Cristina Casabón: El psiquiatra de Sánchez
«El derecho es hoy el esfuerzo de la democracia para dictar la justicia en medio de la pasión justiciera»

Ilustración de Alejandra Svriz
Es absurdo retirar medallas a personajes siniestros como el psiquiatra Vallejo-Nájera, cuyas teorías seudocientíficas apenas aportan nada para comprender los problemas políticos y sociales de nuestro tiempo. Si acaso, sirven para recordar hasta dónde puede llegar el ser humano cuando pretende justificar ideológicamente el Mal. El Mal es un tema que interesa casi tanto al señor Sánchez como los eclipses de verano. Que la mancha del pecado original pesa irremediablemente sobre los individuos concretos, no sobre los grupos, es lo que Sánchez nos venía diciendo cuando trata el tema de la corrupción de su partido. Me resulta llamativo que incurra después en la tentación de dividir retrospectivamente la historia de España entre colectivos esencialmente buenos y colectivos esencialmente malos.
Sería más sencillo si hubiera gente malvada en algún lugar cometiendo insidiosamente actos malvados, y fuera necesario solo separarlos del resto… «Pero la línea que divide el bien y el mal atraviesa el corazón de cada ser humano» (Aleksandr Solzhenitsyn). El mal, sencillamente, es una posibilidad inscrita en cada persona, no pertenece a ningún pueblo, partido o ideología. A veces nace del odio, otras de la rutina, de la obediencia o bien de la renuncia a pensar. Esta es la curiosa «banalidad del mal» que nos descubre Hannah Arendt al estudiar al burócrata Adolf Eichmann. Para San Agustín, el mal no es una fuerza creadora independiente, sino la ausencia o el vacío del bien.
Esta afectación identitaria, esta mala fe llena de buenas intenciones que caracteriza al señor Sánchez, podríamos encajarla en alguna de estas definiciones. Quizás sea susurrada por unos asesores que tienen como cometido desviar a las masas (de los problemas de España) mediante la movilización general contra un mal colectivo: «la derecha». Como el Mal habla ahora la lengua del Bien, se propaga a toda velocidad, sin que ni siquiera se le pueda avergonzar. No en vano, se sugiere repetidamente, utilizando especialmente a la mascota simpaticona del Gobierno, Rufián, que sería mucho, muchísimo peor que gobernara la derecha en España, pues esto supondría un «sufrimiento social real» (sic).
La impresión que saca de todo esto el pueblo, amaestrado y bien educado desde el colegio, es que hay un colectivo malo (la derecha) y un colectivo bueno (la izquierda), donde unos pocos golfos han cometido un pecadillo menor. Esto explica que el PSOE todavía mantenga más de 100 escaños pese a la sucesión de escándalos.
Identificar y castigar a individuos concretos por hechos concretos, de esto se encarga nuestra justicia. El problema es que algunos incluso quieran manchar el buen nombre de los jueces que buscan la verdad estudiando caso por caso, sometiendo a las partes al principio de contradicción y respetando la presunción de inocencia. El derecho es hoy el esfuerzo de la democracia para dictar la justicia en medio de la pasión justiciera. En un Estado de derecho, la independencia judicial no debería verse como un obstáculo político, pese a ello, hay jueces que están siendo señalados por hacer su trabajo.
Sánchez pareció incluso dar con la clave cuando afirmó que «la lucha contra la corrupción se mide por la respuesta institucional». Tiene razón. Lo curioso es que su respuesta ha sido inquietante: mientras los sumarios siguen su curso y las responsabilidades políticas brillan por su ausencia, el Gobierno ha encontrado que hay que quitarle la medalla a un psiquiatra franquista que murió hace décadas. No a la responsable de la Guardia Civil. No al ministro del Interior. Tampoco al DAO. La medalla, por decirlo así, se la quitan a un señor que no conocíamos, cuyas teorías sobre la relación entre el marxismo y la estupidez humana desconocíamos.
Incluso en este estrafalario contexto, los demócratas, entre otras cosas, nos identificamos por haber zanjado el tema de la culpa colectiva. Aquí y ahora, en España, se piden responsabilidades políticas a los vivos, se piden dimisiones concretas a responsables políticos con cargo en la Administración. Eso es lo que hace un demócrata serio. Si quieren, sigan identificando a la derecha como el mal absoluto: esta es una visión religiosa y mística, no es una visión histórica. Tiene su épica y sirve para apretar las filas en momentos de crisis, pero esta visión de la derecha que se empeña Sánchez en propagar no detiene el mal; al contrario, lo propaga, lo hace recaer sobre otros inocentes y, además, exige una reparación que hace padecer a estos otros, o a España entera, una parte de lo que otros han sufrido.
