Soledad Morillo Belloso: El poder está en ruinas

La catástrofe del terremoto en Venezuela no cayó sobre terreno firme: Impactó sobre un país ya resquebrajado por una crisis económica, financiera, social, de infraestructura y, además, por una crisis institucional propia de un Estado fallido. Ese encadenamiento es lo que vuelve esta tragedia tan devastadora. Un país puede enfrentar un desastre natural cuando su institucionalidad está en pie, cuando existen sistemas de respuesta, cuando la economía permite movilizar recursos y cuando la infraestructura resiste el golpe. Pero cuando todo eso está roto —cuando el Estado es un traje mal cosido, cuando las instituciones son paredes huecas, cuando la economía está exhausta y la sociedad lleva años resistiendo— el terremoto no sólo destruye estructuras: desnuda la verdad.
Y esa verdad es brutal. Las crisis acompañadas de catástrofes son extremadamente demandantes: exigen liderazgo y exigen competencia en la gestión, simultáneamente, sin pausas ni excusas. La gente necesita que alguien le despeje el horizonte, que explique con claridad qué ocurre, qué se hará, quién está a cargo. Eso es liderazgo. Pero también exige que los problemas reales sean solucionados más allá de la emergencia, que haya logística, planificación, ejecución. Eso es competencia gerencial. Sin liderazgo, la gente se desorienta; sin gestión, la gente queda abandonada. En una catástrofe, desorientación y abandono se convierten en una combinación inmanejable.
El problema es que en Venezuela, desde hace años —desde la muerte de Chávez, que era muy incompetente pero tenía liderazgo— el poder está ocupado por personas en las que coinciden la falta de “leadership” y la más indisimulable incompetencia en la gestión. Una persona puede tener liderazgo aun siendo profundamente incompetente; También puede ser competente sin liderazgo y sostener un cargo de alto nivel. Pero cuando ambas carencias coinciden en la misma figura —cuando no sabe conducir ni administrar, cuando no inspira ni organiza, cuando no convoca ni ejecuta— el Estado se queda sin brújula y sin motor. Y si el escenario es de crisis + catástrofe, el país entra en reverberación. Los ingenieros hablan del efecto de resonancia (o algo así): cuando dos vibraciones coinciden, la estructura colapsa.
Y el asunto va más allá de los miedos o de las insaciables ansias lujuriosas de poder. Sí, miedo, ese temblor que no se debe a un sismo. Porque es evidente el miedo de quienes sienten que, si dejan de estar en el poder, quedan expuestos, débiles, vulnerables. Que la presidenta encargada se haya querellado contra Almada en España y que busque a Baltasar Garzón para que la represente no es fortaleza: evidencia miedo, fragilidad política. Y las empalagosas cortesías de Cabello con Barrett y con cualquier oficial estadounidense de alto rango que esté o llegue a Venezuela no son diplomacia: son susto. Susto de que los norteamericanos ejecuten la orden de captura. Miedo a que, en cuestión de minutos, lo puedan montar en un Chinook y lo lleven ante tribunales en Estados Unidos, donde cursan acusaciones severas.
Ese susto —el de perder el poder, el de ser capturado, el de enfrentar la justicia— explica la conducta errática, servil, agresiva y desesperada de quienes gobiernan este Estado fallido. No es ideología. No es estrategia. Es pánico.
Y aparece la ironía más feroz: el país del “Socialismo del siglo XXI”, de la “revolución bolivariana”, tenga que —por evidente incompetencia— poner en manos de los norteamericanos (hasta tres suspiros atrás, los archienemigos con los que ahora se besan) tareas críticas que un Estado mínimamente funcional debería poder asumir, como por ejemplo el manejo, control y reparación del principal aeropuerto del país. Es una confesión sin palabras. Una admisión de que el proyecto que tanto prometía autosuficiencia y soberanía terminó dependiendo y con sumisión del mismo detestado “imperio” para resolver lo que no saben, no pueden.
A pesar de los errores en que están incurriendo The White House, The Department of State y The Pentagon en su análisis sobre Venezuela, la realidad tarde o temprano les hará abrir los ojos, los oídos y las neuronas. Porque esto va mucho más allá de si María Corina viene la semana que viene o en unos meses. Ese no es el punto. El punto es que el país está revelando, día tras día, la profundidad de su colapso institucional. La arruga se puede correr hasta cierto punto. Y no se puede tapar el sol con un dedo.
En cuestión de días, los “tutores” caerán en cuenta de que nombramientos como el de Jacqueline Faría, con un currículo plagado de ineficacia gerencial, son un sapo que la presidenta encargada les está haciendo tragarse, sin que ellos escuchen el croar. Porque no conocen el país, no conocen la trayectoria de quien están nombrando, no conocen el historial de fallas acumuladas en cada cargo que Faria ha ocupado. Y porque, desde la distancia y apenas leyendo una hoja de vida maquillada, es fácil confundir obediencia con capacidad, docilidad con solvencia, disponibilidad con competencia. Y Faría es apenas un personaje más en el elenco.
Pero la realidad es implacable: la incompetencia no se disimula, y menos en medio de una catástrofe. Un Estado fallido no se reconstruye con fichas recicladas de su propio fracaso. Y tarde o temprano —cuando la emergencia avance, cuando la presión social aumente, cuando los resultados no aparezcan— Washington tendrá que reconocer que está siendo arrastrado a validar decisiones que no resisten el menor análisis técnico y mucho menos moral.
El momento llegará. Porque la realidad, incluso cuando se intenta ignorarla, siempre termina imponiéndose. Y entonces los empotrados en las butacas del poder pasarán de muchachos de los mandados a jarrones chinos: algo que nadie sabe dónde poner, que estorba, que hay que moverlo de esquina a pasillo, de pasillo a desván, que ya no sirve para nada, pero que está ahí, de sobra, incomodando.
Ah, y por cierto: ninguna universidad del mundo expide certificados de ética y moral. No existen diplomas de decencia, ni posgrados en rectitud, ni doctorados en conducta. Eso se aprende en casa, en la respiración cotidiana de lo que se ve, se oye y se vive. Se aprende del ejemplo.
Y cuando la vida obliga a aprenderlo fuera —en la calle, en el trabajo, en la experiencia dura— y ese aprendizaje ya no compagina con lo que se vio en casa, entonces toca separarse de casa, aunque duela, aunque rompa, aunque deje cicatrices. Porque la ética no es un título: es una decisión.
¿Conspiración? ¿Ruido de sables? Nada de “hay fuego en el 23”. No lo creo. Las cosas, simplemente, se caen por su propio peso. No hay ni siquiera que empujarlas. El país está en quiebra, pero el poder está en ruinas.
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