Blue Moon: la última rima del alma perdida
En ese territorio incómodo donde el talento ya no basta y el reconocimiento llega para otros, se instala una tragedia silenciosa que pocas veces se narra con honestidad. Blue Moon (2025), de Richard Linklater, se adentra precisamente en ese instante: el punto exacto en el que el genio deja de ser promesa y comienza a convertirse en recuerdo.
Desde la antigua Grecia, la sabiduría de Esquilo nos advierte: “Pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrarse del éxito de un amigo sin sentir cierta envidia”.
Envidiar al éxito ajeno es un deporte autodestructivo. Una de las ironías más ácidas del destino es que el tan deseado éxito es el único fracaso que el mundo nunca se cansa de aplaudir. En la película de Richard Linklater, Blue Moon (2025), tenemos el privilegio de conocer a un artista que es un accidente ferroviario de resentimiento, ingenio y ginebra. Es un hombre que posee la curiosa habilidad de convertir su propia demolición en un estribillo donde cada rima se convierte en una oda a la felicidad perdida.
La historia se sitúa en una sola noche de 1943, específicamente el 31 de marzo, fecha del estreno del musical ¡Oklahoma! en Nueva York. Lorenz (Larry) Hart presencia cómo su antiguo socio, el compositor Richard Rodgers, lo ha reemplazado por Oscar Hammerstein II para crear precisamente la inmortal ¡Oklahoma!, una obra optimista que revoluciona el teatro musical y marca el fin de la era de Hart. La envidia y el remordimiento que esto le provoca es el detonante emocional del argumento.
La cantina de la desesperación
La narrativa tiene un marcado tono teatral y transcurre en la sagrada penumbra del bar del restaurante Sardi’s, un establecimiento donde los artistas van a mirarse en los espejos para confirmar que aún existen, y donde la comida es secundaria al placer de masticar la reputación de los colegas ausentes.
En dicha taberna, encontramos a Hart, brillantemente interpretado por Ethan Hawke, quien le brinda un rostro esculpido por la geografía del desengaño. Hawke nos regala un Hart atormentado por la decadencia del genio, la amargura del éxito ajeno y la lucha interna de un artista que siente que el mundo ha avanzado sin él. Mientras el mundo exterior aplaude una obra que Hart se negó a escribir por considerarla indigna de su pluma.
El tiempo no perdona
Richard Linklater es un director que parece haber pasado su vida filmando el segundero de un reloj para ver si este finalmente se cansa. En el cine de Linklater, el tiempo siempre es el verdugo. Por eso, no es de extrañar que, en Blue Moon, reflexione sobre la diferencia entre la progresión optimista y lineal, que comenzaba a dominar el Broadway de la época, y la vivencia de Hart, que representa una temporalidad circular y melancólica.
Linklater explora esa lucha interna del artista que siente que el reloj del universo ha comenzado a marcar una hora que él no reconoce. Al final, Rodgers sube las escaleras hacia la eternidad de los manuales de éxito, mientras Hart se queda en el taburete, atrapado en el momento de la desesperación del estadio estético de Kierkegaard.
Hawke nos regala un Hart atormentado por la decadencia del genio, la amargura del éxito ajeno y la lucha interna de un artista que siente que el mundo ha avanzado sin él. Mientras el mundo exterior aplaude una obra que Hart se negó a escribir por considerarla indigna de su pluma.
Para Linklater, como antes para Bergson, el tiempo no es solo una medida cronológica, sino un espacio etéreo de intimidad donde reside el secreto del universo. Hart habita este presente perpetuo buscando belleza en su entorno como un intento desesperado por encontrar una razón para vivir un día más.
El enamorado sufrido
Blue Moon es, en esencia, la historia de la ruptura de una amistad disfrazada de película romántica. Linklater pone en escena una emoción que carece de término lexicográfico preciso: el duelo por la pérdida de una hermandad profesional y personal. El conflicto entre Hart y Rodgers no es solo un divorcio creativo, sino el choque entre dos visiones del mundo: la apolínea y la dionisiaca.
A pesar de sus tendencias homosexuales, Hart busca refugio en el amor platónico con Elizabeth Weiland (la encantadora Margaret Qualley), una hermosa estudiante de Yale. Ella es el recordatorio viviente de que el amor no correspondido es la materia prima más barata para la poesía, pero la más cara para la salud mental.
Nietzsche habría sentenciado que Elizabeth es la ilusión apolínea necesaria. Hart proyecta en ella un sueño de belleza para poder soportar el horror de su propia decadencia física y profesional. Él la ama no por quién es ella, sino por la redención estética que ella le ofrece para su acto final.
Descenso triunfal
Finalmente, Blue Moon medita sobre la dignidad del fracaso. Linklater no idealiza la caída de Hart, sino que la observa con respeto, sugiriendo que la genialidad puede convertirse en ruina y, aun así, seguir produciendo destellos de belleza. Al brindar por el arte en un bar que se vacía, Hart afirma que la verdadera permanencia no reside en la gloria mundana, sino en el acto de conmover los corazones.
Nietzsche habría sentenciado que Elizabeth es la ilusión apolínea necesaria. Hart proyecta en ella un sueño de belleza para poder soportar el horror de su propia decadencia física y profesional. Él la ama no por quién es ella, sino por la redención estética que ella le ofrece para su acto final.
La canción que da título al filme no es un éxito de ventas, sino la súplica de un hombre que se siente solo entre la multitud. Linklater nos enseña que el éxito de Rodgers es un ascenso hacia la estatua, mientras que el fracaso de Hart es un descenso hacia la herida. Siete meses después de esa noche, Hart moriría de neumonía en un callejón.
El pegamento dorado
Kintsugi es el arte japonés de reparar las vasijas. Es un método que celebra la historia de cada objeto haciendo énfasis en sus fracturas en lugar de ocultarlas. Los defectos de carácter de Hart constituyen una larga lista de grietas: envidioso, chismoso, emocionalmente inestable, y, sobre todo, alcohólico.
Nietzsche pudo haber celebrado su fracturada personalidad como una forma de afirmar la propia genialidad, aunque eso conduzca al abismo de oscuridad. En un universo que premia la supervivencia y la adaptación, Hart se erige como un bufón trágico que se niega a abandonar su esencia, incluso cuando esta lo conduce a la autodestrucción.
Por el contrario, Chesterton podría haber dicho que la psicología quebrada de Hart debió haber sido reparada con el pegamento dorado de la redención, cosa que exigiría postrarse ante el abismo de luz. Es la forma de escapar a la desesperación del estadio estético. El ingenio de Hart no es un don, sino un divertimento pascaliano: una distracción brillante para no tener que mirar directamente el vacío existencial que se abre bajo sus pies.
Solo podemos estar seguros que, si «Blue Moon» es una canción muy triste, es porque el desear la luna siempre es inalcanzable, y alcanzarla solo nos deja con la ceniza del aburrimiento.
ENLACE A LA NOTA EN «EL CÉSPED ES VERDE»
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