Cultura y Artes

El Espectador/ Editorial: Veinte años de revolución, cinismo, paranoia y megalomanía


Christopher Hitchens, periodista y crítico inglés, recorrió Venezuela acompañando a Hugo Chávez en el 2008. Varios años después, en medio del contexto de la exhumación del cadáver de Simón Bolívar por el mandatario del país vecino, escribió para Slate una conclusión que, nos parece, puede resumir las falencias del chavismo: “La evidencia es que (Chávez) tiene una simpatía idiota por los hechizos y conjuros, así como muchos de los síntomas de la paranoia y la megalomanía”. Los efectos perversos de esa realidad siguen afectando a Venezuela y a Colombia.

 

En particular, Hitchens recuerda que, en su viaje, le preguntaron a Chávez su opinión sobre Osama bin Laden. El mandatario venezolano dijo que todo se trataba de una farsa fabricada por la televisión imperialista, puso en duda la existencia de Al-Qaeda y como evidencia de lo anterior citó el alunizaje, que había sido una ficción estadounidense.

 

No importa la posición que alguien pueda tener sobre la influencia negativa de Estados Unidos en el mundo, eso no es excusa para negar la realidad. Al-Qaeda existe. La teoría de la conspiración que habla de un alunizaje falso también ha sido contundentemente desmentida. Es una falla muy diciente de carácter que un líder del tamaño de Chávez haya mostrado tanta falta de criterio, tal desinterés por la racionalidad.

 

Retomamos esta anécdota porque se cumplieron 20 años desde aquel 6 de diciembre en el que Hugo Chávez triunfó en las elecciones de Venezuela y obtuvo la Presidencia. El chavismo, siendo un movimiento caudillista, está necesariamente ligado a las virtudes y graves falencias de la personalidad de su líder. Cualquier análisis debe pasar por él, pero dado que la situación en el país vecino sigue siendo de crisis, tememos que falta mucho tiempo antes de que podamos entender por completo la magnitud del efecto que tuvo Chávez.

 

Una primera conclusión, que debe servir de mensaje para Colombia y el mundo, es que el fracaso de los modelos políticos dominantes lleva a los ciudadanos a preferir las soluciones radicales. Los mesías y sus profecías plagadas de ilusiones y espejismos triunfan en medio de las peores crisis.

 

Chávez fue elegido democráticamente, en un triunfo rotundo, después de que la alternancia de poder entre los dos partidos tradicionales venezolanos (Acción Democrática y Comité de Organización Política Electoral Independiente) dejara un país en crisis económica, con alta represión estatal, desconfianza en las instituciones y secuestrado por la corrupción.

 

Si suena familiar, no es coincidencia.

 

En ese contexto, el chavismo prometió regresarle al “pueblo” (ese concepto tan útil para los caudillos autoritarios) la gobernanza de su país. Eso se tradujo, al llegar al poder, en programas asistencialistas financiados por la renta petrolera que, en efecto, sacaron a un gran porcentaje de la población de la pobreza (en el 2013, Venezuela había pasado de tener la mitad de las personas bajo la línea de pobreza a solo el 28 %).

 

El problema fue que ese éxito vino condicionado a la permanencia de Chávez en el poder. Con el pasar de los años, su figura fue creciendo, lo que significó reducción de las libertades electorales, de prensa y la libre empresa, y una concentración dañina de todo el poder en sus servidores más leales. La corrupción que había prometido erradicar cambió de apellidos, pero siguió presente.

 

Aunque Chávez murió antes de ver la caída del castillo de naipes, en el 2013 la economía de Venezuela dependía en un 90 % de la renta petrolera. Con la reducción de los precios del crudo todo el aparato se derrumbó, lo que llevó a Nicolás Maduro, su designado sucesor, a responder con más autoritarismo, más represión, más corrupción y, como si fuera poco, más cinismo. Su segundo al mando, Diosdado Cabello, llegó a afirmar que los millones de refugiados venezolanos que han huido de ese país son una fabricación hollywoodense. Debería darse un paseo por Colombia para que vea la realidad. La paranoia y la megalomanía siguen, entonces, definiendo el chavismo.

 

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