Karina Sainz Borgo: La defensa, aplicada a Donald Trump
En aquella novela de Nabokov, el lector nunca sabe si está viendo una genialidad o un colapso mental
Hay posiciones en las que cualquier movimiento empeora la situación. En ajedrez existe una modalidad de juego cuya única función es obligar al rival a hacer un movimiento que le perjudique: cambios tan inesperados que los adversarios sientan que deben responder, aunque tenga costes. En un tablero global, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hace lo que un jugador extremo: aumenta deliberadamente la incertidumbre para que los demás dediquen más recursos a interpretar sus intenciones que a ejecutar sus propios planes. Desde presionar a Nicolás Maduro para luego gobernar con sus subalternos o debilitar la OTAN a la vez que pide a sus miembros más dinero, hasta referirse a China como un enemigo estratégico y tratarla luego como un socio indispensable. ¿Adónde va Donald Trump? ¿Qué extravagantes ideas invaden su anaranjada quijotera?
Vladimir Nabokov era un apasionado del ajedrez. Sentía una especial debilidad por componer problemas en el tablero. Para el ruso, un problema de ajedrez debía tener las mismas cualidades que una obra literaria: pocos elementos empleados con originalidad y sorpresa. Así se encargó él mismo de describirlo en las páginas de ‘La defensa’, una novela de su etapa rusa, muy previa a ‘Lolita’ o ‘Pálido fuego’, que se publicó por entregas en Berlín durante 1930. Editada en español por Anagrama –con traducción de Sergio Pitol–, Nabokov cuenta la vida del gran maestro internacional de ajedrez Alexander Ivánovich Luzhin, un genio capaz de desarrollar una lógica tan personal que sus movimientos resultan incomprensibles para los demás. El lector nunca sabe si está viendo una genialidad o un colapso mental: el rival no puede distinguir entre el cálculo extremo y la absoluta irracionalidad. Luzhin proyecta su imprevisibilidad para influir en el comportamiento del resto, y al final lo consigue. Atormentado por una juventud desdichada y un carácter retraído del que intenta abstraerse a través del ajedrez, Luzhin comprende, demasiado tarde, que tal obsesión amenaza con destruirlo y que el instrumento escogido como defensa contra el desorden y los agravios del mundo es también un arma en su contra. En la partida decisiva contra el ajedrecista italiano Turati, Luzhin sufre una crisis nerviosa. La presión competitiva y el fracaso de la estrategia precipitan un colapso mental que lo convierte en uno de los personajes más trágicos de Nabokov –más aún que Albinus, el de ‘Risa en la oscuridad’–: no sólo acaba derrotado por su gran adversario, sino por sí mismo. Convendría al presidente Donald Trump –en estos días transformado en emperador naranja– echarle una ojeadita a esta novela antes de las elecciones del medio mandato.