Juan Luis Cebrián: Madrid, bajos fondos
«Poder absoluto es el sueño irrealizable de Sánchez y sus secuaces, decididos a gobernar sin el Parlamento, e incluso contra él; y contra la Constitución también»

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Leo en alguna parte que, en opinión de la ministra de Igualdad del Gobierno, hombres y mujeres pertenecen a especies distintas y, en gran medida, al parecer distantes. Eso, salvo en lo que se refiere a su reproducción, claro está, que desde Darwin se determina como origen y continuidad de las especies mismas. Aunque la clonación de mamíferos ha sido experimentada con éxito y la inteligencia artificial antes o después podrá ser inoculada en robots antropomorfos, lo que podría quizás ayudar a perpetuar la especie o algo que se parezca a ella, sin necesidad de penetración ninguna.
Estoy de acuerdo en la necesidad de distinguir adecuadamente entre especies diferentes y las distintas manifestaciones de una misma especie. Si como demostración basta un ejemplo, ahí está el propio sanchismo, que se autodenomina nada menos como partido político cuando, según diversas imputaciones judiciales, en realidad más bien parece un conjunto de organizaciones criminales, relacionadas o en competencia varias de ellas entre sí. Todo ello dicho con absoluto respeto a la presunción de inocencia, ya que en algunas ocasiones las apariencias engañan. Organización criminal solo puede ser bautizada como tal, por el momento, la banda organizada por el que fuera secretario de Organización, ministro de Fomento, consejero áulico, amigo entrañable y compañero de viaje durante muchos meses y miles de kilómetros del denominado número uno por sus propios seguidores.
Ciento veintitantos imputados por los jueces como sospechosos de eventuales delitos o comportamientos cuando menos irregulares es la cosecha de los cultivos recientes del Partido Socialista Obrero Español. A este paso, su actual capataz pasará a la Historia como el dinamitero del mismo y contribuyente activo a la crisis de los valores democráticos. Tanto él como el pretendido valedor moral de la formación se ven rodeados de acusaciones judiciales, a sus subordinados, sus familiares, sus amigos y sus potenciales cómplices. La falta de empatía y la oscuridad de las miradas de ambos, sus silencios y sus ausencias incluso respecto de sus antiguos amigos del alma y compañeros de viaje, son el mejor ejemplo de la putrefacción política y moral que padecemos.
Ajenos a los intereses de los ciudadanos, a sus necesidades y sus derechos, ellos son los principales culpables de la polarización de la política, que en nuestro país reverdece testarudamente los perfiles de guerracivilismo. La corrupción ensombrece la historia de nuestra democracia, y de la de muchos otros países, prácticamente desde que se instauró. Resulta difícil de eliminar, casi imposible, porque quienes ejercen el poder suelen ser sus principales promotores, sin distinción de ideologías. Ya dijo Lord Acton que el poder corrompe siempre y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Poder absoluto es el sueño irrealizable de Sánchez y sus secuaces, decididos a gobernar sin el Parlamento, e incluso contra él; contra la Constitución también, que incumplen con descaro. Violentan la verdad; descuidan y traicionan el idioma; desprecian las lecciones de nuestra propia historia y, según parece, bastantes de ellos sueñan con llenarse los bolsillos. Ya conocemos a los tres amos que gobiernan el mundo, desde Washington, Beijing o Moscú. El cuarto es por derecho propio, según lo definiera con acierto el más lacayo de sus ministros, el verdadero puto amo de esta España nuestra. Aunque en realidad ni eso, porque en Cataluña, Navarra o Euskalerría se hace lo que porfían los herederos del terrorismo y los independentistas irredentos, sensibles, eso sí, a cuando la bossa sona.
«Sánchez está logrando destruir el régimen del 78, sin que ofrezca alternativa alguna que garantice el futuro de la democracia»
Sánchez dijo que no podría conciliar el sueño si tuviera que gobernar con Podemos, pero cuando lo hizo, aprendió de su programa, o quizás se le contagió en la almohada. Está logrando destruir el régimen del 78, sin que ofrezca alternativa alguna que garantice el futuro de la libertad, la democracia, los derechos y el desarrollo de las nuevas generaciones. Es una enfermedad que el mundo entero padece, provocada por un cambio de civilización de unas dimensiones y alcance como nunca sucedieron antes en la Historia. Lo verdaderamente lamentable es la cantidad de idiotas que nos gobiernan para hacer frente a semejante situación.
