Cine y TeatroCultura y Artes

Wolfgang Gil Lugo / La Pared: el ladrillo de la desolación

A veces, lo que creemos que nos protege es lo mismo que nos encierra. Entre el miedo, la soledad y la necesidad de sentido, el ser humano levanta muros que terminan por devorarlo.

 

 

 

¿Pueden imaginar a una persona que construye un muro para proteger su jardín, y termina descubriendo que el muro es lo único que ha crecido en ese lugar?

Esa sarcástica situación nos recuerda a Pink Floyd: The Wall (Alan Parker, 1982), una película británica de culto. Se le puede describir como una extraordinaria ópera rock, rica en metáforas visuales y música vibrante. Cuenta la ficticia historia de Pink, un rockstar, el líder de un exitoso grupo musical, quien arrastra una serie de traumas debido a una infancia desdichada. Para evadir el dolor, construye una gruesa pared para evitar los sentimientos. Al final, resulta que esta estrategia lo hundirá en el abismo.

Luego viene la traumática escuela, esa picadora de carne donde se nos enseña que pensar es un mal hábito. Ken Robinson observó, con agudeza, que el problema del sistema educativo no es que no enseñe, sino que enseña la lección de la conformidad.

El primer gran error del humano actual es creer que un muro es un refugio, cuando en realidad es un ataúd disfrazado. Pink construye su pared con una lógica maníaca: una racionalización que lo explica todo y no cura nada. En Los orígenes del totalitarismo (1951), específicamente en la sección titulada «Ideología y terror», Hannah Arendt nos advierte que el totalitarismo no nace en las plazas públicas, sino en la desolación, ese vacío existencial que ella llama Verlassenheit. Pink posee fama, dinero y guitarras eléctricas, y precisamente por poseerlo todo, no posee nada en absoluto. Es el éxito como una forma de suicidio asistido por el público.

Los tres ladrillos

La biografía de Pink está marcada por tres traumas. La ausencia del padre es el primer ladrillo, un vacío que la modernidad intenta llenar con el ruido del Estado. Para Arendt, un niño sin padre está huérfano de autoridad, es decir, respeto consensuado. Pink busca ansiosamente a su padre y solo encuentra decepciones. Esta es la tragedia de la guerra: no que mate a los héroes, sino que los convierta en superfluos, en meras estadísticas de una oficina de correos. El mal radical comienza cuando dejamos de ser personas y pasamos a ser números en un libro de bajas.

Luego viene la traumática escuela, esa picadora de carne donde se nos enseña que pensar es un mal hábito. Ken Robinson observó, con agudeza, que el problema del sistema educativo no es que no enseñe, sino que enseña la lección de la conformidad. Los niños con máscaras de arcilla son la imagen perfecta de la masa arendtiana: seres tan iguales que resultan intercambiables e inútiles. El profesor que humilla a Pink por escribir poemas es el guardián de un orden que prefiere una salchicha obediente a un niño que persigue sus propios sueños. Es el totalitarismo del aula, donde la singularidad es tratada como una enfermedad venérea.

Hasta la amorosa madre de Pink aportó su cuota de trauma. Ella se convierte en la figura sobreprotectora que decide que lo mejor para él es no vivir nunca. Para lograr eso, lo resguarda en una fortaleza de lástima. Un hombre que nunca se arriesga a caer nunca aprenderá a caminar. La madre de Pink le ofrece un suelo de algodón y termina dejándolo inválido de alma. El hogar, que debería ser el campo de entrenamiento para la aventura, se convierte en la zona de exclusión de la realidad.

Del vacío al delirio

La fama de Pink es el simulacro final. El escenario no es un lugar de encuentro, sino un pedestal de aislamiento. Para Arendt, estar rodeado de miles de personas y no poder compartir con ninguna es la esencia de la soledad moderna. Pink se encuentra en el estado de estar «confortablemente adormecido», como reza el título de unas de las canciones, debido a las inyecciones que le suministra un medicucho de la industria del espectáculo. Esa es la capitulación total: el hombre reducido a mero funcionamiento biológico. Un cerebro entumecido es el siervo perfecto para cualquier tirano, porque no ofrece la resistencia de un pensamiento propio.

Finalmente, Pink sufre una sobredosis. Esto provoca, en la debilitada mente de nuestro protagonista, una vívida alucinación fascista. En dicha alucinación, triunfa la voluntad de poder sobre la razón. Es memorable la escena, en dibujos animados, de los martillos marchando en formación militar. Es la exaltación de la fuerza golpeando el mundo hasta que solo queda el silencio de la uniformidad. El martillo es el símbolo de lo que puede golpear, pero no sentir.

En su fantasía, Pink se convierte en el dictador que ordena la destrucción de negros, judíos, homosexuales y drogadictos. Esto lo hace no porque ame el poder, sino porque odia la vulnerabilidad. Según Albert Camus el rebelde, resentido contra Dios, termina promoviendo el genocidio.

La caída del muro

 Las alucinaciones continúan. Lo conducen al acto final del tribunal. El juicio de Pink es una pantomima de la justicia. Nuestro protagonista es acusado de «mostrar sentimientos de naturaleza casi humana», un crimen imperdonable en un mundo de ladrillos.

Finalmente, Pink sufre una sobredosis. Esto provoca, en la debilitada mente de nuestro protagonista, una vívida alucinación fascista. En dicha alucinación, triunfa la voluntad de poder sobre la razón. Es memorable la escena, en dibujos animados, de los martillos marchando en formación militar.

El peor tribunal no es el que nos condena por lo que hicimos, sino el que nos juzga por no habernos convertido en el bloque de cemento que el mundo esperaba. Paradójicamente, el veredicto es la salvación: «¡Tira abajo el muro!».

Pink también se ha dado cuenta de que necesita demoler el parapeto que él mismo ha levantado. Grita: ‘basta’ y derriba la tapia infame. De esa forma, recupera su dolor, que es la única prueba fehaciente de que está vivo.

La película termina con niños recogiendo escombros, recordándonos que el peligro de la desolación arendtiana nunca desaparece. Solo espera a que un nuevo constructor decida que el aislamiento es más seguro que la compañía.

En conclusión, Pink Floyd – The Wall es una advertencia contra la tentación de la desolación. Pink nos muestra que el camino del aislamiento absoluto lleva inevitablemente al delirio totalitario. La tragedia de la historia no es que los muros sean indestructibles, sino que siempre hay un niño inocente recogiendo los escombros para empezar a construir el suyo. A través de la filosofía de Hannah Arendt, comprendemos que la libertad no es la ausencia de muros, sino el coraje de vivir entre las ruinas sin intentar reconstruirlos.

 

 

 

ENLACE A LA NOTA ORIGINAL EN «EL CÉSPED VERDE»:

 

LA PARED

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba