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Ankara, la OTAN y la seguridad europea

Hizo falta que Putin se lanzase sobre Ucrania y que Trump amagase con abandonar la alianza para que dejásemos de dar por descontada la protección de EE.UU.

Ankara, la OTAN y la seguridad europea

 

 

«Tremendamente exitosa». Así ha calificado la última cumbre de la OTAN su secretario general, Mark Rutte. En cambio, la agencia británica de noticias Reuters resumía el encuentro en términos bien diferentes: «La OTAN supera otra tormenta Trump … pero se prepara para más después de Ankara». ¿En qué quedamos entonces? La verdad es que la satisfacción expresada por Rutte suena a sincera. A fin de cuentas, la cumbre cumplió con sus objetivos principales: no agravar las tensiones existentes en el seno de la organización atlántica y ofrecer una imagen de unidad. En el ‘Wall Street Journal’ lo han explicado con otras palabras: «La OTAN rebaja el listón del éxito: mantener contento a Trump».

Ankara no ha sido el desastre que algunos temían y al que apuntaron las primeras declaraciones del insufrible presidente norteamericano, repitiendo sus críticas a los aliados por no haberle seguido el juego en la aventura iraní (con mención especial a España y ofensa gratuita a los españoles) y resucitando el contencioso por Groenlandia. Al cabo, Trump dio uno de sus giros habituales al final del encuentro, pasando a elogiar a los aliados. Más allá de este espectáculo de irracionalidad y confusión permanentes, la cumbre derivó en una concisa declaración política no rupturista y tranquilizadora.

El comunicado del 8 de julio revalida el artículo 5 del Tratado de Washington, que establece que un ataque contra cualquier Estado miembro de la OTAN será considerado como un ataque contra todos los aliados; señala a Rusia como amenaza más directa a la seguridad aliada; confirma la disposición de los Estados miembros europeos y de Canadá a continuar incrementado la inversión en defensa hasta el 5 por ciento del PIB para el año 2035 (3,5 por ciento para cubrir necesidades militares básicas y capacidades de defensa y 1,5 para otras inversiones relacionadas con la seguridad y la resiliencia); constata un aumento de gasto de europeos y canadienses en 2025 de más de 139.000 millones de dólares respecto a 2024; anuncia la inversión de 50.000 millones de dólares en nuevas compras de material militar, más el compromiso de ampliar la capacidad de fabricación conjunta, acelerar la innovación, eliminar barreras comerciales entre aliados y reforzar la cooperación industrial en materia de defensa; y reafirma el respaldo a Kiev en su resistencia a la agresión rusa comprometiendo ayudas por 5.000 millones de euros en 2026 y otra partida equivalente para 2027. O sea, un comunicado perfectamente alineado con el Concepto Estratégico aprobado en 2022 y con las promesas de gasto asumidas en 2025, complementado con alusiones mínimas a otros problemas de seguridad («terrorismo persistente», rivalidad estratégica e inestabilidad generalizada, amenazas híbridas), junto a una condena de los intentos de Irán para hacerse con un arma nuclear y vulnerar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz.

Las cuentas presentadas por Rutte al abrir la cumbre (incremento del gasto en defensa de los Estados europeos y Canadá en 258 millones de dólares en 2025 y 2026) mostraron lo que ya se sabía, pero convenía resaltar que los aliados de Estados Unidos por fin se han convencido de la necesidad de equilibrar las cargas económicas de la OTAN. Habría sido mejor que los europeos no nos hubiéramos empeñado en seguir aprovechándonos del vínculo atlántico tras el fin de la Guerra Fría para seguir ahorrando en nuestras partidas de defensa, pero lo hicimos. Y también habría sido mucho más conveniente no haber esperado al ‘shock’ de la invasión rusa de 2022 para admitir que nuestros medios de defensa no estaban a la altura de nuestras necesidades. Pero hizo falta que Putin se lanzase sobre Ucrania y que el atrabiliario presidente de tez naranja amagase con abandonar la alianza para que dejásemos de dar por descontada la protección estadounidense y nos aplicáramos a la tarea de construir las capacidades suficientes para hacernos cargo de nuestra propia seguridad. Ese era el esquema para una OTAN 3.0, reclamada por Estados Unidos, esquema que contempla una alianza en buena medida europeizada (aunque supuestamente respaldada por el paraguas nuclear norteamericano), según de una demanda bastante anterior a Trump.

Con todo, la tarea que los europeos tenemos por delante es enorme y el camino a recorrer está sembrado de dificultades. Para empezar, es dudoso que la realidad económica y política de muchos Estados europeos les permita alcanzar los objetivos de gasto comprometidos. En la cumbre de La Haya de 2025 el presidente español creyó políticamente rentable afirmar que no cumpliría con el incremento del 5 por ciento, pero otros gobiernos afirmaron lo contrario a sabiendas de que no estaban en condiciones de cumplir. Las posibilidades de inversión real en el marco de la OTAN todavía podrían reducirse más por culpa de las discrepancias ya existentes entre líderes europeos, la evolución de las economías nacionales y de la guerra de Ucrania o del acceso al poder de fuerzas nacionalistas y populistas. En segundo lugar, construir poder militar es bastante más difícil que aprobar incrementos presupuestarios. No deberíamos subestimar el riesgo de decisiones equivocadas sobre dónde y cómo gastar los recursos económicos incrementados y la tentación de desviar tales fondos a gastos y funciones ajenas a los objetivos que justifican el esfuerzo presupuestario. Finalmente, las carencias a cubrir son inmensas. Incluyen déficits en la disponibilidad de misiles de precisión y largo alcance, defensa aérea y antimisiles, funciones de mando y control, medios técnicos de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, capacidades para equipar y mover tropas, abastecer aviones en vuelo, drones y sistemas no tripulados, capacidades espaciales, I+D, munición, número de soldados disponibles preparados para actuar en conflictos de alta intensidad, inteligencia artificial.

En suma, los europeos aún estamos muy lejos de conseguir la anhelada ‘autonomía estratégica’. Previsiones optimistas la fijan para finales de 2030 o principios de 2040, pero puede que el propio rearme europeo frustre tales cálculos, pues una parte importante se basará en compras a la industria de defensa estadounidense, lo que aparte de enriquecer a nuestro aliado aumentaría aún más nuestra dependencia tecnológica y militar. Consecuencia: por más que fortalezcamos la industria militar europea (esperemos que todo lo posible), seguiremos necesitando a la OTAN y a Estados Unidos. Para colmo, esto nos sucede en el momento en que la solidaridad y protección de ese gran país resulta más incierta, pese a las declaraciones de Ankara. He ahí los problemas a los que debemos mirar de frente.

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Luis de la Corte Ibáñez es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y profesor asociado del Instituto Español de Estudios Estratégicos

 

 

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