezas. Como el tema del referéndum catalán. De acuerdo con estas novedades de última hora, las elecciones del domingo podrían terminar en la organización de dos fuerzas ideológicas contrapuestas, un frente de derechas, PP y Ciudadanos, y otro de izquierdas, PSOE y Unidos Podemos, ambos moderados, al menos durante algún tiempo, por la presencia del PSOE y de Ciudadanos. No parece probable, sin embargo, que por sí solas estas alianzas consigan el apoyo mayoritario del Congreso, en cuyo caso tendrán que negociar con los pequeños grupos parlamentarias un respaldo por el que sin duda se verán obligados a pagar un alto precio político.

   En esta compleja realidad político-electoral, ocurra lo que ocurra, los grandes perdedores del domingo serán Rajoy y Sánchez. Mientras sea presidente del gobierno, Rajoy podrá conservar su ya debilitado liderazgo partidista, pero sólo mientras siga siendo presidente del gobierno. A Sánchez la situación se le presenta igual de mala, pues si fracasa en su propósito de sustituir a Rajoy en el Palacio de la Moncloa, comenzará sus últimos pasos como secretario general del PSOE, de manera muy especial, si como todas las encuestas indican, su partido sólo obtiene mayoría en Andalucía, el feudo de Susana Díaz, aspirante precisamente a disputarle en septiembre la Secretaría General y ser la candidata del PSOE a la presidencia del Gobierno en las próximas elecciones, dentro de cuatro años o, probablemente, mucho antes. Entretanto, Unidos Podemos y Ciudadanos, impulsados por el creciente malestar que sienten las juventudes de izquierda y de derecha ante la actitud y los valores de sus mayores, en este caso del PP y del PSOE, seguirán avanzado, a velocidad vertiginosa, en su proyecto de convertirse, a muy corto plazo por cierto, en las dos principales, pero no únicas variables de la nueva ecuación política española.

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