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El coronavirus tiene clase social

Para Octavio Silva

 

Un verano tardío, cálido aún para el clima londinense, Engels escribía una carta a José Bloch. En ella explicaba por qué la vida se encuentra determinada, en última instancia, por la economía y aclaraba: “Si alguien tergiversa esto, diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda.1 Ni él ni Marx negaron que existen otros factores determinantes en el curso de la historia social e individual, como lo son la infancia o la psicología para el individuo, o la política y la historia para la sociedad. Pero la economía es la base sobre la cual vivimos y el componente decisivo de lo que se denomina “clase social”.

En México, hace poco más de medio siglo el doctor Alejandro Celis expuso algo similar ante el presidente Luis Echeverría, cuando leyó su “Patología de la miseria”: ése era el título original de aquel discurso, aunque en el programa se presentó como “Patología de la pobreza”, pues Echeverría no podía admitir que en México existiera la miseria. Pero el contenido del discurso se refirió a ésta como la peor plaga mortal de México.

 

Ilustración: Patricio Betteo

Celis comparó las enfermedades y causas de muerte de pacientes del Hospital General con respecto a dos grupos: los pacientes de hospitales privados y los asegurados por compañías privadas. Ambas comparaciones arrojaron el mismo resultado: las enfermedades que padecían pacientes del Hospital General y sus muertes eran completamente diferentes a las de los que acudían a hospitales particulares, ya sea por contar con un seguro privado o por tener los recursos para pagarlo. Los pobres padecían enfermedades diferentes a las de aquéllos que contaban con recursos.

Lo lamentable es que después de medio siglo y en medio de una pandemia, esa expresión sea amenazante. Mucho ha cambiado México en materia de salud: en aquel entonces la especialización de la medicina avanzaba; ya existían varios hospitales de especializaciones y seguirían construyéndose más. El beneficio que éstos han traído es indudable, pero hemos descuidado la prevención y la atención de enfermedades básicas de nuestra población que, con higiene y prevención, podrían no ser mortales.

En medio de esta pandemia, las clases sociales saldrán a relucir. Miles de localidades en las que, de acuerdo con la doctora Soto Estradano no hay ni una clínica básica,2 no tendrán atención alguna. México aún requiere centros de atención y médicos generales que, en esta pandemia y las venideras, puedan dar la orientación básica a nuestra gente.3

El presidente López Obrador declaró que el tratamiento a los enfermos de COVID-19 se administrará con el principio “por el bien de todos, primero los pobres”. Pero sabemos ya de hospitales y clínicas públicas en las que se han infectado médicos y enfermeras por no tener ni la capacitación ni el material adecuado para tratar a los contagiados con este virus, y que en hospitales públicos los análisis tardan más de una semana. Ojalá la miseria se erradicara por decreto, pero lamentablemente no es así.

China controló esta pandemia a pesar del mes transcurrido entre la aparición del primer paciente, el primero de diciembre y la identificación del nuevo virus. Es la misma China que en 1968 dio formación paramédica básica a campesinos y les mandó a áreas rurales alejadas y olvidadas. Fueron conocidos como los “médicos descalzos” y promovieron con éxito cuidados básicos de higiene, planificación familiar, tratamiento de enfermedades comunes y, en resumen, lo que nosotros llamamos “medicina preventiva”. Eso es lo que necesitamos, y estaríamos mejor preparados si hubiera más y mejores médicos generales.

Es necesario reconocer la miseria: negarla no implica que deje de existir; señalarla es el primer paso para atenderla. Esta pandemia no distingue clase social, pero sin duda aquéllos con recursos cuentan con todos los medios para salir adelante. Tienen acceso a la prevención, podrán aislarse y olvidarse del exterior y, en caso de contagiarse, podrán pagar desde la mejor mascarilla hasta el mejor hospital.

Pero recorra usted la calle. El joven mexicano que inspiró este escrito se ha abocado a repartir despensas con comida, jabón y otros artículos a la gente sin casa. La última vez que lo vi, me dijo: “La necesidad es terrible: no sé qué vamos a hacer. La gente se abalanza sobre las despensas”.

Usted, que lee esto; yo, que lo escribo; ¿nos abalanzaríamos sobre una bolsa con atún, jabón y galletas?

No. Así no es el coronavirus de su clase social. Así es el coronavirus en la miseria.

 

Paulina Rivero
Doctora en filosofía. Es profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


1 Carta de Engels a Jose Bloch, Londres, 21-22 de setiembre de 1890, cf. Archivo Marx/Engels: https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/e21-9-90.htm.

2 Entrevista concedida a Universia el 4 de marzo de 2013: https://www.universia.net.mx/estudios.

3 Esta es la tesis central del libro del doctor Octavio Rivero Serrano titulado Medicina NO equitativa, ETM–UNAM, México, 2006.

 

 

 

 

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