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Diario de la cuarentena (6): Leonas… en sus jaulas

Allá afuera, en las casas que rodean la mía, se libran las verdaderas batallas. Pienso en las leonas enjauladas que cuidan a los suyos

Después de seis días de cuarentena y diez sin ir al periódico, empiezo a notar cómo se entumece mi estado de ánimo. Como sólo a las baldas de las bibliotecas les está permitido combarse, busco el pellejo de los demás para templar el mío. Allá afuera, en las casas que rodean la mía, se libran las verdaderas batallas. Un pelotón de mujeres viene a mi mente como una manada de leonas a las que la naturaleza les impuso la tarea de ir a cazar.

Pienso en las madres de autistas o discapacitados que nada entienden de todo esto. Los imagino a ellos caminar de una habitación a otra en un piso de sesenta metros preguntando cuánto falta para la hora de los aplausos, cuándo saldrá la vacuna que cure el coronavirus, en qué momento volverá todo a ser como antes. Desgastan las preguntas y los plazos más que las pastillas de jabón.

 

Un pelotón de mujeres viene a mi mente como una manada de leonas a las que la naturaleza les impuso la tarea de ir a cazar

 

Intento imaginar qué contestan ellas, de qué hilo tiran para mantener la cordura en esas casas en las que se acumulan los vapores y las preguntas. Las imagino fregando los platos, sumidas en el silencio de siempre, y estrujando con fuerza esa mancha que no sale, mientras se las ingenian calculando qué harán cuando las echen del trabajo.

Pienso en las hermanas, hijas y mujeres que sostienen a los que no pueden valerse por sí mismos, también en las que salieron corriendo a buscar con quién dejar a sus hijos, porque el padre o la madre con Alzheimer ha dado positivo en el test del coronavirus. ¿Adónde van y qué hacen cuando les entra a ellas el pánico de la tos?

Reconstruyo e imagino sus esfuerzos para recordar la hora de la medicación del hipertenso, los malabares para cumplir esta o aquella pauta de alimentación del hijo diabético, la estampida al súper y el gesto exhausto con el que cierran la puerta de sus casas tras arrancarse los guantes. ¿Y las que necesitan completar el ciclo de la quimio? ¿O las que intentan ayudar a sus enfermos?

 

Leonas enjauladas que cuidan a los suyos. A ellas la vida no les deja tiempo de subir a Instagram sus platos de arroz con tomate frito

 

Pienso en la chica del octavo, encerrada en un palomar con tres criaturas y un pelotón de pinzas para tender la ropa. Pienso en las leonas enjauladas que cuidan a los suyos. A ellas la vida no les deja tiempo de subir a Instagram sus platos de arroz con tomate frito, tampoco las pantuflas renegridas de tanto ir de un lado a otro. Me hago a la idea del agotamiento que sienten las que cumplen guardia en un hospital o el dolor de varices de las que cobran en los supermercados mientras se preguntan cómo estarán sus hijos.

Casi nunca salgo a la hora del aplauso, porque me pilla apurando el punto final de este diario. Intento entregar con puntualidad. Mis compañeros de mesa son buenos, pero no infalibles y a ellos también se les acumulan las noticias de los otros redactores. Pero hoy acabaré antes, y como no estoy segura de que nadie aplauda a ninguna de las mujeres en las que he pensado, me plantaré en la ventana y chocaré mis palmas por ellas. Quizá las vea asomadas a la ventana de las casas convertidas en jaulas, aplaudiendo y gritando, ellas también, a ver si pasa rápido la angustia de estos días sin final.

 

 

 

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