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Despachos desde Milán [1]: coronavirus, paciente cero

Todos sabíamos que en cualquier momento el coronavirus Covid-19 iba a sentar plaza en Europa. Las facilidades de la globalización, cuyas más tempranas manifestaciones han sido precisamente las epidemias, propiciaban el acontecimiento. Quiso el azar que fuera Italia el epicentro de las angustias. Y ya en la península, tenía que ser la región del norte, por ser la más poblada, donde se contarían las primeras víctimas del contagio.

Los orígenes orientales de la enfermedad estimulan las más siniestras asociaciones. La gran epidemia de 1918, una devastadora muestra de la capacidad globalizadora de estos virus, fue conocida por nuestros abuelos como “gripe asiática”, remitiendo a su procedencia. Pero suponer no es saber, como diría en otro contexto Simone de Beauvoir. La aparición de los primeros casos ha sido recibida por los habitantes de estas regiones con alarma y confusión. La primera pregunta que se hacen es la de siempre: ¿por qué nosotros entre todos los países de la Comunidad Europea? Y la segunda: ¿por qué nosotros, aquí en Veneto, Piemonte y Lombardía, y no en otras regiones de Italia? Ninguna de las dos preguntas ha encontrado ni encontrará una respuesta satisfactoria. Al fin y al cabo, como diría el poeta, «el azar es la única divinidad que permanece insobornable”.

 

Una mujer usa una máscara protectora en la Galería Vittorio Emanuele II, en el centro de Milán, el 24 de febrero de 2020. El norte de Italia ha tomado medidas de seguridad contra el COVID-19, el nuevo coronavirus. Fotografía de Andreas Solaro | AFP.

 

La respuesta de las autoridades ha sido oportuna y eficaz. No obstante, los epidemiólogos no disimulan su preocupación. Para una respuesta adecuada a cualquier epidemia, es necesario seguir una serie de protocolos sin los cuales no es posible evitar el contagio y la propagación. Los epidemiólogos son cartógrafos consumados. El mapa de cada infección, donde se señalan el origen, rutas y extensión del mal, son una escritura rigurosa y apasionante. No obstante, como insistía Aristóteles, lo primero es lo primero, lo que antecede a lo segundo y a todo lo demás.

Y aquí es donde flaquea el mapa de la expansión de esta nueva epidemia viral. Las autoridades, a pesar de las meticulosas pesquisas, no saben aún cómo llegó el coronavirus a Italia. Para la tarde del lunes 24 de febrero de 2020 se contaban siete personas muertas, todas por haber entrado en contacto con un portador. El caso es que hasta ahora no se ha precisado la primera persona que llegó al país portando el virus. Pocas veces una búsqueda sanitaria ha sido tan intensa y con resultados tan frustrantes hasta ahora.

Encontrar al paciente es fundamental porque, como refieren los especialistas, “la infección podría haber circulado silenciosamente desde enero. Algo que le permite su largo período (dos semanas) de incubación”. En el caso de Italia, ninguna de las personas afectadas estuvo recientemente en China. Y hay quienes piensan, está permitido pensar de todo cuando nos enfrentamos a lo desconocido, en el peor de los escenarios posibles, es decir, que se trate de infectados “autóctonos”. En sana lógica, cuyo funcionamiento nadie garantiza en esta situación, por lo menos uno de los pacientes tiene que haber estado en contacto con alguien llegado de China.

“El primer contagio es el de un italiano que nunca ha estado en un país del Lejano Oriente”, revela uno de los especialistas en enfermedades contagiosas. Los más realistas de los médicos señalan la inutilidad de la búsqueda del paciente cero: “Evidentemente circuló silenciosamente entre nosotros desde enero… y fueron tratados como víctimas de la influenza propia de la estación. Los pacientes que vemos ahora podrían pertenecer a una segunda o tercera generación”. Para abundar en la peligrosidad de la epidemia se comienza a hablar de pacientes asintomáticos, que pueden extender la epidemia de manera silenciosa pero fatal.

 

El 23 de febrero de 2020, habitantes de la pequeña ciudad italiana de Casalpusterlengo compran en un supermercado en pequeños grupos de cuarenta personas. También se fotografiaron en Milán supermercados que han quedado vacíos. Fotografía de Miguel Medina | AFP.

 

Mientras los detectives epidemiológicos y sus cartógrafos siguen adelante con una pesquisa que amerita los talentos de un Sherlock Holmes, la población vive en la incertidumbre. Las medidas que se han adoptado son drásticas. Suspendidas las actividades docentes en toda Lombardía, la región más afectada. Cerrada La Scala por primera vez desde la Guerra, lo mismo el Piccolo. San Siro, el venerable estadio de fútbol construido en tiempos de Mussolini, ha suspendido los encuentros. Pero la ansiedad se profundiza y el resultado, como bien puede y suele suceder, es un temor que adopta actitudes extremas, como vaciar los automercados, encerrarse en la casa, evitar la circulación y los contactos fuera del círculo familiar.

No obstante, lo más devastador para la mayoría de población no afectada se presenta a nivel de la psique. La inquietante sensación de lo que llamamos inseguridad existencial se expresa en insomnios, irritación y tristeza. Creo recordar, porque la leí hace más de cincuenta años, que algo parecido se presenta en La peste, de Camus, cuando se establece la cuarentena. Aunque aquí, en Milán, no va más allá, hasta el día de hoy, de una cuarentena virtual, los efectos son los mismos.

Se siente el cerco con una inmediatez inquietante. Tenemos la impresión de estar sometidos a un toque de queda. Cuando nos atrevemos a salir, miramos a los lados y hacia atrás para ver si alguien o algo nos sigue los pasos. Una sensación de cuarentena generalizada, la idea reiterada de estar sitiados por un enemigo que no muestra la cara. La conciencia de que todos somos posibles víctimas sin haber incurrido en conductas reprobables. Respirar el mismo aire que respira un afectado es suficiente para enviarnos a un servicio de cuidados intensivos con un pronóstico nada optimista. En esta ciudad, lo mismo que en el resto del norte de Italia, nos sentimos como rehenes indefensos de un virus.

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Alejandro Oliveros es poeta, ensayista, traductor, y crítico literario. Nació en Valencia, Venezuela, el 1 de marzo de 1948. En 1971 fundó la revista Poesía y más tarde dirigió Zona Tórrida hasta 2008. En marzo de 2012, Pre-Textos publicó su poesía reunida entre 1974 y 2010 en el libro Espacios en fuga. Desde 1981 ha sido profesor de literatura inglesa y norteamericana en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, y entre 2004 y 2008 Jefe del Departamento de Literaturas clásicas y occidentales. Desde 1995 escribe su Diario Literario, textos reunidos en más de diez volúmenes de diversas editoriales. Actualmente, los publica en línea en Prodavinci.

 

 

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