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Dengue, coronavirus y la vieja historia de tener que pelearla

Enfermó de dengue y la cuarentena la encerró en su casa. Una historia real del Conurbano.

Ella tiene 52 años y ocho hijos vivos. “El mayor falleció; hubiera cumplido 36 este 21 de abril”, dice. Vino de Bolivia por primera vez a los 16 y a los 18 ya se instaló definitivamente en la Argentina, siempre limpiando “casas de familia”. El lunes 2 de marzo a la mañana, un día antes de que se detectara el primer caso de coronavirus​ en la Argentina, se sintió mal. “Me temblaban las piernas”, cuenta. Hizo unos trámites para el colegio de sus chicos más chicos (13 y 16) y al mediodía la cabeza le estallaba. A la noche fue a la guardia del Hospital Fiorito, le hicieron análisis y le dijeron que llamase al día siguiente. Llamó. El diagnóstico estaba claro: dengue. “Tome paracetamol y mucha agua”, fue la prescripción. Tenía por delante 15 días de fiebre, malestar y, por supuesto, imposibilidad de ir a trabajar, además de una vida de cuidarse de los mosquitos.

Empezaba a recuperarse cuando, pandemia mediante, el Gobierno decretó la cuarentena. Aislamiento social preventivo obligatorio, su nombre completo. Las semanas sin trabajar ya sumaban cuatro y, de acuerdo con el anuncio presidencial de este domingo, serán como mínimo seis.

Ella vive desde hace 15 años en un barrio cercano a Villa Domínico. En su momento compró el terreno, que era un baldío, aunque varios de sus vecinos directamente se asentaron. Aún espera la escrituración. “Ya me censaron”, se esperanza. Tiene cloacas, agua corriente y pavimento. La luz no la paga. Está separada del padre de sus tres hijos menores, que aún viven con ella. El hombre, insinúa, tomaba mucho, igual que su primer marido, del que se alejó por la misma cuestión. Da a entender que sufrió violencia de género. Explica que repitió la historia. Y no le gusta.

Trabaja en seis casas, todas entre Palermo y Belgrano. A sus empleadores les dice “Don” o “Doña”. Alguno le paga en blanco, otros en negro. Le tienen confianza, lo que se refleja en su llavero a punto de explotar. Plancha, también, y en algún caso cocina. Tarda entre una hora y media y dos horas en llegar. Depende de que ande bien el subte. Complementa la plata que gana limpiando con una pensión de $14.000 por tener más de siete hijos.

No lo dice así, pero dice que se hizo sola. “Me propuse que a mis hijos no les iba a faltar nada. Que estudiaran y supieran vivir la vida”. No terminó la secundaria, pero sus hijos sí (salvo los dos menores que aún la cursan). Nunca le regalaron nada y por eso es previsora. A ella, pese a todo, incluso pese al dengue​, la cuarentena no la agarró sin respaldo.

Desde que se compraba un paquete de galletitas y comía sólo la mitad y reservaba el resto para el día siguiente sabe que, si se puede, siempre hay que guardar para las épocas de vacas flacas. Por eso, ahora está preocupada, pero no desesperada. Tiene un resto, y la ayudan los hijos. “Tengo para un tiempo. Después no sé… Para un año no”, dice, poniendo un plazo de ciencia ficción en un mundo que ya todos los días nos regala imágenes de distopía.

La inquieta más lo que pasa a su alrededor. “En el barrio hay mucha gente que vive al día, no sé cómo van a hacer. No están preparados”. Escucha llorar a los chicos de los vecinos, hartos del encierro, y ve que algunos se juntan igual en grupo en la calle, aunque “la cuarentena se respeta bastante y la policía pasa seguido”.

De algún modo, probablemente por su propia experiencia, sabe que esta racha, que va de mala a peor, en algún momento va a terminar. Que volverá a trabajar y sus hijos a estudiar. Sabe recibir los golpes y aguantarlos. Los del coronavirus, que pueden ser durísimos, no serán los primeros ni los últimos. La vida seguirá.

Su dura historia no es la más dura del conurbano. No pretender ser ejemplo ni tiene moraleja. Es, apenas, ni más ni menos, una historia, como la de otros miles que viven peleándola. Por eso valía la pena contarla.

 

 

 

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