Jorge Vilches: Rajoy y el fútbol multicultural
«Si no importa de dónde sea la gente, ni cómo se llama, ni cuánto tiempo lleva viviendo aquí, ¿qué más da que gane España o Francia el partido de fútbol?»

Ilustración creada con IA.
Rajoy ha escrito que Francia juega «sin franceses», quizá porque muchos de sus seleccionados no tienen apellidos tradicionalmente galos. En ningún momento ha mencionado el color de su piel. Y como ha sido un exdirigente del PP quien lo ha dicho, toda la tropa progre se ha tirado encima a denunciarlo por racista. Incluso un futbolista llamado Borja Iglesias, español, ha criticado al expresidente diciendo que no entiende que «a estas alturas» no comprendamos que vivimos en una «sociedad multicultural». Ya, sobresaliente en progresismo, pero si no importa de dónde sea la gente, ni cómo se llama, ni cuánto tiempo lleva viviendo aquí, ¿qué más da que gane España o Francia el partido de fútbol? Si todos somos ciudadanos del mundo, ¿por qué vamos a apoyar a los españoles y no a los franceses? Difícil. Quizá la solución sea decir como Pedro Sánchez: «Que gane el mejor».
Este asunto es más complejo de lo que parece. Si las identidades nacionales se han diluido con el multiculturalismo, al punto de que somos todos intercambiables, incluso con extraeuropeos, ¿qué sentido tiene «defender los colores»? Nico Paz, por ejemplo, nació en España, le pagamos su educación, sanidad y demás servicios sociales, pero ha decidido jugar con Argentina. La pregunta consecuente es clara: ¿podemos identificarnos y empatizar más con quienes llevan la camiseta española por residir aquí que con sus iguales que viven en Francia o Marruecos? El caso de este último país, el vecino de abajo, es paradigmático: 19 de sus jugadores han nacido y vivido en el extranjero, incluso seis de ellos son españoles, como Brahim. Reformulo la cuestión: ¿tiene sentido el fervor patriótico con la selección nacional cuando no se comparte identidad con los seleccionados?
La respuesta no es fácil. Sé que la comunidad política está cambiando a marchas forzadas con la inmigración, y que el fútbol, como otros deportes colectivos, genera un vínculo imaginario entre el jugador y el espectador. También es conocido que estas actividades deportivas exaltan el nacionalismo, y que son una manera de hacer la guerra de otra forma. Véase la inquina de Argentina hacia Inglaterra en recuerdo de su derrota en las Malvinas, y que se toma como una revancha aquella «mano de Dios» de Maradona hace 40 años.
Ahora bien, el fútbol ha sido siempre un instrumento de construcción nacional, o de definición de la naturaleza de la comunidad política a la que se supone que representa. Véase la matraca que sufrimos con el F.C. Barcelona —«Más que un club»— o la obsesión del Athletic de Bilbao con los apellidos vascos. El deporte rey genera emociones de adhesión colectiva, produce relatos sobre quiénes y cómo somos, y cuáles son nuestros valores: «Soy español. Dime a qué quieres que te gane», se decía hace años. Del mismo modo, se forjan rituales, esto es, prácticas colectivas con vestimentas, banderas, himnos, lemas y lugares de reunión.
Precisamente por este poder nacionalizador nos manipulan con el fútbol. Quien lo niegue es que está cegado por la pasión. El poder político —aquí y fuera— usa el balompié para crear héroes ejemplares, mitologías patrióticas, victorias y derrotas nacionales, lugares y fechas de la memoria colectiva, antagonismos atávicos e imaginarios de una sociedad unida por algo que en realidad es banal. Fue Eduardo Galeano quien escribió: «El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes».
«La selección nacional se utiliza como modelo social, a veces de forma hipócrita»
Por esto, por crear imaginarios colectivos con sentido político usando el fútbol, no es fortuito que nuestra selección se llame «la Roja» —antes conocida como «la Furia»— ni que suframos esta campaña sobre las excelencias esperables de Lamine Yamal. Tampoco es casualidad que este último jugador —musulmán de padre marroquí y madre guineana— lo usen como ariete contra la derecha algunos políticos de izquierdas como Ione Belarra y Gabriel Rufián. Dirigentes como los citados utilizan el fútbol para crear un relato sobre la comunidad política y sus valores —casualmente multiculturales, feministas, ecologistas y progresistas— para demostrar, a su entender, qué es España (o el «Estado español», según alguno). Así, la selección nacional se utiliza como modelo social, a veces de forma hipócrita. Por ejemplo, echaron a Rubiales por un beso a una jugadora los mismos que miraban hacia otro lado con los casos de abuso sexual y costumbres prostibularias en el PSOE, Podemos y Sumar.
Entonces, si nos venden que somos una comunidad multicultural en la que no importa ni el lugar de nacimiento, ni los apellidos, ni los ancestros o la raigambre, ¿cómo nos va a importar que vote en nuestro país cualquiera que venga de otro sitio, tras ser nacionalizado de forma exprés? De ahí que el sanchismo y sus archipiélagos se hayan enfadado tanto con Rajoy: necesitan que el mito multicultural sea intocable para reforzar su relato contra el adversario y seguir con su agenda.
Vuelvo al principio: si todo es multicultural y polifónico, plurirracial y megadiverso, nos suda un pie quién gane el partido entre Francia y España. O no, que diría Rajoy, porque particularmente prefiero que el público español se lleve una alegría, disfrute y sea feliz. Incluso que quienes vean ganar a la selección sigan pensando que nuestro país —multicultural de forma natural o no— es algo que merece la pena ser vivido y amado. Por cierto: he puesto una bandera de España detrás de la tele para animarme en los partidos de la selección nacional. Sí, yo también.
JORGE VILCHES: Madrid, 1967. He sido columnista en Libertad Digital, Vozpópuli y El Español. Ahora escribo en La Razón y THE OBJECTIVE y hablo en Herrera en Cope. Soy profesor titular de Historia del Pensamiento en la UCM. Tengo unos cuantos libros de historia y política.
