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Editorial: Uruguay en el espejo chileno

Flag-Pins-Chile-UruguayChile demostró que se puede negociar con éxito comercialmente con grandes países, y hasta con el “imperialismo yankee”, sin por eso ceder en convicciones internacionales profundas que implican el respeto del derecho internacional.

El 2016 nos dejó un tratado de libre comercio con Chile que debe ser ratificado por el Parlamento para entrar en vigencia. Hacia fines de este año habrá en Chile elecciones presidenciales. Prestar atención entonces a la evolución del país trasandino y a sus perspectivas políticas nos es útil como espejo regional, para superar el encierro permanente de nuestras comparaciones con Brasil o con Argentina.

Desde 1994 Chile tiene un PBI per cápita medido en paridad de poder adquisitivo superior al nuestro. Por aquel entonces eran similares y estaban en el eje de los 12.000 dólares (valor 2011). En 2014, el nuestro era algo menor a 20.000 y el chileno cercano a 22.000 dólares. En esas dos décadas, los dos países tomaron caminos de desarrollo bien diferentes.

El camino chileno implicó una apertura al mundo muy importante. Decenas de tratados de libre comercio ha firmado Santiago de Chile desde 1990, la mayoría de ellos impulsados por gobiernos de izquierda. En efecto, a pesar de lo que piensa el frenteamplismo militante, encerrado sobre sí mismo y dependiente de la patria grande y del Mercosur, existe una izquierda capaz de abrirse al mundo sin complejos ni limitaciones.

La ilustración de su tratado de libre comercio con Estados Unidos es en este sentido bien elocuente. En 2003, la negociación de la administración Lagos con la administración Bush (hijo) se llevó adelante y llegó a buen puerto, a pesar de que Chile en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se había opuesto a la voluntad norteamericana de intervención militar en Irak. El ejemplo es una muestra rotunda de que se puede negociar con éxito comercialmente con grandes países, y hasta con el «imperialismo yankee», sin por eso ceder en convicciones internacionales profundas que implican el respeto del derecho internacional.

Lo cierto es que Chile avanzó en su apertura económica y también mantuvo altas tasas de crecimiento. Pero su éxito de estos años también pasó por otras dimensiones, como por ejemplo la educativa. Hoy en día algunas de sus principales universidades son las más destacadas de toda la región y se sitúan en mejor posición que las uruguayas en los distintos rankings internacionales. También, su cobertura real de estudiantes que terminan secundaria es muy superior a la nuestra: cuando en Uruguay no llega al 40% del total en los jóvenes de 21 años, en Chile ronda el 80%. En las pruebas PISA 2012, sus resultados globales fueron mejores que los nuestros.

Por supuesto, Chile tiene todavía muchas dificultades por resolver. La más notoria vista desde Uruguay es su gran desigualdad de ingresos: mientras que nuestro Gini de 2015 fue de 0,386, el dato de 2013 de Chile fue de los peores del mundo: 0,5045. Y será precisamente su agenda de prioridades políticas y económicas lo que los chilenos decidirán en el proceso electoral de este año.

En efecto, el próximo 19 de noviembre será la primera vuelta presidencial en Chile, y si es necesario, el 17 de diciembre habrá una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados. Por un lado, el favorito para ganar, según las encuestas actuales, es el ex -presidente Piñera, quien se afirma desde ya como el candidato de «Chile Vamos» pero que aún no ha hecho oficial su postulación. Por el otro lado, la coalición de partidos del gobierno actual, la «Nueva Mayoría», debe terminar de procesar su candidatura presidencial. Hoy, su representante favorito según las encuestas es el senador Alejandro Guillier.

La evaluación del segundo mandato de la presidenta Bachelet es francamente muy mala. Eso tendrá repercusiones en la merma de apoyos hacia la «Nueva Mayoría», como ya ocurrió en las elecciones municipales del pasado octubre en donde la coalición de izquierda perdió comunas claves del país. Además, a pesar del desarrollo de largo plazo y de inocultables logros colectivos, la coyuntura política y social chilena es de un difuso pero claro malestar ciudadano, que también se manifestó en octubre pasado con una fortísima abstención electoral.

Sea quien fuere que gane las elecciones, hay en Chile un rumbo de inserción internacional en el que izquierda y derecha están de acuerdo: apertura y competencia. Y sea quien fuere que gane, el nuevo gobierno tendrá que avanzar en reformas que hagan más eficiente y transparente la labor del Estado. Los chilenos en su última gran encuesta piden a su democracia que enfrente dos grandes desafíos: la delincuencia y el desarrollo económico. Por todas estas razones, Chile es un espejo para mirar este año.

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