De la depravación moral de algunos dirigentes y colaboradores del partido hoy gobernante ya ni merece la pena hablar. Pero parece oportuno comentar la testarudez culpable del ministro del Interior y la de sus subordinados, la directora de la Guardia Civil y el Director Adjunto Operativo. El hecho de que estos dos últimos hayan sido imputados y permanezcan en sus puestos, independientemente de cuál sea su futuro judicial, remeda y recuerda la testarudez del anterior Fiscal General, cuya obediencia al puto amo prevaleció sobre su buen sentido. Algo parecido sucede ahora en los casos de Mercedes González y del teniente general Llamas. Parece que la obediencia debida supera a la necesidad de proteger el prestigio del cuerpo y la confiabilidad en él de los ciudadanos.
El poema lorquiano sobre la ciudad de los gitanos y la guardia civil caminera, su posterior detención y asesinato precisamente por guardias civiles, promovió un rechazo a la institución entre los perdedores de la guerra civil, pese a que se dividió casi por mitad en sus lealtades a la República y a la insurrección franquista. Los versos de Lorca sirvieron como eslogan que destruía el antiguo prestigio popular del cuerpo. Ya en democracia, el golpe de Tejero y la corrupción de un director nombrado por el PSOE provocaron nuevas dudas sobre la lealtad de la organización a la nueva democracia.
Pero de entonces acá, el prestigio de la Guardia Civil, como el de las Fuerzas Armadas en general, se ha situado en niveles inéditos en toda nuestra historia y el prestigio de sus mandos y el resto de sus integrantes ha ido en aumento, al tiempo que crecía el descrédito de la función política. El general Llamas, al que no conozco, tiene en su haber una formación académica y una historia profesional de primera magnitud y es lamentable que cierre su espectacular carrera con un incidente como el que le ha llevado a la imputación.
«Mercedes González, que ya reconoció haber mentido, debería dimitir cuanto antes: haría un favor al prestigio de la Guardia Civil»
Cuestión distinta es el caso de la directora general, que reconoció haber mentido, lo mismo que su ministro, respecto a los contactos que tuvo con la fontanera de la cloaca del PSOE. Aunque en su currículo figura que es licenciada en periodismo, no ha ejercido nunca, que yo sepa, esa profesión, que en realidad es un oficio. Lo esencial de su carrera profesional desde que entró en las juventudes del partido se ha llevado en las entrañas del mismo, a veces al frente de la comunicación de diversas entidades. Un oficio respetable, pero que trata de que se publiquen buenas noticias para la organización a la que sirve y no se publiquen los errores, las corrupciones o las tonterías del poder al que se deben.
El marido de Mercedes, Javier Vales, es un financiero que en la juventud también trabajó en el PSOE de Majadahonda. Pero me interesé por él debido a la novela que publicó hace ahora diez años bajo el nombre Madrid, bajos fondos, título que, para infortunio del autor, ya había sido el de otra narración anterior firmada por Antonio Gómez Rufo. Los bajos fondos de Madrid protagonizan en el relato la trayectoria de una organización política, el Partido Reformista Social (PRS), tercero en importancia en España tras el PP y el PSOE. Uno de los fundadores del mismo es precisamente un socialista desencantado. El relato sucede en todos los barrios de Madrid, desde Vallecas a la calle Miguel Ángel, y acaba en violencia y asesinatos ligados a la corrupción y a la financiación irregular del PRS.
Como este nunca existió, ignoro en qué otros partidos se pudo inspirar el autor. Pero en la obra está todo lo que andamos viviendo: puterío de alta y baja estofa, corrupción y avaricia, mentira y estafa a los ciudadanos. Algo muy de actualidad. Es de agradecer que la parte más violenta de la historia, los asesinatos y las desapariciones, sea solo fruto de la imaginación de Vales y no de la observación del mundo real que él conoció. Él pretendía hacer una obra denuncia, pero su colofón es desolador: «…todos dormían tranquilos cubiertos con el edredón de sus crímenes, mientras la sociedad sólo adivinaba a intuir lo que de verdad ocurría en los bajos fondos de su ciudad». Su ciudad era Madrid y la sentencia final de la obra explica lo que estamos hoy viviendo: «Todo seguiría igual».
Si, como supongo, ha leído el libro, Mercedes González, que ya reconoció haber mentido, debería dimitir cuanto antes: haría un favor a su partido, a su familia y a sí misma. Pero sobre todo al prestigio de la Guardia Civil, injustamente mancillado.
